lunes, 17 de febrero de 2014

[FU 7] ¿Cuál es la mejor forma de gobierno para México?


En esta ocasión, a Pablo, Jorge y yo, se ha sumado Bruno para discutir acerca de la mejor forma de gobierno para el México actual. Las aportaciones de cada uno de ellos las podrán encontrar aquí, acá y allá.
 
La historia de México es rica en cuanto a formas de gobierno se refiere (así como en sus sendos fracasos): teocracia azteca, virreinato español, imperio de Iturbide, dictadura de Santa Anna, república centralista, república liberal, imperio de Maximiliano, república federal, dictadura porfiriana, desastre y desorden (llamados «Revolución Mexicana» por un eufemismo político), gobierno paternalista unipersonal, unipartidismo y democracia. Estoy enlistando, por supuesto, las formas de gobierno de jure; las de facto pueden llegar a ser sensiblemente distintas. En cualquier caso, los constantes cambios en la forma de gobierno en este país parece que obedecen no solo a las exigencias de los tiempos, sino también a un constante malestar general de la población y una pésima distribución del poder.

Cuando se busca la forma más apropiada para regir a México, es ocioso analizar todas las formas de gobierno. Así, considerar gobiernos como monarquía, teocracia o dictadura no solo resultaría anacrónico, sino que también se estaría negando la perspectiva actual de globalización (¿qué empresas desearían invertir en un país dictatorial o monárquico latinoamericano? –el caso de países árabes gobernados por reyes y recibiendo dinero de todo el mundo es atípico y debe entenderse únicamente por la vía de la renta petrolera–). En realidad, de todas las formas de gobierno hasta ahora concebidas, solo dos tienen posibilidades reales de instaurarse en México: la democracia y la aristocracia.

Una aristocracia moderna no estaría constituida por nobles vestidos con trajes renacentistas, sino por hombres capaces (por los mejores, según su etimología). Por supuesto que habría varios problemas para determinar quiénes serían los mejores hombres del país. Claro que los criterios de selección serían controvertidos. Sin duda la renovación de los aristócratas y la preocupación de que sus intereses son diferentes a los del pueblo serían retos de enormísima importancia. Todas estas dificultades no son mayores a las que experimenta la democracia. Pero el verdadero problema de la aristocracia es su imposibilidad de llevarse a cabo exitosamente por un país como el nuestro: ¿somos capaces de innovar el campo de la política a nivel mundial? No tenemos el valor de hacerlo. Además, un cambio tan radical de gobierno sembraría dudas en las empresas mundiales que invierten aquí y, en consecuencia, incertidumbre en los mercados financieros nacionales, con sus consecuentes profecías autocumplidas. Aunque deseable, la aristocracia en el México actual sería imposible.

Queda (no como mejor, sino como el menos malo y más factible) adherirnos a la moda mundial que es la democracia. Y ya instalados en la democracia, pasar al gobierno republicano es cosa de nada (descartando los anfibios tóxicos del siglo pasado: democracias dictatoriales).  En términos generales, hay dos tipos de repúblicas democráticas: las presidencialistas y las parlamentarias. ¿Quién se atrevería a dejar en manos de nuestros incapaces legisladores dos de los tres poderes del Estado? No solo México no tiene ninguna tradición parlamentaria, sino que la experiencia actual revela lo difícil que resulta llegar a acuerdos en el Congreso.

Por eliminación hemos llegado a la república democrática presidencialista, que es el sistema de gobierno que actualmente tenemos. No seamos tan optimistas: si usamos el mejor de los sistemas de gobierno posible (i.e., factible), ¿por qué tenemos la impresión de que es ineficiente?, ¿por qué no vemos los resultados que de esta forma de gobierno se esperan? Identifico tres problemas mayores a los que las democracias del mundo moderno no han hallado una solución:

1.       Representatividad fallida: las manifestaciones civiles en todo el mundo deben hacernos reflexionar acerca de la representatividad de los gobiernos. Los ciudadanos no están siendo (o no se perciben) debidamente representados. Parece que hay dos esferas diferentes: en una están los tomadores de decisiones públicas; en la otra, los ciudadanos comunes. Cada esfera responde a incentivos distintos y muchas veces contrarios. Bajo una democracia, la manera como los ciudadanos protestarían contra la otra esfera sería mediante las elecciones; sin embargo, cuando todas las opciones son las mismas y solo se van cambiando de color, no hay una amenaza creíble contra el grupo de poder.

2.       Responsabilidad política: la democracia, muy preocupada por la participación ciudadana, deja de lado la responsabilidad que se les debe exigir a los tomadores de decisiones públicas. En términos del numeral anterior, el grupo de políticos goza de todo el poder, con toda la impunidad y sin ninguna responsabilidad sobre los requerimientos de sus gobernados. Sin responsabilidades efectivamente imputables, es imposible medir el grado de representatividad de los políticos. Un ejemplo en nuestro país: ¿el problema de inseguridad en Michoacán de quién es responsabilidad?: ¿del presidente?, ¿de la SEDENA?, ¿del gobernador del estado?, ¿de los presidentes municipales?, ¿del presidente, del gobernador y de los presidentes municipales del sexenio pasado? No hay político responsable. Nadie es responsable. La impunidad en estado casi puro.

3.       Sabiduría e ignorancia populares: el supuesto esencial de la democracia radica en considerar que las opiniones de los ciudadanos son las óptimas; la crítica correspondiente es que un pueblo cuyo nivel promedio de escolaridad ni siquiera llega a la secundaria terminada y que lee menos de 3 libros al año (35% de los mexicanos no ha leído nunca un libro) no puede tomar decisiones óptimas (punto a favor de la aristocracia). La solución es simple pero casi imposible: educar al pueblo. Eso puede tomar muchas generaciones y no hay garantías. Otra solución es aristocratizar la democracia (ya que es más difícil democratizar la aristocracia): que los políticos elegibles sean ya capaces. De esta manera, aunque el pueblo sea ignorante, elegirá de entre personas lo suficientemente preparadas.

Doy, finalmente, dos propuestas concisas para el caso mexicano:

1.       Los poderes ejecutivo y legislativo están completamente capturados por los intereses partidistas. Propongo la figura de políticos milicianos (al modo suizo): no considerar como carrera la política, que sea un trabajo de medio tiempo sin paga (o una paga simbólica). No es descabellado dejar de hacer de la política un negocio (¿salarios altos para evitar la corrupción?, ¿ha sido eficaz esa estrategia?, ¿no conocemos muchos casos de políticos corruptos?).

Otra solución para reducir el poder de los partidos políticos (y del ejecutivo) es votar por cada uno de los integrantes del gabinete en elecciones no simultáneas (con el objeto de no votar por todo el equipo de un mismo partido y generar proyectos transexenales).

2.       Respecto al poder legislativo, es ridículo que se autorregule (toman vacaciones prolongadas, suben su salario y se ausentan según su voluntad). Es terrible que sea tan oneroso y tan improductivo. Pero lo peor de todo es que solo hay tres votos, solo tres puntos de vista entre 500 personas. En este problema converge todo: autorregulación y falta de representatividad y responsabilidad política. La solución es la suma de los esfuerzos anteriormente mencionados: reducción del poder de los partidos (y, en general, de los políticos), establecer criterios específicos que garanticen la capacidad de cualquier político y, a largo plazo, invertir en educación.

