En esta ocasión, a Pablo, Jorge y yo, se ha sumado Bruno para discutir acerca de la mejor forma de gobierno para el México actual. Las aportaciones de cada uno de ellos las podrán encontrar aquí, acá y allá.
La historia de México es rica en
cuanto a formas de gobierno se refiere (así como en sus sendos fracasos):
teocracia azteca, virreinato español, imperio de Iturbide, dictadura de Santa
Anna, república centralista, república liberal, imperio de Maximiliano,
república federal, dictadura porfiriana, desastre y desorden (llamados
«Revolución Mexicana» por un eufemismo político), gobierno paternalista
unipersonal, unipartidismo y democracia. Estoy enlistando, por supuesto, las
formas de gobierno de jure; las de facto pueden llegar a ser
sensiblemente distintas. En cualquier caso, los constantes cambios en la forma
de gobierno en este país parece que obedecen no solo a las exigencias de los
tiempos, sino también a un constante malestar general de la población y una
pésima distribución del poder.
Cuando se busca la forma más
apropiada para regir a México, es ocioso analizar todas las formas de gobierno.
Así, considerar gobiernos como monarquía, teocracia o dictadura no solo
resultaría anacrónico, sino que también se estaría negando la perspectiva
actual de globalización (¿qué empresas desearían invertir en un país
dictatorial o monárquico latinoamericano? –el caso de países árabes gobernados
por reyes y recibiendo dinero de todo el mundo es atípico y debe entenderse
únicamente por la vía de la renta petrolera–). En realidad, de todas las formas
de gobierno hasta ahora concebidas, solo dos tienen posibilidades reales de
instaurarse en México: la democracia y la aristocracia.
Una aristocracia moderna no
estaría constituida por nobles vestidos con trajes renacentistas, sino por
hombres capaces (por los mejores, según su etimología). Por supuesto que habría
varios problemas para determinar quiénes serían los mejores hombres del país.
Claro que los criterios de selección serían controvertidos. Sin duda la
renovación de los aristócratas y la preocupación de que sus intereses son
diferentes a los del pueblo serían retos de enormísima importancia. Todas estas
dificultades no son mayores a las que experimenta la democracia. Pero el
verdadero problema de la aristocracia es su imposibilidad de llevarse a cabo
exitosamente por un país como el nuestro: ¿somos capaces de innovar el campo de
la política a nivel mundial? No tenemos el valor de hacerlo. Además, un cambio
tan radical de gobierno sembraría dudas en las empresas mundiales que invierten
aquí y, en consecuencia, incertidumbre en los mercados financieros nacionales,
con sus consecuentes profecías autocumplidas. Aunque deseable, la aristocracia
en el México actual sería imposible.
Queda (no como mejor, sino como
el menos malo y más factible) adherirnos a la moda mundial que es la
democracia. Y ya instalados en la democracia, pasar al gobierno republicano es
cosa de nada (descartando los anfibios tóxicos del siglo pasado: democracias
dictatoriales). En términos generales, hay
dos tipos de repúblicas democráticas: las presidencialistas y las parlamentarias.
¿Quién se atrevería a dejar en manos de nuestros incapaces legisladores dos de
los tres poderes del Estado? No solo México no tiene ninguna tradición
parlamentaria, sino que la experiencia actual revela lo difícil que resulta
llegar a acuerdos en el Congreso.
Por eliminación hemos llegado a
la república democrática presidencialista, que es el sistema de gobierno que
actualmente tenemos. No seamos tan optimistas: si usamos el mejor de los
sistemas de gobierno posible (i.e., factible), ¿por qué tenemos la impresión de
que es ineficiente?, ¿por qué no vemos los resultados que de esta forma de
gobierno se esperan? Identifico tres problemas mayores a los que las
democracias del mundo moderno no han hallado una solución:
1. Representatividad fallida: las
manifestaciones civiles en todo el mundo deben hacernos reflexionar acerca de
la representatividad de los gobiernos. Los ciudadanos no están siendo (o no se
perciben) debidamente representados. Parece que hay dos esferas diferentes: en
una están los tomadores de decisiones públicas; en la otra, los ciudadanos
comunes. Cada esfera responde a incentivos distintos y muchas veces contrarios.
