Con motivo de la conmemoración del nacimiento de Benito Juárez, la Flecha de Uroboros ha realizado un esfuerzo por determinar si lo realizado por este personaje justifica la existencia de plazas, calles, escuelas, delegación y ciudad nombradas en su honor. Como siempre, sugiero que se den una vuelta por los blogs de Bruno, Pablo y Jorge, para tener otras perspectivas sobre el tema.
Benito Juárez es uno de los personajes más relevantes en la historia del
siglo XIX en México. Desde el punto de vista de la historia oficial, Juárez
personifica los valores republicanos que se sobreponen a todas las vicisitudes.
Bajo otras perspectivas, este hombre representa un ladrón de bienes
eclesiásticos, un incoherente (por detentar 14 años la presidencia) y hasta un
escurridizo cobarde. Cualquiera que sea la postura al respecto que uno tome, lo
cierto es que han sido nombradas incontables calles, avenidas, una estación del
metro, una delegación y hasta una ciudad en su honor; pero, ¿están
verdaderamente justificadas estas designaciones o es que se ha ensalzado sin
mucha razón la imagen de este hombre?
Cosa difícil es, sin duda, juzgar a alguien de manera objetiva. Considero
que una aproximación útil para responder a la pregunta inicial consiste en
juzgar a Juárez por sus principales decisiones (reflejadas en sus acciones y en
la emisión de ciertos ordenamientos jurídicos) y las consecuencias de estas en
la historia nacional. Esta precisión es importante, ya que en varias ocasiones
a lo largo de su vida, al Benemérito de las Américas lo benefició o perjudicó
la suerte. Así pues, sustraerse del influjo del azar no debe entenderse como la
ignorancia consciente de las circunstancias, sino como una herramienta que
permite juzgar a Juárez de manera más objetiva.
Al inicio de la Guerra de los Tres Años, ante el avance de las tropas de
Zuloaga, Juárez decidió trasladar el
gobierno de la república por diversos estados y, cuando no hubo escapatoria, se
embarcó rumbo a Panamá, Cuba y Estados Unidos. El oaxaqueño puede ser
calificado de cobarde o de valiente, según el punto de vista que se considere:
¿quería preservar el gobierno por ambiciones personales de poder o porque sabía
que, de claudicar, no habría esperanzas para el surgimiento de un gobierno
liberal en México? En favor de Benito puede referirse que, a diferencia de
otros gobernantes (Santa Anna entre ellos), él no descollaba por su despliegue
de suntuosidad, ni por obligar a los demás de tratarlo con pompa. Si esto es
considerado, parece justo decir que el escape de Juárez fue con miras en
mantener vivos la legalidad y el liberalismo del gobierno mexicano, lo que no
deja de ser loable.
Al año siguiente, ya de vuelta en México, Juárez firmó el controvertido Tratado
McLane-Ocampo, en el que, a cambio de cuatro millones de dólares, nuestro
país cedía (entre otras cosas) el derecho a perpetuidad del libre tránsito de
los estadounidenses por el istmo de Tehuantepec, así como desde Matamoros hasta
Mazatlán y el tránsito de tropas desde Nogales hasta Guaymas. Es verdad que
Juárez necesitaba con urgencia dinero para seguir combatiendo a los
conservadores; sin embargo, esta cesión fue no solo denigrante para el país,
sino incluso peligrosa, pues dejaba la puerta abierta a una nueva invasión. La
soberanía de México era un precio muy alto por hacer triunfar el liberalismo. El
hecho de que se especificara que la cesión era a perpetuidad censura más la
decisión de Juárez. Incluso sus contemporáneos liberales dudaban de la
conveniencia de esta acción: Justo Sierra lo llamó «servidumbre interminable» y
Vasconcelos tildó a Juárez de alucinado o traidor. A la luz de esta acción,
resulta complicado sostener que Juárez no quería el poder para sí y que solo
defendía la causa liberal.
