sábado, 22 de marzo de 2014

[FU 8] ¿Está sobrevalorada la figura de Benito Juárez?

Con motivo de la conmemoración del nacimiento de Benito Juárez, la Flecha de Uroboros ha realizado un esfuerzo por determinar si lo realizado por este personaje justifica la existencia de plazas, calles, escuelas, delegación y ciudad nombradas en su honor. Como siempre, sugiero que se den una vuelta por los blogs de Bruno, Pablo y Jorge, para tener otras perspectivas sobre el tema.
 
Benito Juárez es uno de los personajes más relevantes en la historia del siglo XIX en México. Desde el punto de vista de la historia oficial, Juárez personifica los valores republicanos que se sobreponen a todas las vicisitudes. Bajo otras perspectivas, este hombre representa un ladrón de bienes eclesiásticos, un incoherente (por detentar 14 años la presidencia) y hasta un escurridizo cobarde. Cualquiera que sea la postura al respecto que uno tome, lo cierto es que han sido nombradas incontables calles, avenidas, una estación del metro, una delegación y hasta una ciudad en su honor; pero, ¿están verdaderamente justificadas estas designaciones o es que se ha ensalzado sin mucha razón la imagen de este hombre?
Cosa difícil es, sin duda, juzgar a alguien de manera objetiva. Considero que una aproximación útil para responder a la pregunta inicial consiste en juzgar a Juárez por sus principales decisiones (reflejadas en sus acciones y en la emisión de ciertos ordenamientos jurídicos) y las consecuencias de estas en la historia nacional. Esta precisión es importante, ya que en varias ocasiones a lo largo de su vida, al Benemérito de las Américas lo benefició o perjudicó la suerte. Así pues, sustraerse del influjo del azar no debe entenderse como la ignorancia consciente de las circunstancias, sino como una herramienta que permite juzgar a Juárez de manera más objetiva.
Al inicio de la Guerra de los Tres Años, ante el avance de las tropas de Zuloaga, Juárez decidió trasladar el gobierno de la república por diversos estados y, cuando no hubo escapatoria, se embarcó rumbo a Panamá, Cuba y Estados Unidos. El oaxaqueño puede ser calificado de cobarde o de valiente, según el punto de vista que se considere: ¿quería preservar el gobierno por ambiciones personales de poder o porque sabía que, de claudicar, no habría esperanzas para el surgimiento de un gobierno liberal en México? En favor de Benito puede referirse que, a diferencia de otros gobernantes (Santa Anna entre ellos), él no descollaba por su despliegue de suntuosidad, ni por obligar a los demás de tratarlo con pompa. Si esto es considerado, parece justo decir que el escape de Juárez fue con miras en mantener vivos la legalidad y el liberalismo del gobierno mexicano, lo que no deja de ser loable.
Al año siguiente, ya de vuelta en México, Juárez firmó el controvertido Tratado McLane-Ocampo, en el que, a cambio de cuatro millones de dólares, nuestro país cedía (entre otras cosas) el derecho a perpetuidad del libre tránsito de los estadounidenses por el istmo de Tehuantepec, así como desde Matamoros hasta Mazatlán y el tránsito de tropas desde Nogales hasta Guaymas. Es verdad que Juárez necesitaba con urgencia dinero para seguir combatiendo a los conservadores; sin embargo, esta cesión fue no solo denigrante para el país, sino incluso peligrosa, pues dejaba la puerta abierta a una nueva invasión. La soberanía de México era un precio muy alto por hacer triunfar el liberalismo. El hecho de que se especificara que la cesión era a perpetuidad censura más la decisión de Juárez. Incluso sus contemporáneos liberales dudaban de la conveniencia de esta acción: Justo Sierra lo llamó «servidumbre interminable» y Vasconcelos tildó a Juárez de alucinado o traidor. A la luz de esta acción, resulta complicado sostener que Juárez no quería el poder para sí y que solo defendía la causa liberal.
Una vez derrotados los conservadores, con las arcas nacionales prácticamente vacías, Juárez decide declarar una moratoria de pago a acreedores extranjeros. Las consecuencias finales de esta elección fueron la invasión francesa y cuatro años más de guerra civil. Es muy probable que Juárez no hubiera podido prever los alcances de su decisión; empero, confiar que una moratoria podría no incomodar a potencias europeas es pecar de inocencia; hacerlo en un momento de crisis social, política y económica, es un suicidio. Creo que, en esta situación particular, Juárez no tuvo la pericia para considerar alternativas: enviar a Doblado (entonces Secretario de Relaciones Exteriores) a Europa antes de declarar la suspensión de pagos, conceder privilegios para la instalación de ferrocarriles o minas, negociar la reestructuración de la deuda…