Bajo una democracia, la manera como los ciudadanos protestarían contra la otra
esfera sería mediante las elecciones; sin embargo, cuando todas las opciones
son las mismas y solo se van cambiando de color, no hay una amenaza creíble
contra el grupo de poder.
2. Responsabilidad política: la democracia,
muy preocupada por la participación ciudadana, deja de lado la responsabilidad
que se les debe exigir a los tomadores de decisiones públicas. En términos del
numeral anterior, el grupo de políticos goza de todo el poder, con toda la
impunidad y sin ninguna responsabilidad sobre los requerimientos de sus
gobernados. Sin responsabilidades efectivamente imputables, es imposible medir
el grado de representatividad de los políticos. Un ejemplo en nuestro país: ¿el
problema de inseguridad en Michoacán de quién es responsabilidad?: ¿del
presidente?, ¿de la SEDENA?, ¿del gobernador del estado?, ¿de los presidentes
municipales?, ¿del presidente, del gobernador y de los presidentes municipales
del sexenio pasado? No hay político responsable. Nadie es responsable. La
impunidad en estado casi puro.
3. Sabiduría e ignorancia populares: el
supuesto esencial de la democracia radica en considerar que las opiniones de
los ciudadanos son las óptimas; la crítica correspondiente es que un pueblo
cuyo nivel
promedio de escolaridad ni siquiera llega a la secundaria terminada y que lee
menos de 3 libros al año (35% de los mexicanos no ha
leído nunca un libro) no puede tomar decisiones óptimas (punto a favor de
la aristocracia). La solución es simple pero casi imposible: educar al pueblo.
Eso puede tomar muchas generaciones y no hay garantías. Otra solución es
aristocratizar la democracia (ya que es más difícil democratizar la
aristocracia): que los políticos elegibles sean ya capaces. De esta manera,
aunque el pueblo sea ignorante, elegirá de entre personas lo suficientemente
preparadas.
Doy, finalmente, dos propuestas
concisas para el caso mexicano:
1. Los
poderes ejecutivo y legislativo están completamente capturados por los
intereses partidistas. Propongo la figura de políticos milicianos (al modo
suizo): no considerar como carrera la política, que sea un trabajo de medio
tiempo sin paga (o una paga simbólica). No es descabellado dejar de hacer de la
política un negocio (¿salarios altos para evitar la corrupción?, ¿ha sido
eficaz esa estrategia?, ¿no conocemos muchos casos de políticos corruptos?).
Otra solución
para reducir el poder de los partidos políticos (y del ejecutivo) es votar por
cada uno de los integrantes del gabinete en elecciones no simultáneas (con el
objeto de no votar por todo el equipo de un mismo partido y generar proyectos
transexenales).
2. Respecto
al poder legislativo, es ridículo que se autorregule (toman vacaciones
prolongadas, suben su salario y se ausentan según su voluntad). Es terrible que
sea tan oneroso y tan improductivo. Pero lo peor de todo es que solo hay tres
votos, solo tres puntos de vista entre 500 personas. En este problema converge
todo: autorregulación y falta de representatividad y responsabilidad política.
La solución es la suma de los esfuerzos anteriormente mencionados: reducción
del poder de los partidos (y, en general, de los políticos), establecer
criterios específicos que garanticen la capacidad de cualquier político y, a
largo plazo, invertir en educación.
En suma, la democracia no es el
mejor sistema de gobierno para México, pero es el más factible de implementar
(seguir). Esta democracia debe incorporar elementos aristocráticos (meritocráticos). La representatividad,
la responsabilidad política, los límites al poder de los partidos políticos y
del Congreso son mejoras urgentes a las deficiencias del sistema actual de
gobierno.
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Comentarios a Jorge
Coincido en dos aspectos
generales con la postura de Jorge respecto al mejor sistema de gobierno para
México. El primero de ellos consiste en remarcar la importancia que tiene la
educación en la democracia. Iré más allá: urgir a un pueblo a ser democrático
sin antes haberlo educado es un suicidio social. La democracia, vista desde esa
perspectiva, no es un fin, sino una meta. La democracia adolece de únicamente
considerar los intereses del pueblo y desechar las capacidades de los individuos
que son elegibles para gobernar. Teóricamente, la democracia puede llevar al
poder al menos capaz; prácticamente, tenemos el caso de «Juanito» (un
caso de éxito muy interesante de analizar para los demócratas a ultranza).