Una vez derrotados los conservadores, con las arcas nacionales prácticamente
vacías, Juárez decide declarar una
moratoria de pago a acreedores extranjeros. Las consecuencias finales de esta
elección fueron la invasión francesa y cuatro años más de guerra civil. Es muy
probable que Juárez no hubiera podido prever los alcances de su decisión;
empero, confiar que una moratoria podría no incomodar a potencias europeas es
pecar de inocencia; hacerlo en un momento de crisis social, política y
económica, es un suicidio. Creo que, en esta situación particular, Juárez no
tuvo la pericia para considerar alternativas: enviar a Doblado (entonces
Secretario de Relaciones Exteriores) a Europa antes de declarar la suspensión
de pagos, conceder privilegios para la instalación de ferrocarriles o minas,
negociar la reestructuración de la deuda…
Otro de los episodios más relevantes de Juárez, desde el punto de vista
histórico, es su decisión de matar a Maximiliano. Juárez enfrentaba la presión
por conservarlo con vida desde dos frentes: en primer lugar, ambos eran
masones; si bien pertenecían a ritos distintos, las diferencias entre ellos no
los conminaban a eliminar la camaradería ni mucho menos a asesinarse. En
segundo lugar, los gobernantes y prensa europeos solicitaban la salvaguarda del
exemperador (incluso el escritor Víctor Hugo
y Garibaldi
se sumaron a este esfuerzo). Por otra parte, Juárez sabía que no habría prisión
segura para Maximiliano y que enviarlo de regreso al viejo continente también
era arriesgado, por no hablar de la cobardía que mostraría entre sus
simpatizantes. Los tres días que aplazó Juárez el fusilamiento son señal de que
no estaba seguro de qué hacer. Resolvió matarlo y, desde mi perspectiva, era lo
correcto, no por considerar al austriaco un villano, sino porque era la señal
que necesitaban Europa y el interior de México de la fortaleza que finalmente
había conseguido el gobierno juarista. La acción dio resultado: las
sublevaciones en contra del gobierno liberal no se presentaron más (el Plan de
la Noria de Díaz no era contra el liberalismo, sino contra la reelección de
Juárez).
La última acción juarista que analizaré será la permanencia del zapoteco
en la silla presidencial durante catorce años. La
Constitución de 1857 estipulaba cuatro años por periodo presidencial y
permitía la reelección indefinida. Desde el punto de vista legal, Juárez no
incurrió en ningún delito; desde el punto de vista democrático, decidir
postularse para la presidencia en 1871 constituía un disparate. Esta decisión
ponía en peligro la credibilidad de la frágil república y sumaba enemigos al
gobierno oficial. Aun varios de los allegados a Juárez censuraban esta determinación
tanto por estrategia política como por la propia salud del mandatario. En esta
decisión es cuando se recalca el carácter personalista del gobierno de Juárez:
ya no era necesario que él siguiera al frente del país y su continuidad
representaba más una amenaza que una solución. Juárez decidió continuar y
decidió mal.
Con respecto a las leyes que se le atribuyen a él, Juárez fue de un sano
distanciamiento entre la Iglesia y el Estado (con la emisión de la Ley Juárez, la del Matrimonio
Civil, la Orgánica
de Registro Civil y de Libertad de Cultos)
a un ataque directo a los intereses eclesiásticos (Ley
de Nacionalización de los Bienes Eclesiásticos, Decreto
de Secularización de Cementerios y el de Exclaustración de Monjas y
Frailes). Con la emisión de estas últimas, Juárez exacerbó las pasiones en su
contra y buscó terminar de tajo con casi 350 años de tradición. Creo que
hubiera sido más afortunado realizar ajustes graduales con la Iglesia o incluso
negociar con ella.
En conclusión, considero que la figura de Juárez no está sobrevalorada si
se tienen en cuenta dos de sus decisiones: defender la legalidad del Estado y
del liberalismo hasta las últimas consecuencias y cejar las aspiraciones de los
conservadores y de los franceses por hacerse del control del país (a través de
la muerte de Maximiliano). Por otra parte, esta exaltación del juarismo debe
moderarse a la luz de la deficiencia del oaxaqueño en negociar, en permitir la
alternancia democrática y en acelerar la desaparición del poder eclesiástico en
apenas unos años. Debe ser particularmente importante tomar en cuenta su
actitud entreguista hacia Estados Unidos antes de juzgarlo un héroe nacional. En
el entendido de que nadie en México como Juárez ha personificado el espíritu
republicano y de que todo hombre puede equivocarse, las calles, las avenidas,
la estación del metro, la delegación y la ciudad han sido justamente nombradas
en su honor.
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Comentarios a Bruno
Para juzgar de la manera más
objetiva a un personaje, es necesario despojarse de los prejuicios positivos y
negativos. Cada vez que Bruno menciona a Benito Juárez, Bruno no puede evitar
precederlo del título de «don». Esto merma su análisis y evidencia un sesgo
positivo hacia la figura del oaxaqueño, lo que compromete su objetividad de la
misma manera que ocurre con el ensayo de Jorge.