En suma, la democracia no es el mejor sistema de gobierno para México, pero es el más factible de implementar (seguir). Esta democracia debe incorporar elementos aristocráticos (meritocráticos). La representatividad, la responsabilidad política, los límites al poder de los partidos políticos y del Congreso son mejoras urgentes a las deficiencias del sistema actual de gobierno.
 
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Comentarios a Jorge
Coincido en dos aspectos generales con la postura de Jorge respecto al mejor sistema de gobierno para México. El primero de ellos consiste en remarcar la importancia que tiene la educación en la democracia. Iré más allá: urgir a un pueblo a ser democrático sin antes haberlo educado es un suicidio social. La democracia, vista desde esa perspectiva, no es un fin, sino una meta. La democracia adolece de únicamente considerar los intereses del pueblo y desechar las capacidades de los individuos que son elegibles para gobernar. Teóricamente, la democracia puede llevar al poder al menos capaz; prácticamente, tenemos el caso de «Juanito» (un caso de éxito muy interesante de analizar para los demócratas a ultranza).
La segunda coincidencia de ideas, y la más relevante, es considerar como un prerrequisito la existencia de un estado de derecho. Sin un estado de derecho efectivo no hay manera como un sistema de gobierno (por excelente que sea) sea exitoso. Ninguno de los cuatro profundizó en este problema. Históricamente, únicamente en las dictaduras es cuando México ha gozado de un estado de derecho más o menos aceptable (claro, dejando de lado las cuestiones de derechos humanos y centrándose en el orden). Quizá esa es la razón por la que algunas personas añoran una mano dura en México.
Hay otro rubro sobre el que tenemos coincidencia Jorge y yo, pero guardamos distancia en algunos puntos: sin cumplir una obligación no hay derecho de voto. Ciertamente, los ciudadanos deben cumplir con ciertas obligaciones hacia el estado y estos deben buscar estar preparados para elegir a sus gobernantes. Ahora bien, hay algunos individuos que por sus características podrían ser exentos de estas obligaciones. Los más pobres, por ejemplo, ¿deberían pagar impuestos? Aquellos cuyo centro de enseñanza más cercano se localiza a varios kilómetros de su casa, ¿están obligados a estudiar? Más importante aún es la pregunta filosófica detrás de estas cuestiones: ¿qué hace que una persona se convierta en un ciudadano: el cumplimiento de las obligaciones que tiene para con el estado o es una cualidad inherente al individuo? Un tema que da mucho de qué hablar.
Finalmente, debo señalar dos críticas fundamentales a la posición de Jorge. Primeramente, él trata de incluir al sistema de gobierno mexicano figuras que le son extrañas: el sistema parlamentario y la figura de primer ministro. Si bien estas figuras han funcionado en algunos casos (el inglés es el caso arquetípico), no hay ninguna constancia de que puedan funcionar correctamente en México. En realidad, nuestra experiencia nos hace suponer lo contrario. En segundo lugar, Jorge menciona que se debe evitar el abuso de poder, pero tampoco señala cómo las sugerencias que él menciona pongan un límite al poder. El único poder al que limita es al de la ignorancia; el poder de los gobernantes se mantiene intacto.

 
Comentarios a Pablo
El escrito de Pablo puede ser resumido en algunas cuantas palabras: fe (solo que no es fe) casi ciega en la democracia. Pablo trata tanto tiempo de convencernos de las ventajas de la democracia, que parece olvidar cualquier crítica hacia ella (apenas dedica un párrafo a ella). Incluso, al enlistar todas sus ventajas, no las contrapone con la realidad de nuestro país. La preocupación de la aportación de Pablo es, si se quiere, mucho más teórica que práctica. La pregunta que responde Pablo es por qué la democracia es el mejor sistema de gobierno. Es lamentable el silencio de su propuesta respecto a la situación actual de México.
A continuación rebatiré algunos de los puntos señalados por Pablo en favor de la democracia en México. Una característica que señala del buen gobierno es que gobiernan personas competentes. No hace falta decir mucho al respecto al caso de México: baste saber que dos de nuestros senadores tienen como máximo logro académico el haber concluido la secundaria. Ahora bien, respecto a que en la democracia nadie adquiere el poder por sí mismo, debo decir que hay una excepción. O 200 excepciones, porque los plurinominales sí que adquieren el poder por sí mismos (a través de partidos políticos, claro, pero sin la participación directa o indirecta de los votantes).
Asimismo, Pablo considera la negociación como un factor clave en la democracia. En primer lugar, la negociación no es exclusiva de la democracia (en un sistema aristocrático también cabe). Y en segundo, Pablo toma por supuestas las capacidades de negociación de los gobernantes. ¿Las tomas de tribuna, el uso de reformas constitucionales como moneda de cambio, las reuniones clandestinas... son el tipo de negociación que beneficia a los gobernados? Pablo, al igual de Jorge, se aleja demasiado del panorama político nacional y se refugia en los beneficios teóricos de un sistema (Pablo en el democrático; Jorge, en el parlamentario) que no tiene evidencia alguna de éxito en México.
También arguye que un sistema de pesos y contrapesos es la solución al problema de elegir un buen gobernante. Yo no creo que sea suficiente. El contrapeso del brillante presidente es el no menos capaz Congreso. ¡Válgame dios! Si sistemáticamente se eligen a personas incapaces, no importarán los pesos y contrapesos, pues toda la balanza estará herrumbrada con ignorancia.
Por último quiero rebatir acerca de las deficiencias que encuentra Pablo en la aristocracia. En general, casi todas las características positivas enunciadas por Pablo hacia la democracia también son aplicables en un sistema aristocrático moderno. Pablo critica de la aristocracia que no puede asegurar que quienes gobiernan sean los mejores (como tampoco lo asegura la democracia) y que un grupo elitista tomaría decisiones elitistas. ¡Caramba! Pero si había pasado por alto que quienes toman las decisiones importantes de este país son los campesinos y analfabetas, así como los clasemedieros. ¡Por favor! El grupo que toma las decisiones en esta (y cualquiera otra) democracia también es un grupo elitista que vela por sus intereses. Es incluso paradójico: si un pobre campesino llegara a ser elegido diputado, en ese momento, gracias a los sueldos y prestaciones de que gozan los diputados, dejaría de velar por los intereses de los campesinos, pues él mismo ya no lo es (ahora es un diputado, muy lejano al campo); es decir, en el momento en que se convierte en representante, se aleja de sus representados. Son representantes poco representativos: nos representan en la ignorancia, más no en las condiciones de vida o en nuestros intereses.