La segunda coincidencia de ideas,
y la más relevante, es considerar como un prerrequisito la existencia de un
estado de derecho. Sin un estado de derecho efectivo no hay manera como un
sistema de gobierno (por excelente que sea) sea exitoso. Ninguno de los cuatro
profundizó en este problema. Históricamente, únicamente en las dictaduras es
cuando México ha gozado de un estado de derecho más o menos aceptable (claro,
dejando de lado las cuestiones de derechos humanos y centrándose en el orden).
Quizá esa es la razón por la que algunas personas añoran una mano dura en
México.
Hay otro rubro sobre el que
tenemos coincidencia Jorge y yo, pero guardamos distancia en algunos puntos:
sin cumplir una obligación no hay derecho de voto. Ciertamente, los ciudadanos
deben cumplir con ciertas obligaciones hacia el estado y estos deben buscar
estar preparados para elegir a sus gobernantes. Ahora bien, hay algunos
individuos que por sus características podrían ser exentos de estas
obligaciones. Los más pobres, por ejemplo, ¿deberían pagar impuestos? Aquellos
cuyo centro de enseñanza más cercano se localiza a varios kilómetros de su
casa, ¿están obligados a estudiar? Más importante aún es la pregunta filosófica
detrás de estas cuestiones: ¿qué hace que una persona se convierta en un
ciudadano: el cumplimiento de las obligaciones que tiene para con el estado o
es una cualidad inherente al individuo? Un tema que da mucho de qué hablar.
Finalmente, debo señalar dos
críticas fundamentales a la posición de Jorge. Primeramente, él trata de
incluir al sistema de gobierno mexicano figuras que le son extrañas: el sistema
parlamentario y la figura de primer ministro. Si bien estas figuras han
funcionado en algunos casos (el inglés es el caso arquetípico), no hay ninguna
constancia de que puedan funcionar correctamente en México. En realidad,
nuestra experiencia nos hace suponer lo contrario. En segundo lugar, Jorge
menciona que se debe evitar el abuso de poder, pero tampoco señala cómo las sugerencias
que él menciona pongan un límite al poder. El único poder al que limita es al
de la ignorancia; el poder de los gobernantes se mantiene intacto.
Comentarios a Pablo
El escrito de Pablo puede ser
resumido en algunas cuantas palabras: fe (solo que no es fe) casi ciega en la
democracia. Pablo trata tanto tiempo de convencernos de las ventajas de la
democracia, que parece olvidar cualquier crítica hacia ella (apenas dedica un
párrafo a ella). Incluso, al enlistar todas sus ventajas, no las contrapone con
la realidad de nuestro país. La preocupación de la aportación de Pablo es, si
se quiere, mucho más teórica que práctica. La pregunta que responde Pablo es
por qué la democracia es el mejor sistema de gobierno. Es lamentable el
silencio de su propuesta respecto a la situación actual de México.
A continuación rebatiré algunos
de los puntos señalados por Pablo en favor de la democracia en México. Una
característica que señala del buen gobierno es que gobiernan personas
competentes. No hace falta decir mucho al respecto al caso de México: baste
saber que dos de
nuestros senadores tienen como máximo logro académico el haber concluido la
secundaria. Ahora bien, respecto a que en la democracia nadie adquiere el
poder por sí mismo, debo decir que hay una excepción. O 200 excepciones, porque
los plurinominales sí que adquieren el poder por sí mismos (a través de
partidos políticos, claro, pero sin la participación directa o indirecta de los
votantes).
Asimismo, Pablo considera la
negociación como un factor clave en la democracia. En primer lugar, la
negociación no es exclusiva de la democracia (en un sistema aristocrático
también cabe). Y en segundo, Pablo toma por supuestas las capacidades de
negociación de los gobernantes. ¿Las tomas de tribuna, el uso de reformas
constitucionales como moneda de cambio, las reuniones clandestinas... son el
tipo de negociación que beneficia a los gobernados? Pablo, al igual de Jorge,
se aleja demasiado del panorama político nacional y se refugia en los
beneficios teóricos de un sistema (Pablo en el democrático; Jorge, en el
parlamentario) que no tiene evidencia alguna de éxito en México.