¿En qué sentido deben valorarse
las aportaciones de Juárez al pensamiento jurídico? Juárez no fue un ideólogo,
ninguna de sus ideas fue innovadora; su fama se debe a que fue un
implementador, un mero agente operativo que tomó ideas europeas y las quiso
aplicar al pie de la letra en un contexto sensiblemente diferente al del viejo
continente. Incluso la implementación de estas ideas prestadas no fue la mejor,
ya que, como sostengo en mi aportación, Juárez no supo negociar. ¿Qué hay que
reconocer, en este sentido, a Juárez, si no fue innovador y si las ideas que
tomó las implementó deficientemente?
Bruno invita, al inicio del
tercer párrafo, a ir más allá de la historia romántica de la infancia de
Juárez; sin embargo, unas pocas líneas más adelante, señala que Juárez escapó a
la predestinación de su época. Pide ser prácticos y él se mantiene poético.
Además, como señalé en los comentarios al escrito de Jorge, si Juárez estudió
en un seminario católico no fue por aceptar estoicamente un destino ni fue para
traicionarlo después, sino porque era muy probablemente su única opción.
Bruno contrasta la figura de
Juárez con la de los conservadores: a estos últimos los tilda de escasa
imaginación al pensar que el México libre solo podía continuar por el camino
«dogmático» de la Iglesia; a su vez, a Juárez le celebra que haya desamortizado
los bienes eclesiásticos («el respeto al derecho ajeno es la paz»... salvo que
el derecho ajeno sea el de la Iglesia). Un observador menos imbuido en el
problema podría llamar a Juárez radical y a los conservadores, prudentes.
Nuevamente, creo que Juárez debía aprender cierta prudencia conservadora y realizar
cambios cortos pero decisivos en la separación de Iglesia y Estado. Otros
países de América hicieron esa separación... cincuenta años después, pero sin
siete años de guerra civil. Finalmente, juzgar que en «aquella época debía
fortalecerse el gobierno republicano y no el gobierno central» es ya tomar
francamente partido sobre el objeto de estudio y, además, juzgarlo desde la
ventaja del futuro.
Bruno también se equivoca al
referir que como México no estaba preparado para las elecciones, Juárez debía
seguir reeligiéndose. Eso es querer decir que solo una persona tiene la
capacidad para ser presidente y que todo el pueblo no es sino ignorante. Es
también santificar la figura de Juárez y decir que las sociedades del siglo XIX
estaban condenadas a ser presididas por un dictador; a Huerta y a Díaz se les
acusa de eso, ¿por qué no a Juárez?
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Comentarios a Pablo
En resumen, el breve ensayo de
Pablo es el siguiente: nadie merece ser llamado héroe (porque nadie lo es) y
cuando una acción es heroica es porque se trata de una idea que no le pertenece
a esa persona, sino al pueblo (al tiempo y a las circunstancias también). Y,
claro, el resultado de eso solo puede ser que la figura de Juárez está
sobrevalorada. Pero hay que tener cuidado con esta posición, ya que esto
significa que cada persona que llega al poder, efectivamente representa,
incluso sin quererlo, la voluntad del pueblo. En la visión de Tolstoi que
comparte Pablo acerca de la repercusión
que tienen las decisiones de un personaje particular en la historia, no hay
cabida para la voluntad, pues todo es fatal, inevitable. Esta perspectiva
nulifica los actos de las personas en el poder. Es decir que este país hubiera
sido hoy igual si en lugar de vencer Peña, hubiera ganado Josefina, López
Obrador o Quadri. Todo es igual.
Ahora bien, el ejemplo del ruso es
poético, pero eso equivaldría a decir que nada de lo que decida quien está en
el poder es relevante; creo que al menos el tiempo y la forma están
determinados por esas personas. Ambos elementos sí que pueden constituir
diferencias relevantes. Para el caso que nos ocupa, Juárez era la consecuencia
del pensamiento liberal en México, pero ¿acaso ese pensamiento liberal le dictó
el cómo debía llevar a cabo su gobierno en las especificidades?; ¿la idea
mexicana del liberalismo aconsejó a Juárez de que debía permanecer huyendo? Es
cierto, quizá si Juárez hubiera sido capturado, la lucha por el liberalismo
hubiera continuado; pero hace falta algo de valor para tomar en las manos esa
responsabilidad. La idea del liberalismo mexicano no podía (como ninguna idea)
ser perseguida; solo se persigue a los hombres que la comparten; y hace falta
tener valor para ser ese hombre al que se persiga. En todo caso, hubo un acto
de voluntad de Juárez al desear personificar esta idea.