 
Comentarios a Bruno
El escrito de Bruno y el mío guardan algunas similitudes que no son superficiales. Apenas en la segunda línea, él ya indica que hay una crisis de representatividad (yo lo hago hasta el sexto párrafo). Esta crisis es mucho más relevante de lo que parece: es una crítica –no ya teórica, sino práctica– a la democracia: si hemos elegido a nuestros gobernantes, ¿por qué no nos sentimos representados? Bruno llega a la misma conclusión que yo: quienes ostentan el poder se encuentran en una esfera muy apartada del resto de la sociedad.
La siguiente coincidencia es la referente a la complicación que representaría para el sistema de gobierno mexicano la incursión en el parlamentarismo. La razón es la misma para los dos: nuestro país tiene muy poca experiencia parlamentaria. En este mismo tenor, Bruno y yo también coincidimos en que la tradición de gobierno en México no haría sencillo la implementación de un primer ministro. Creo, asimismo, que los pocos beneficios prácticos de este sistema no compensarían la confusión que generaría.
El último tema sobre el que tenemos una postura similar es cómo debería conducirse el presidente una vez que ha resultado electo. El presidente debería escindirse (al menos simbólicamente) del partido político que lo cobijó, justamente para indicar que ha renunciado a sus intereses personales para abrazar los intereses de la nación. Esta conducta hace juez y parte al presidente. No se trata de un problema endémico de México: ¿en qué democracia, incluso entre las maduras, es común que el partido político del que proviene el presidente lo contradiga? Este problema señala incluso una contradicción en el sistema político, ya que se trata de una clara intervención del ejecutivo sobre el legislativo: el presidente tiene, al menos, el apoyo (casi siempre total) de su partido en el Congreso.
Difiero con Bruno en tanto que él supone como acción democrática la de la comparecencia del presidente ante el Congreso durante el informe de gobierno. No creo que sea necesario este diálogo. En primer lugar, porque no se trata de un diálogo, sino de la lectura de un reporte; en segundo, porque no es un debate ordenado donde el Congreso pida explicaciones sobre temas específicos al ejecutivo; y en tercero, porque más que un diálogo es un espectáculo en el que se pueden hacer apuestas acerca de la cantidad de insultos que el ejecutivo recibirá y el número de veces que será interrumpido por algún político con poca instrucción (como si el insulto fuera a mejorar algo). El informe así rendido solo sirve para que políticos que no han sabido contrarrestar ni negociar, tomen protagonismo a través del vituperio.
Bruno concluye exponiendo que, en su creencia, la democracia es la mejor forma de gobierno. Sin embargo, creo que no ofrece argumentos contundentes que soporten esta afirmación. También creo que habría resultado muy provechoso un contraste de la democracia con otros sistemas, de manera que su conclusión descansara más en esa comparación que en argumentos siempre afirmativos de la democracia.
 

sábado, 14 de diciembre de 2013

[FU 6] ¿Es lícito celebrar Navidad para los no cristianos?

Con motivo de las fiestas decembrinas, la Flecha de Uroboros tuvo a bien discutir acerca de si la Navidad puede ser celebrada por personas no cristianas. Ha sido interesante que, a pesar de nuestras diferentes perspectivas en materia de religión, los tres hemos llegado a una conclusión afín. No adelantaré vísperas, pero deseo que pasen una muy feliz Navidad. Las correspondientes aportaciones de Jorge y Pablo las pueden hallar aquí y acá.
 
 
La Navidad es quizá la festividad más esperada del año. Paz, amor, familia, alegría, camaradería, caridad, son los valores asociados con esa fecha, los cuales son celebrados por todos los cristianos del mundo. Hay quienes también esperan la penúltima semana del año para comer dulces, reunirse con los amigos, cenar como nunca y para acudir a festines (y hasta a orgías). Pero, ¿hay lugar para que los no cristianos participen de esta fiesta? ¿Es exclusivo de la cristiandad el festejo de la Navidad?

Ante todo hay que tomar en cuenta la naturaleza de la Navidad. Esta celebración es la conmemoración del natalicio de Jesús. De ninguna manera significa que Jesús haya nacido ese día (son pocas y dudosas las pruebas históricas que datan su nacimiento); la Navidad es, simplemente, el día que se conmemora su nacimiento. Los ateos, en este sentido, tienen las mismas razones para celebrar la Navidad que tendrían para celebrar el natalicio de Confucio, Lao-Tsé o Mahoma: la conmemoración del nacimiento de un personaje cuyas ideas acerca de la moral fueron la base del pensamiento y el actuar para miles de personas. O sea, pocas o nulas razones de celebración.

Hay, sin embargo, otros fenómenos que toman lugar durante la Navidad: los regalos, la cena, el árbol, los buenos deseos, las obras de caridad. Todos estos fenómenos (el término es excesivo, pero no encuentro alguno más apropiado) tuvieron su origen en la Navidad, pero ciertamente han desembocado en una evolución propia. En otras palabras, una vez que se incorporaron esos fenómenos a la Navidad, cada uno se ha desvinculado de su origen como conmemoración del nacimiento de Jesús. Así, son muy pocos quienes creen que quien le obsequia algo en esas fechas quería recordarle el nacimiento de Jesús; lo mismo con quien cena con familiares o amigos, o pone un árbol navideño, o flores de nochebuena...

Aquí es donde el no cristiano tiene la oportunidad de participar en la celebración de la Navidad. ¿Pues a quién no le gusta recibir un regalo o cenar fastuosamente con familiares y amigos? ¿Quién puede levantar la mano para decir que odia el olor de un pino en su casa o que le son desagradables las nochebuenas, los parabienes y las obras de caridad? Nadie con un sentido mínimo de alegría podría rechazar todos estos fenómenos que circundan a la Navidad.

Hay dos objeciones a este punto de vista. El primero es el que ciertos cristianos puritanos declararían que se ha perdido el sentido primario de la Navidad. A esto respondo que se trata de una evolución hacia la laicidad de una fiesta con origen religioso. Nadie diría ahora que es ilícito para los mexicanos celebrar el Día de Muertos porque no se ofrecen sacrificios a Coatlicue. La celebración evolucionó para incorporar los elementos actuales de la sociedad. Esta evolución preserva la esencia de la fiesta: en la celebración prehispánica, se rememoraba a los muertos, tal como ahora se hace. El quid de la Navidad para los cristianos no es recordar el nacimiento histórico de Cristo, sino hacer que Jesús nazca en los corazones, es decir, es un mensaje de esperanza y de amor. El ateo puede asumir y compartir esos ideales: la esencia de la Navidad se preserva.

¿Pero es que el ateo y el cristiano celebran exactamente lo mismo en Navidad? Comparten el fin pero difieren en sus medios. Los ateos, si así lo desean, pueden aprovechar la ocasión para reflexionar acerca de la importancia de la conservación de los valores cristianos que consideren esenciales. Los cristianos, además de meditar sobre el misterio de la encarnación divina, pueden realizar lo mismo que sugiero que puede hacer un ateo. Salvo el nacimiento de Jesús y el enfoque cristiano que se le da a esta fiesta, se puede preservar el resto. ¿Es el nacimiento de Jesús lo más importante en la Navidad? Como dije, es más bien la práctica de los valores cristianos lo que le da sentido a esa fiesta, valores que, en términos generales, comparten los ateos.

La segunda objeción es que los ateos no celebran la Navidad, sino la parte meramente banal de la festividad. Creo que se trata de una mala asociación de ideas: la parte física de la celebración ha reemplazado por mucho la parte espiritual y esto ocurre no solo entre ateos, sino también entre creyentes. ¿Cuántos católicos cenan y se ofrecen regalos, pero no van a misa ese día, ni arrullan al Niño o piden posada? ¿Es que esos fieles, que son muchos, no celebran la Navidad? Por otro lado, el ateo que en Navidad reflexiona acerca de la importancia de la conservación de valores y sobre su humanidad, ¿es que no está celebrando tampoco la Navidad?