También arguye que un sistema de
pesos y contrapesos es la solución al problema de elegir un buen gobernante. Yo
no creo que sea suficiente. El contrapeso del brillante presidente es el no
menos capaz Congreso. ¡Válgame dios! Si sistemáticamente se eligen a personas
incapaces, no importarán los pesos y contrapesos, pues toda la balanza estará
herrumbrada con ignorancia.
Por último quiero rebatir acerca
de las deficiencias que encuentra Pablo en la aristocracia. En general, casi
todas las características positivas enunciadas por Pablo hacia la democracia
también son aplicables en un sistema aristocrático moderno. Pablo critica de la
aristocracia que no puede asegurar que quienes gobiernan sean los mejores (como
tampoco lo asegura la democracia) y que un grupo elitista tomaría decisiones
elitistas. ¡Caramba! Pero si había pasado por alto que quienes toman las
decisiones importantes de este país son los campesinos y analfabetas, así como
los clasemedieros. ¡Por favor! El
grupo que toma las decisiones en esta (y cualquiera otra) democracia también es
un grupo elitista que vela por sus intereses. Es incluso paradójico: si un
pobre campesino llegara a ser elegido diputado, en ese momento, gracias a los
sueldos y prestaciones de que gozan los diputados, dejaría de velar por los
intereses de los campesinos, pues él mismo ya no lo es (ahora es un diputado,
muy lejano al campo); es decir, en el momento en que se convierte en
representante, se aleja de sus representados. Son representantes poco
representativos: nos representan en la ignorancia, más no en las condiciones de
vida o en nuestros intereses.
Comentarios a Bruno
El escrito de Bruno y el mío
guardan algunas similitudes que no son superficiales. Apenas en la segunda
línea, él ya indica que hay una crisis de representatividad (yo lo hago hasta
el sexto párrafo). Esta crisis es mucho más relevante de lo que parece: es una
crítica –no ya teórica, sino práctica– a la democracia: si hemos elegido a
nuestros gobernantes, ¿por qué no nos sentimos representados? Bruno llega a la
misma conclusión que yo: quienes ostentan el poder se encuentran en una esfera
muy apartada del resto de la sociedad.
La siguiente coincidencia es la
referente a la complicación que representaría para el sistema de gobierno
mexicano la incursión en el parlamentarismo. La razón es la misma para los dos:
nuestro país tiene muy poca experiencia parlamentaria. En este mismo tenor,
Bruno y yo también coincidimos en que la tradición de gobierno en México no
haría sencillo la implementación de un primer ministro. Creo, asimismo, que los
pocos beneficios prácticos de este sistema no compensarían la confusión que
generaría.
El último tema sobre el que
tenemos una postura similar es cómo debería conducirse el presidente una vez
que ha resultado electo. El presidente debería escindirse (al menos simbólicamente)
del partido político que lo cobijó, justamente para indicar que ha renunciado a
sus intereses personales para abrazar los intereses de la nación. Esta conducta
hace juez y parte al presidente. No se trata de un problema endémico de México:
¿en qué democracia, incluso entre las maduras, es común que el partido político
del que proviene el presidente lo contradiga? Este problema señala incluso una
contradicción en el sistema político, ya que se trata de una clara intervención
del ejecutivo sobre el legislativo: el presidente tiene, al menos, el apoyo
(casi siempre total) de su partido en el Congreso.
Difiero con Bruno en tanto que él
supone como acción democrática la de la comparecencia del presidente ante el
Congreso durante el informe de gobierno. No creo que sea necesario este
diálogo. En primer lugar, porque no se trata de un diálogo, sino de la lectura
de un reporte; en segundo, porque no es un debate ordenado donde el Congreso
pida explicaciones sobre temas específicos al ejecutivo; y en tercero, porque
más que un diálogo es un espectáculo en el que se pueden hacer apuestas acerca
de la cantidad de insultos que el ejecutivo recibirá y el número de veces que
será interrumpido por algún político con poca instrucción (como si el insulto
fuera a mejorar algo). El informe así rendido solo sirve para que políticos que
no han sabido contrarrestar ni negociar, tomen protagonismo a través del
vituperio.
Bruno concluye exponiendo que, en
su creencia, la democracia es la mejor forma de gobierno. Sin embargo, creo que
no ofrece argumentos contundentes que soporten esta afirmación. También creo
que habría resultado muy provechoso un contraste de la democracia con otros
sistemas, de manera que su conclusión descansara más en esa comparación que en
argumentos siempre afirmativos de la democracia.

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