Pablo
sostiene, por otra parte, que Juárez es diferente al resto de los héroes
nacionales. Yo no creo que esto sea así. Más bien se debe a que el resto de los
personajes tiene algo que no convence del todo: Nezahualcóyotl fue más un
artista que un político; Hidalgo y Morelos fueron curas (y hay que mantener la
distancia con la Iglesia); Cárdenas fue priista. A Madero se le recuerda como
héroe en el PAN, pero su carrera política duró muy poco para estar en el altar
de los héroes nacionales. Lo que ocurre también es que no ha sido muy divulgado
el Tratado McLane-Ocampo, lo que dejaría sin simpatizantes a Juárez; en el
momento en que eso ocurra, Juárez se unirá al resto de los héroes nacionales
que no convencen.
Una
deficiencia en la aportación de Pablo es que llega a la conclusión de que
Juárez está sobrevalorado sin haber mostrado las pruebas. Por una parte, dice
que nadie puede ufanarse de sus acciones, ya que todo es resultado de una idea
nebulosa que vive en el pueblo; por otra, enlista las obras en las que se le ha
exaltado al oaxaqueño. No hay un vínculo entre ambas cosas y, sin embargo,
Pablo colige que está sobrevalorado. Y claro, ¿quién no va a estar
sobrevalorado si todo lo bueno que se hace en nombre del pueblo es solo del
pueblo?
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Comentarios a Jorge
Este es, sin lugar a dudas, el
ensayo más desafortunado de Jorge. Su calidad y conocimientos históricos le
exigen algo de objetividad en él: a lo largo de su aportación se aprecian
opiniones basadas en prejuicios más que en evidencia y se adivina un sesgo
descarado a favor del conservadurismo. Si Jorge se asume conservador, debe
comprender que el conservadurismo del siglo XIX es sustancialmente diferente al
de hoy. Reconozco que, al menos, hay consistencia en lo que declara en este
breve ensayo y en el inmediato anterior.
Jorge pone en duda los orígenes
de Juárez y cómo se fue haciendo paso hacia el poder, pero no ofrece pruebas de
ello. Creo que existe mérito en tener orígenes humiles y llegar a ser
presidente; no entiendo cómo esa situación pueda resultar censurable. Al
contrario, puede llegar a ser inspirador y considero que el gobierno acierta en
promoverla. Por otra parte, con respecto a la traición que Jorge menciona de
Juárez a la Iglesia, creo que no hay tal, ya que lo más seguro es que si
estudió con religiosos se debió a que eran muy pocas las demás opciones (si es
que las había). En este aspecto, es similar a Sor Juana: se valen de los únicos
medios existentes para superarse, incluso en contra de sus propios principios.
A simple vista parece reprobable, pero ¿cuántos de nosotros no hemos cometido
el mismo pecado en nuestras actividades laborales: trabajando por ganar dinero
y dándole la espalda a nuestros principios?
También censuro la siguiente
afirmación de Jorge: «un líder sabio y bueno hubiera hecho el sacrificio de
ofrendar su vida para evitar la catástrofe». En primer lugar, no existen tales
líderes: se trata de una exageración poética de Jorge en un ensayo. En segundo
lugar, ese sacrificio bien pudo haberse juzgado como cobardía. Finalmente,
incluso si Juárez se hubiera entregado, quizá era inevitable un choque entre
los liberales y los conservadores; tal vez la catástrofe no podía ser evitada.
En lo que sí estoy de acuerdo,
hasta cierto punto, con Jorge es en cuestionar la pertinencia de Juárez por
mantenerse en el poder. Creo que puede llegar a ser justificable la permanencia
de un presidente en casos excepcionales (particularmente, de guerra). Una vez
pasada la amenaza, es su deber convocar a elecciones. Sin embargo, como precisé
en mi ensayo, la Constitución de 1857 permitía la reelección, por lo que Juárez
no estaba al margen de la ley, sino que únicamente era imprudente. Así también,
al igual que Jorge, creo que utilizar a Juárez como ejemplo de lo que debe ser
un demócrata es un error; no lo es si lo que se pretende es ejemplificar a un
republicano.
Por último, creo que Jorge es
demasiado injusto con Juárez: primero, lo hace completamente responsable de «la
guerra, muerte y destrucción» en el país, así como de la ruina en su
infraestructura. Esto no puede provenir sino de una pluma con más pasión que
con razón: los cañones conservadores no disparaban progreso ni flores, Jorge. Y
en segundo lugar, tilda de cobarde a Juárez debido a que huye, pero cuando
Maximiliano escapa de la ciudad de México, lo llama valeroso. Hay que medir
objetivamente con la misma vara. Además, creo que el acto más cobarde sería
haber renunciado; de algún modo, Juárez mostró algo de valor al no claudicar y
mantener la lucha por la república.

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