Los cristianos puritanos a los que me he referido intentan hacer creer que hace falta concretar todos los puntos con que la Navidad ideal se debe celebrar para que uno pueda jactarse de haberla celebrado. Esto es ser demasiado exigente, incluso para ellos mismos. La Navidad es, afortunadamente, una celebración que puede ser laicizada y preservar su esencia. Es transreligiosa, pues es capaz de unir en una mesa a creyentes y ateos; su espíritu supera las diferencias religiosas. Esa es la prueba (no en el sentido estricto, sino en el laxo): si la celebración fuera incompatible, serían más las historias de peleas entre familias mixtas –con creyentes y no creyentes– que las de convivencia pacífica. Es natural: la discusión va en contra del espíritu conciliador de la Navidad que comparte el cristiano y el ateo.

En suma, considero que la Navidad no es una fiesta exclusivamente cristiana, pues esto sería expropiar en favor de los creyentes los valores que esta festividad propone. Esta fiesta no puede ser entendida como únicamente cristiana, pues apela a valores universales (como la paz). El ateo puede (y quizá debería) aprovechar esa ocasión para reflexionar acerca de esos valores y (¡por qué no!) celebrar a los suyos con obsequios. El espíritu ecléctico del ateo (no digo que el ateo tenga un espíritu, es solo una expresión) debe buscar tomar lo mejor de cada creencia y desechar el resto. Por ello, ¡hagámonos de la Navidad y celebremos!


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Comentarios a Jorge


Para Jorge, la Navidad representa el máximo regalo de Dios al hombre; sin embargo, como advertí en mi ensayo (y fui secundado por Pablo), incluso para los cristianos es más importante poner en acción ese hecho. La Navidad, para el creyente, va más allá que ser el regalo de Dios al hombre: hace falta llevar a la acción el mensaje divino –el que ellos creen divino, pues–. ¿De qué habría servido la teofanía si no hubiera hecho cambiar el actuar de los hombres? El mensaje de la Navidad está incompleto para los cristianos si solo se dedican a reflexionar y agradecer a Dios; hay que complementar ese mensaje con la acción, la cual puede ser realizada por cualquier ateo.

Hay un paréntesis que hace Jorge que quiero tratar. En su ensayo Jorge señala: «La fiesta laica de la navidad ha ido perdiendo y olvidando (tal vez a propósito) su verdadero significado». ¿A propósito? ¿Es que hay gente que trata de eliminar el origen religioso de la Navidad? ¿Es que alguien ha sugerido que deberíamos celebrar el Sol invictus? ¿Quiénes son estos comecuras que maquinan el olvido del sentido original de la Navidad? Más aún: ¿cómo se planea un olvido? Entiendo que es solo un paréntesis, pero a veces hay más en ellos que en resto del texto, por ser notas más personales.

Tampoco estoy de acuerdo con Jorge en cuanto considera de algún modo que la Navidad se ha contaminado de culturas paganas. De no haber sido por las culturas paganas, la Navidad difícilmente se habría celebrado y muy seguramente no habría sido en la fecha en la que se celebra actualmente. Sostengo que es todo lo contrario: esos paganos enriquecieron las tradiciones navideñas: le dieron un árbol (al que no es nada ajena la tradición judeocristiana), le ofrecieron un banquete (la Navidad fue, durante mucho tiempo, época de ayuno para el cristiano), le dieron aguinaldos (que parecen ser de origen celta), le cantaron villancicos (regalo del pueblo, pero que poco tienen que ver con los cantos navideños tradicionales cristianos, solemnes y profundos).

Al final del texto de Jorge se encuentra esbozada una conclusión similar a la que yo ofrezco: el disfrute de la celebración debe hermanar a los hombres (cristianos y no cristianos), debe ser un pretexto para dejar de lado las diferencias y encumbrar las coincidencias. Las cuestiones físicas que circundan la Navidad deben promover el mensaje original de esperanza y amor.
 
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Comentarios a Pablo



No comparto con Pablo la idea de que no se puede excluir a una persona de festejar una celebración. Pongo por ejemplo las posadas: cuando los jóvenes dicen que harán una posada no se refieren a que se vestirán de peregrinos y tocarán de casa en casa hasta que les abran. Tampoco meditan sobre las penurias que atravesaron José y María los días anteriores al nacimiento de Jesús. Es, llanamente, una peda. Esos jóvenes se han excluido voluntariamente de la celebración. Bajo el punto de vista de Pablo, esos jóvenes y algún anciano que haga meditación en esas fechas están celebrando lo mismo pero con diferentes medios (en sus palabras, «ha mutado»). Lo que ocurre es que los jóvenes vieron en la celebración de las posadas un pretexto para beber excesivamente: la esencia de la festividad se ha corrompido.

Este es el punto de vista de Jorge: los no cristianos han corrompido la esencia de la Navidad y, entonces, lo que festejan no es Navidad sino otra cosa (tal como los jóvenes organizan sus posadas). Pablo, por su parte, responde a Jorge que no es así, que la esencia de la Navidad se conserva, incluso entre los ateos. Lo que ocurre es que Jorge y Pablo tienen puntos de vista diferentes acerca de cuál es la esencia de la Navidad: para el olivareño, la esencia de la festividad es el nacimiento de Jesús; para el reformista, consiste en la vivencia de valores como la alegría, la generosidad y la esperanza.

Considero que Pablo dice muy atinadamente que la Navidad es un gran éxito cristiano, pues permeó de manera total en todo el mundo. Debo precisar que sería interesante conocer acerca de qué reflexionan las familias cristianas y compararlo con lo que reflexionan las no cristianas. ¿Qué tan universales son los valores cristianos sobre los que se medita durante la Navidad? La pregunta no es ociosa: si el ateo medita sobre lo mismo que lo hace el cristiano, podríamos decir que la Navidad es bastante universal.

No cabe casi ninguna duda de la universalidad horizontal de la Navidad (casi todos la celebran); de lo que sí cabe dudar es acerca de su verticalidad: una vez que el cristianismo sea superado, ¿habrá razones para festejar la Navidad? Es decir, en un mundo de puros ateos, ¿habría surgido la necesidad de una celebración en la que se festejen los buenos deseos y la meditación de los valores? Si no es así, como parece ser el caso, los no cristianos estamos en deuda con los cristianos


lunes, 25 de noviembre de 2013

[FU 5] ¿Somos inmortales en algún sentido?

Con motivo del mes cuando se conmemora la muerte, la Flecha de Uroboros meditó acerca de la inmortalidad de los seres humanos. Mi posición, aunque a favor de concebirnos inmortales, es pesimista. Las posiciones de Pablo y Jorge las pueden hallar aquí y acá.

La inmortalidad es quizá la máxima ambición humana y una de las más antiguas. La ambrosía, la fuente de la eterna juventud, la piedra filosofal, el fénix, el uroboros y hasta el Grial  son parte de la imaginería que expresa esta ambición. La muerte es el único mal para el que no hay remedio y también es el único de cuya inevitabilidad estamos seguros[1]. Un mal que es inevitable, perpetuo y para el que no hay remedio constituye el reto más grande que enfrenta un ser humano.

Ya que poco o nada se puede saber ciertamente acerca de lo que ocurre después de pasar el umbral de la muerte, prevengo al lector que el siguiente ensayo es un conjunto de conjeturas con poco fundamento, pero cuya atractivo radica en su simplicidad. La primera de estas conjeturas es que, de existir, la inmortalidad puede lograrse desde dos vertientes: la espiritual y la física. Por inmortalidad espiritual me refiero a la creencia de que el ser humano tiene un componente metafísico (alma o espíritu), el cual es eterno o sempiterno. La inmortalidad física, a su vez, no apela a algo metafísico para creer en la trascendencia de un ser humano.

El primer caso está resuelto: el componente espiritual del ser humano es eterno. La inmortalidad está garantizada al nacer. Esta forma de creer en la inmortalidad está auspiciada por todas las religiones: musulmanes y cristianos creen en un alma inmortal; los hindúes soslayan la realidad física y creen que somos seres espirituales inmortales que experimentan fenómenos físicos (y no seres físicos que experimentan fenómenos espirituales); los judíos, aunque no logran un consenso, deben creer en algo posterior a la muerte, pues creen en un juicio divino.

Si es verdadero el mundo espiritual, la inmortalidad del hombre está asegurada. Las cosas se complican un poco si se niega el mundo espiritual. Desde el punto de vista biológico, todavía no se descubre un organismo que, luego de nacer, no muera. Ahora, desde el punto de vista físico es difícil hablar de eternidad; sin embargo, si la definimos como lo que siempre ha sido y siempre será, podemos advertir que solo el Universo es eterno.

¿Y qué relación guarda la eternidad del Universo con la potencial inmortalidad física del hombre? Pues que el hombre modifica el Universo. Es decir, el hombre participa de la eternidad del Universo moldeándolo a través de sus acciones. A diferencia de un planeta o una estrella, la participación del hombre en el Universo no solo se debe a fuerzas y energías exógenas determinadas desde el primer instante del tiempo. Más aún, a diferencia de los animales, su comportamiento no está restringido a la saciedad de sus instintos. El ser humano puede participar del devenir eterno del Universo a través de su voluntad, una fuerza completamente endógena.

En otras palabras, el ser humano es físicamente inmortal porque elige una parte del Universo en el que desea estar. Voy a los ejemplos para ilustrar este punto: si la voluntad de Hitler hubiera elegido no invadir media Europa, el Universo donde eso ocurrió no habría existido; un Universo diferente habría tomado su lugar. Pero no solo es Hitler, sino cualquier persona y cualquier acto de voluntad que de ella emane. Elegir comer una torta o una pizza determina el Universo, lo hace el Universo que es y lo diferencia de cualquier otro. No puede evitarse aquí la referencia a El  jardín de los senderos que se bifurcan. Las bifurcaciones son posibles únicamente por la voluntad, lo único que no está ya determinado desde la Época de Planck.

Pero no perdamos el piso: las más grandes acciones humanas tienen repercusiones únicamente dentro de la Tierra, la cual es, dentro de la escala del Universo, tan despreciable como una partícula de polvo. Incluso nuestros mayores alcances (las ondas de radio emitidas y que generan una esfera de transmisión de unos 200 años luz de diámetro) son nimios. Cualquier acto de voluntad humano que haya modificado el Universo no es significativo en términos relativos, aunque en términos absolutos lo defina (esto es, si una persona elige jugar o estudiar, los efectos que esa decisión tendrá serán insignificantes comparado con otros fenómenos a gran escala que toman lugar en el Universo, pero esa elección diferencia al Universo donde la persona juega del Universo donde esa misma persona estudia).

Una alternativa a las visiones espirituales y físicas es el budismo (más un cuerpo de creencias filosóficas que propiamente una religión). En Lo que el Buddha enseñó de Rahula hay una explicación ilustrativa:

Un niño crece hasta llegar a ser un hombre de 60 años, por ejemplo, y, ciertamente, éste no es el niño de 60 años ha, mas tampoco es otra persona. De igual manera, el ser que muere aquí y renace allá, no es el mismo, empero, tampoco es otro. Es una continuidad de la misma serie. La diferencia entre la vida y la muerte estriba en que únicamente un momento de pensamiento, el último momento de pensamiento en esta vida, condiciona el primer momento de pensamiento de la llamada vida siguiente que, en realidad, es la continuación de la misma serie.

Para el budista, luego, hay algún tipo de inmortalidad en el hombre. No es una inmortalidad intrínseca a él, ya que el budista niega el yo; más bien, el cuerpo físico del hombre participa de una eternidad que lo trasciende. Nuevamente, está en la voluntad de ese ser humano el fijar el rumbo del Universo, al continuar dentro del samsara o llegar al nirvana. Así, en el budismo, el hombre es inmortal debido al ciclo de renacimientos del que es partícipe y no protagonista.

La experiencia de la inmortalidad en el hombre está garantizada, ya sea que se crea en el mundo espiritual o se confíe únicamente en el mundo físico. No es, por supuesto, la inmortalidad que el hombre desea. El hombre desearía permanecer en el devenir del tiempo, evitar la muerte, pero lo único que puede alcanzar es ora morir y luego vivir (visión espiritual), ora morir y saber que sus actos le trascenderán, convirtiendo su voluntad en algo inmortal. De cualquier manera, ambas visiones solo son parcos consuelos a la ambición más humana.



[1] Por supuesto que asumo que la muerte es un mal. Lo asumo porque no creo en un premio o castigo ulteriores y porque, si se descansa después de morir, no habrá forma de experimentar esa sensación de descanso, pues todos nuestros sentidos habrán muerto con nosotros.
 
 
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Comentarios a Jorge
Jorge comienza su aportación indicando que la inmortalidad es un deseo que tiene el hombre desde tiempos muy remotos. Más importante aún, señala que la inmortalidad tiene consecuencias indeseables; menciona a la Sibila de Cumas y al Judío Errante, a quienes yo agregaría a Dorian Gray, Drácula (todos los cuales no son inmortales en el sentido estricto de la palabra). Quien también merece estar en esta lista –como verdadero inmortal–  es Walter Bedeker, personaje del capítulo Cláusula de escape de la serie La Dimensión Desconocida (http://www.albornos.com.ar/series/twilight/tw1.htm). En todos los casos, la inmortalidad termina siendo algo indeseable. Que la inmortalidad tenga un componente funesto se debe, en parte, a que estamos acostumbrados (e incluso deseamos) a la muerte (sugiero leer Las intermitencias de la muerte de Saramago).
Luego de esto, Jorge y yo tenemos una gran serie de concordancias. La primera de ellas es que coincidimos en que no es probable lograr la inmortalidad desde el punto de vista biológico. Una precisión que ni él ni yo hicimos es la referente a la transmisión de genes. Hay quien podría argumentar que los genes transmitidos a las siguientes generaciones puede constituir una forma de inmortalidad. Sin embargo, esta manera de concebir la inmortalidad está sujeta a la permanencia de la vida en el Universo. Es decir, a menos de que sea posible concebir la vida fuera del Universo, el problema de la inmortalidad de la vida biológica es un subproblema del problema de la eternidad del Universo.
Abordando el tema desde el punto de vista filosófico-religioso, Jorge hace una diferencia entre las religiones que creen en la inmortalidad del alma y las que consideran que el alma puede ser eliminada. En cualquier caso, sostengo, las posiciones religiosas en este sentido solo pueden ser conjeturales. Más aún: ahora nos parece ridículo que alguien creyera que el peso de su alma será comparado con el de una pluma (como hacían los egipcios), pero (a algunos) parece factible el Juicio Final.
Jorge menciona que la inmortalidad puede también alcanzarse desde el punto de vista histórico-social. Desde esta perspectiva, la inmortalidad se alcanza cuando se hereda una idea, un modo de vivir o una herramienta para el resto de las generaciones. Es el tipo de inmortalidad más débil, ya que supone la eternidad del Universo, la eternidad de la vida y la eternidad de la memoria de los seres humanos. No hay forma de llamarle a esto inmortalidad, ya que dentro de algunos miles de años (que son una insignificancia dentro del concepto de eternidad), seguramente Atila y Sócrates (y sus ideas y acciones) serán olvidados. No hay ninguna garantía de inmortalidad de la memoria de un ser humano.
En general, Jorge y yo coincidimos en varios puntos, pero disentimos particularmente en la posibilidad de conseguir la inmortalidad desde el punto de vista histórico-social. También considero que ninguno de los argumentos de Jorge invalida alguna de mis premisas o conclusiones. Antes bien, los robustecen y le dan un sentido más amplio.
 
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Comentarios a Pablo
 
Este es, sin lugar a dudas, el tema en el que las premisas de Pablo, Jorge y las mías coinciden en más puntos. Y, sin embargo (y como es costumbre), hemos llegado a conclusiones diferentes. En términos generales, los tres hemos hablado de las diferentes formas de concebir la inmortalidad, tomando en cuenta consideraciones desde el punto de vista biológico, filosófico-religioso, físico e histórico-social.
Me gustaría hacer dos precisiones al segundo párrafo de Pablo. La primera de ellas es referente a la sentencia «no puede existir inmortalidad si el tiempo no es eterno». Yo sostengo que esto es, cuando menos, cuestionable: si algo puede existir fuera del tiempo (dios, por ejemplo) es eterno a los ojos de quienes no pueden escapar de la concepción del tiempo. Así, puede concebirse la inmortalidad como la permanencia del ser fuera del tiempo (y no «en todo el tiempo», en donde sí sería necesario que el tiempo fuera eterno).
La segunda precisión a este respecto consiste en un abuso de términos por parte de Pablo. Él considera que si el tiempo no es eterno, la vida (que es un evento) no puede serlo. Aquí Pablo, abusando de su equiparación de vida y permanencia, equipara vida con existencia. Puede ser que la existencia trascienda la vida (es una posibilidad a la que se acogen las religiones). En otras palabras, Pablo está aquí asumiendo que no hay otro componente en el ser humano que el biológico (el que entendemos por vida y no por existencia o esencia).
Dos anotaciones más son necesarias. La primera tiene que ver con el análisis que hace Pablo respecto de la vida eterna cristiana. Concedamos que la eternidad de dios no es la eternidad en el tiempo. ¿Pero, entonces, qué podemos decir sobre la eternidad de dios? La eternidad divina actúa con independencia de la eternidad temporal. Mejor dicho, la trasciende. En algún sentido, la eternidad divina es superior a la eternidad del tiempo. Desde la perspectiva cristiana, las acciones en vida de los seres humanos determinarán el «sitio» en el que existirá su alma en esa eternidad divina. Por lo tanto, sí hay una posibilidad de inmortalidad en el hombre: participar de esa eternidad divina independiente del tiempo. En otras palabras, las acciones y decisiones del hombre tendrán consecuencias que trascienden el tiempo y encuentran su castigo/recompensa en la eternidad divina, lo que lo hace inmortal. Algo del hombre participará, según los cristianos, en el reino de dios: «y su reino no tendrá fin».
La segunda anotación es la referente a la inmortalidad desde el punto de vista físico. Pablo afirma que dada la segunda ley de la termodinámica y las últimas investigaciones científicas, el Universo no permanecerá («Nada puede permanecer para siempre»). En primer lugar, es poco lo que podemos afirmar acerca de la aplicabilidad de las leyes en las condiciones físicas de la singularidad. Todavía se trata de conjeturas (no falsadas hasta ahora, pero falsables). No podemos afirmar categóricamente que el Universo desaparecerá (que eso también violaría la primera ley de la termodinámica). Aun si el tiempo deja de tener significado, o si se llega a una singularidad, es posible que el Universo (o algo de él) permanezca. Es una posibilidad. En todo caso, a mi ensayo tendría que agregar también esa advertencia: es  posible, también, que el Universo desaparezca y, en ese caso, como dice Pablo, toda posibilidad de inmortalidad se desvanezca.


[FU 4] ¿Hay algo nuevo bajo el sol?


En esta nueva entrega, la Flecha de Uroboros discutió acerca de uno de los libros más interesantes del Antiguo Testamento, el Eclesiastés (también llamado Qohélet). La lectura de este texto supera lo estrictamente religioso y se inserta dentro del interés filosófico, histórico, literario y social. Las aportaciones respectivas de Pablo y Jorge las pueden hallar aquí y acá.
 
 
 
La Biblia (particularmente el Antiguo Testamento) es la más larga apología del comportamiento de Dios para con su pueblo Israel. Desde sus inicios, los judíos han buscado justificar sus desgracias y su historia: ¿por qué fuimos esclavizados por Egipto?, ¿por qué hay doce tribus en Israel?, ¿por qué fuimos derrotados por Asiria y Babilonia?, ¿por qué Ciro derrotó a Babilonia? Es claro que los judíos observaron la realidad y le dieron una justificación divina a sus derrotas y a sus victorias. Desde la perspectiva judía, Yahveh es un dios que se involucra en la historia de los hombres, con especial ahínco en la de su pueblo elegido.
 
¿Pero qué ocurre cuando para el comportamiento de Yahveh no hay una explicación razonable ni compatible con los textos sagrados?: ¿por qué dejaba morir al pueblo que había elegido?, ¿por qué exaltaba a otros pueblos que no lo reconocían?, ¿por qué había abandonado a los israelitas?, ¿por qué Yahveh se silenció, dejando como su voz únicamente a los profetas? Este es el origen causal del Eclesiastés. Este libro es el grito de los hombres ante el silencio de su dios.
 
Hay, por supuesto, razones de carácter histórico que permiten explicar el surgimiento del pensamiento pesimista que se encuentra en el Eclesiastés. El libro se escribió alrededor de la segunda mitad del siglo III a.C., ubicándose dentro del periodo de dominación persa y, quizá, durante el dominio helénico. Atrás habían quedado las guerras intestinas en Israel y los actos de defensa contra potencias extranjeras (todavía no se levantaban en armas los denominados«macabeos»). En ese entonces, los judíos ya se sabían indefensos ante los grandes imperios que los conquistaron: babilonio, persa y alejandrino. Habían pasado de ser el pueblo elegido y protegido de Dios a ser una provincia más dentro de imperios muy poderosos. Un llamado histórico a la humildad para los judíos. Y también un momento propicio de paz para filosofar.
 
 
No menos importante resulta la historia filosófica para comprender el Eclesiastés. La idea de que el destino del hombre es encontrar placer se encuentra ya descrita en la epopeya de Gilgamesh (siglo XX a.C.):
 
 
Tú, Gilgamesh, sacia tu vientre,
busca el placer noche y día,
diariamente haz fiesta,
día y noche baila y toca música,
adórnate de vestidos limpios; [...]
que una esposa venga sin cesar a alegrarse en tu seno.
¡Solo este es el destino del hombre!
 
La referencia, aunque antigua incluso para los judíos, no es gratuita: de Gilgamesh se desprenden varias de las historias del Génesis. A esa misma época se remonta el llamado Canto del arpista, un documento egipcio que continúa en esa línea: «Goza del día, sin cansarte. Mira, nadie se lleva sus bienes consigo. Mira, nadie ha vuelto después de haberse ido». Por lo demás, es incuestionable la evocación que hace de corrientes filosóficas griegas (escuela cínica, epicúrea y, sobre todo, hedonista), si bien es complicado hablar de influencia. Sin embargo, la influencia filosófica más cercana se encuentra también en el Tanaj: el libro de Job (el cual, a su vez, bebe de la teodicea babilónica).
 
 
El Antiguo Testamento no arroja luz suficiente acerca de cuál es el sentido de la vida del hombre. Sin contar los libros sapienciales, el resto de los libros parece suponer que ese sentido consiste en vivir conforme a las leyes que Yahveh ha establecido. En el Eclesiastés, el autor del libro aborda el problema desde el principio y de manera tajante: la vida no tiene sentido (1,3)[1]. Harían falta dos mil años más para que se recuperara el valor para decir esta sentencia. Sin embargo, aunque Qohélet y Nietzsche (y el nihilismo) hayan coincidido en esa conclusión, las premisas de las que partieron son completamente diferentes y, en consecuencia, sus implicaciones morales (como más adelante señalaré) son antagónicas.
 
 
Qohélet (atribuiré a esta ficción la autoría del Eclesiastés) no se conforma con llegar al sinsentido de la vida humana a través de la razón (1,13). Qohélet se suma al empirismo y llega a la misma conclusión (2,1). Por si no fuera ya suficientemente desalentadora su conclusión, Qohélet argumenta que también es«vanidad» el placer que causan las amenidades materiales (2,2-11). Se entrevé un problema cíclico: ¿la vida carece de sentido porque los placeres materiales son exiguos o los placeres materiales carecen de sentido porque moriremos? Para el autor del Eclesiastés son problemas diferentes; es decir, no crea un sentido de causalidad entre ambas cosas, sino que las considera aparte a cada una: la vida no tiene sentido y los placeres materiales son vanos.
 
Qohélet avanza aún más hacia los límites del pesimismo. Tras averiguar que lo material es vano, busca refugio en la sabiduría, pero advierte que esta también es«vanidad» (2,15). Ni lo material ni lo intelectual logran dar consuelo a la existencia del ser humano. La negación de la utilidad de la sabiduría es una de las grandes rupturas que este libro hace con el resto de los que figuran en el Antiguo Testamento. Este hecho evidencia una contradicción aparente: si la sabiduría es vana, ¿por qué Qohélet se hace pasar por Salomón para escribir el libro?
 
Finalmente, Qohélet llega a una conclusión todavía más pesimista: el hombre es igual a las bestias (3,18). ¿Por qué la vida no tiene sentido?, ¿por qué los placeres materiales son vanos?, ¿por qué la sabiduría es insuficiente?, ¿por qué el hombre se iguala a las bestias? La muerte. Todo es vano porque nada permanece, porque nada es eterno, porque al morir necios y sabios, pobres y ricos, hombres y animales... todos se hacen polvo (3,20). La muerte es, por tanto, la gran igualadora, la que hace vano todo esfuerzo. A la misma conclusión llegaría Jorge Manrique casi dieciocho siglos después:
 
 
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.
 
 
Pero el mensaje del Eclesiastés, más allá de las apariencias, es un mensaje de confortación (que no de esperanza). Qohélet nos ha dado el veneno, pero también nos ofrece el remedio. Primero, nos advierte que la sabiduría es preferible a la estolidez en (2,13-14) y (7,11-12), pues el necio es un ciego y la insensatez es oscuridad. Ceguera y oscuridad porque el necio no sabe de dónde viene ni hacia dónde se dirige, porque es incapaz de conocerse a sí mismo. Qohélet, por tanto, nos llama a saber, no ya para experimentar un sentido per se de la vida, sino porque sería peor no saber.
 
 
El sabio israelita nos exhorta a no desesperarnos porque veamos que los malvados llevan una vida plena y los justos mueren o tienen una vida desdichada (7,15), (8,14), (9,2). Esta es la segunda ruptura importante del Eclesiastés con el resto del Tanaj: no hay retribución material de procedencia divina. Los judíos tenían muy arraigada la idea de que tanto en los individuos como en las naciones, sus desgracias estaban asociadas al castigo divino por desobedecer las leyes de Yahveh. Qohélet difiere completamente respecto a esta concepción: el malvado puede verse recompensado con la ancianidad y numerosa progenie, y el justo puede sufrir tormentos sin haber pecado (como Job).
 
 
Si un pecador puede ser más dichoso que un justo, ¿qué caso tiene seguir las leyes de Yahveh? Ni Qohélet ni los judíos tuvieron una explicación. Todo cuanto pudieron conjeturar está escrito en el libro de Isaías (Is 55,8): «Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Yahveh». Qohélet coincide con Isaías al indicar que los designios del dios judío son inescrutables (8,17). Algunos años después, los cristianos resolvieron esa pregunta creando un castigo y una recompensa trascendentes a la muerte. La postura judía requiere, en cualquier caso, de más fe. El judío sigue las leyes de Yahveh porque él se los ha ordenado; el cristiano las sigue, además de eso, porque espera un premio o teme un castigo. Se observa que la retribución materialista antigua de los judíos fue reemplazada en el cristianismo por una retribución espiritual postrera.
 
Esta discusión trae consigo consecuencias morales. Desde el punto de vista de Qohélet: (1) dios existe y le ha dado leyes a Israel; (2) la vida y los placeres materiales y sapienciales carecen de sentido; y (3) no hay una retribución material que premie (en vida) al justo y castigue al necio. El judío debe actuar, pues, de manera que cumpla con las leyes de Yahveh, sin hacer caso de lo demás, ya que se trata de meras ilusiones, de especulaciones humanas, de «vanidades». (Nótese que un judío que desee descreer de Yahveh y conservar las premisas 2 y 3 indicadas arriba es, prácticamente, un nihilista). Qohélet sugiere de manera sutil el justo medio como modelo de comportamiento (7,16-18), pero es solo un breve consejo subordinado a la ley de Yahveh.
 
 
Qohélet recomienda, finalmente, el disfrute de los bienes materiales. Es una clase de hedonismo permanentemente subordinado a la voluntad divina (3,12), (5,17), (8,15), (9,7). A diferencia del cristianismo, Qohélet cree que las personas no deben experimentar ningún tipo de culpa por disfrutar de sus bienes, ni deben renunciar a sus posesiones (Mt 19,24). Así, este autor ficticio se constituye, dentro de quienes creen en algún dios, como uno de los más grandes humanistas, un reivindicador de los placeres que puede experimentar el hombre. Si San Agustín dijo «Dilige et quod vis fac»(«Ama y haz lo que quieras»), Qohélet afirmaba «Subordínate a la ley de Yahveh y haz lo que quieras».
 
Por tanto, desde su punto de vista, ni disfrutar de los bienes materiales condena al hombre, ni hay una retribución material por ser justo. Es decir, Qohélet separa (es un Moisés) cualquier relación entre lo material y lo espiritual; ninguno es consecuencia del otro. ¿Quién es para Qohélet, entonces, un hombre afortunado? El hombre afortunado es el hombre pleno, es quien sabe disfrutar los bienes materiales y la sabiduría, sigue la ley de Yahveh y no se engaña creyendo que su dios lo retribuirá conforme a sus obras. Este es el llamado de Qohélet: un llamado a la resignación y la humildad, pero también un llamado a la confortación y a la reivindicación de los placeres materiales.


[1]Dado que el ensayo únicamente trata del libro del Eclesiastés, en las citas de la Biblia omitiré el nombre del libro, de manera que (1,3) hace referencia al capítulo 1, versículo 3 del Eclesiastés. Cuando me refiera a otro libro, lo indicaré apropiadamente.


 
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Comentarios a Jorge:
Jorge observa en su ensayo que el Eclesiastés es una reflexión sobre la vida del hombre a la luz de la vida terrena, pero fundamentada en el dios judeocristiano. Qohélet, por ignorancia o cobardía, no pone en duda la existencia de dios, sino que construye toda su reflexión asumiendo que Yahveh existe. En esto coincidimos Jorge y yo (claramente, Jorge no podría llamarle ignorante o cobarde a Qohélet). Aquí hay una contradicción: ¿cómo puede Qohélet dudar del sentido de todas las cosas materiales, de la vida del hombre, de la sabiduría y nunca hacerlo de dios? Es una fe completamente ciega. Es también una idea peligrosa, pues busca acomodar toda la realidad a una sola intuición, la que ni siquiera se propone investigar ni demostrar.

Otra de las coincidencias (esta vez plena) que hay entre el ensayo de Jorge y el mío es considerar a Qohélet como un libro sumamente humanista. La razón principal por la que yo tildo de humanista el texto es debido a que centra su atención en el hombre y no en dios, en las tribulaciones de su devenir en la tierra y no en justificar a Yahveh. Los argumentos de Qohélet pueden ser utilizados también por quienes descreen de dios: la sabiduría es vana, los placeres materiales son vanos, la vida no tiene sentido... Salvo por su fe ciega, el escrito versa sobre el estudio del hombre y no sobre el comportamiento de Yahveh. Es como dicen los judíos: el Qohélet no vuelve impuras las manos, como sí lo hacen la gran mayoría de los textos del Tanaj (no las vuelve impuras significa que no parece haber sido escrito por inspiración divina, sino humana).

Jorge argumenta que Qohélet, al igual que Kierkegaard, apela a un salto de fe. Ese salto, desde mi punto de vista, no existe. Entiendo el salto de fe como un proceso (racional o empírico) mediante el cual un hombre toma como premisa la realidad y llega a la conclusión de que debe haber un dios. En el Eclesiastés este proceso es a la inversa, pues toma como premisa la existencia de dios y da una conclusión de la realidad (todo es vanidad).  Por lo tanto, no creo que la intención del autor del texto haya sido la de invitar a dar ese salto de fe, sino, más bien, la de orientar a las personas que ya dieron ese salto y se preguntan por lo demás.

Finalmente, Jorge establece dos relaciones del Eclesiastés con Aristóteles. La primera concierne a la felicidad y a la virtud. Considero que esta relación es, si no falaz, cuando menos débil, pues Qohélet no aborda estos temas. El Eclesiastés no es un llamado a ser virtuosos ni da instrumentos para ser felices a los hombres; en todo caso, como sostengo en mi ensayo, es una exhortación a la moderación y a la humildad. La segunda relación con Aristóteles es más sostenible: en ambos casos hay un llamado a la no condenación de los placeres de la carne. Sin embargo, cabe también entre ambos autores una diferencia sustancial: el griego llama a la moderación basada en la salud, mientras que el judío dice que es don de Dios que el hombre pueda gozar de la comida y la bebida. En otras palabras, a Aristóteles no le hace falta justificar el placer material a través de dios.


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Comentarios a Pablo:
Sin duda, el análisis que hace Pablo es interesante. La clasificación de las posibles respuestas del pensamiento ante el problema central es, cuando menos, útil (hace bien en reconocer que no son exhaustivas). Es importante observar que la mayoría de las soluciones propuestas ataca el problema de la finitud del hombre. A mi parecer, una de las posibles soluciones no se constituye como tal: el suicidio (consecuencia final del quietismo nihilista) no resuelve el problema, sino que destruye por completo cualquier esperanza.

Por otra parte, no está de más considerar una alternativa oriental a este dilema. A diferencia de las soluciones que Pablo menciona en la parte de la negación del problema, esta alternativa no solo pretende negar que somos finitos, sino que va más allá: niega el deseo del hombre por la trascendencia. El budismo, en efecto, busca abolir todo deseo, incluso el de trascender.

A pesar de que Pablo previene de no mezclar las soluciones al problema porque habría problemas de anacronismo (en este tipo particular de ideas, no creo que sea exacto hablar de anacronismos), considero que el Eclesiastés es involuntariamente ecléctico. Por una parte, dentro de la respuesta de negación, concuerda con que nuestros actos son trascendentes, pues confía en que habrá un juicio (11,9); además, parece que también coincide con el pragmatismo, pues Qohélet desconfía de la sabiduría humana.

Respecto a las respuestas de actuar en consecuencia, las coincidencias del libro sapiencial con las diferentes posiciones al respecto son mucho más estrechas. Así, no es exagerado considerar a Qohélet como un protoexistencialista, al argumentar que la vida no tiene sentido. No es tampoco descabellado considerar su conducta como absurdista, pues, según él mismo nos relata, buscó experimentar todo lo que lo material puede ofrecer al hombre.

Respecto al salto de fe, Pablo arguye que Qohélet no requiere de él, pues «no afirma nada sobre una lógica que sobrepase la humana». Sin embargo, el salto de fe que hace Qohélet no se da ex post al planteamiento del problema, sino ex ante. Por supuesto que Qohélet no habla de una lógica divina; pero no habla de ella no porque no crea que no exista, sino porque cree que es incomprensible. Todo el argumento del israelita no podría sostenerse si se dejara de lado su fe en Yahveh. Como a Jorge, a Pablo le digo que Qohélet no era lo suficientemente sabio como para cuestionarse la existencia de dios o era un cobarde que prefería no asumir ese riesgo.

Hay otras dos características del ensayo de Pablo con las que disiento. La primera es que no creo que Qohélet haya tenido como cosa segura la inmutabilidad de las decisiones de Yahveh. Y no lo creo por dos razones: la primera, que nada en el libro del Eclesiastés lo revela; la segunda, es posible que Qohélet no creyera eso, pues hay pasajes en otros libros del Tanaj que muestran a Yahveh arrepentido de sus decisiones (1Sm 15:11: «Me arrepiento de haber hecho rey a Saúl»; Ex 32:14: «Entonces Yahveh se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo»; Jon 3:10: «Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría»).

La segunda disensión consiste en que yo sostengo que la angustia ante el problema central, incluso en términos generales, no es la misma para Qohélet que para los filósofos modernos y posmodernos. No puede ser la misma porque tener la certeza de que dios existe reduce esa angustia, pues se confía en un final y se conoce (o se cree conocer) cuál es el modo de actuar más favorable. Por otro lado, si no se tiene la certeza de la existencia de dios, la angustia es mayor, pues no existe un ancla, algo a lo que supeditar todo el comportamiento. Son tan disímiles las angustias en estos dos casos que, por ejemplo, el suicidio es una opción válida para los no creyentes en dios, mientras que no lo es para los creyentes.