Otro de los episodios más relevantes de Juárez, desde el punto de vista histórico, es su decisión de matar a Maximiliano. Juárez enfrentaba la presión por conservarlo con vida desde dos frentes: en primer lugar, ambos eran masones; si bien pertenecían a ritos distintos, las diferencias entre ellos no los conminaban a eliminar la camaradería ni mucho menos a asesinarse. En segundo lugar, los gobernantes y prensa europeos solicitaban la salvaguarda del exemperador (incluso el escritor Víctor Hugo y Garibaldi se sumaron a este esfuerzo). Por otra parte, Juárez sabía que no habría prisión segura para Maximiliano y que enviarlo de regreso al viejo continente también era arriesgado, por no hablar de la cobardía que mostraría entre sus simpatizantes. Los tres días que aplazó Juárez el fusilamiento son señal de que no estaba seguro de qué hacer. Resolvió matarlo y, desde mi perspectiva, era lo correcto, no por considerar al austriaco un villano, sino porque era la señal que necesitaban Europa y el interior de México de la fortaleza que finalmente había conseguido el gobierno juarista. La acción dio resultado: las sublevaciones en contra del gobierno liberal no se presentaron más (el Plan de la Noria de Díaz no era contra el liberalismo, sino contra la reelección de Juárez).
La última acción juarista que analizaré será la permanencia del zapoteco en la silla presidencial durante catorce años. La Constitución de 1857 estipulaba cuatro años por periodo presidencial y permitía la reelección indefinida. Desde el punto de vista legal, Juárez no incurrió en ningún delito; desde el punto de vista democrático, decidir postularse para la presidencia en 1871 constituía un disparate. Esta decisión ponía en peligro la credibilidad de la frágil república y sumaba enemigos al gobierno oficial. Aun varios de los allegados a Juárez censuraban esta determinación tanto por estrategia política como por la propia salud del mandatario. En esta decisión es cuando se recalca el carácter personalista del gobierno de Juárez: ya no era necesario que él siguiera al frente del país y su continuidad representaba más una amenaza que una solución. Juárez decidió continuar y decidió mal.
Con respecto a las leyes que se le atribuyen a él, Juárez fue de un sano distanciamiento entre la Iglesia y el Estado (con la emisión de la Ley Juárez, la del Matrimonio Civil, la Orgánica de Registro Civil y de Libertad de Cultos) a un ataque directo a los intereses eclesiásticos (Ley de Nacionalización de los Bienes Eclesiásticos, Decreto de Secularización de Cementerios y el de Exclaustración de Monjas y Frailes). Con la emisión de estas últimas, Juárez exacerbó las pasiones en su contra y buscó terminar de tajo con casi 350 años de tradición. Creo que hubiera sido más afortunado realizar ajustes graduales con la Iglesia o incluso negociar con ella.
En conclusión, considero que la figura de Juárez no está sobrevalorada si se tienen en cuenta dos de sus decisiones: defender la legalidad del Estado y del liberalismo hasta las últimas consecuencias y cejar las aspiraciones de los conservadores y de los franceses por hacerse del control del país (a través de la muerte de Maximiliano). Por otra parte, esta exaltación del juarismo debe moderarse a la luz de la deficiencia del oaxaqueño en negociar, en permitir la alternancia democrática y en acelerar la desaparición del poder eclesiástico en apenas unos años. Debe ser particularmente importante tomar en cuenta su actitud entreguista hacia Estados Unidos antes de juzgarlo un héroe nacional. En el entendido de que nadie en México como Juárez ha personificado el espíritu republicano y de que todo hombre puede equivocarse, las calles, las avenidas, la estación del metro, la delegación y la ciudad han sido justamente nombradas en su honor.
 
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Comentarios a Bruno
Para juzgar de la manera más objetiva a un personaje, es necesario despojarse de los prejuicios positivos y negativos. Cada vez que Bruno menciona a Benito Juárez, Bruno no puede evitar precederlo del título de «don». Esto merma su análisis y evidencia un sesgo positivo hacia la figura del oaxaqueño, lo que compromete su objetividad de la misma manera que ocurre con el ensayo de Jorge.
¿En qué sentido deben valorarse las aportaciones de Juárez al pensamiento jurídico? Juárez no fue un ideólogo, ninguna de sus ideas fue innovadora; su fama se debe a que fue un implementador, un mero agente operativo que tomó ideas europeas y las quiso aplicar al pie de la letra en un contexto sensiblemente diferente al del viejo continente. Incluso la implementación de estas ideas prestadas no fue la mejor, ya que, como sostengo en mi aportación, Juárez no supo negociar. ¿Qué hay que reconocer, en este sentido, a Juárez, si no fue innovador y si las ideas que tomó las implementó deficientemente?
Bruno invita, al inicio del tercer párrafo, a ir más allá de la historia romántica de la infancia de Juárez; sin embargo, unas pocas líneas más adelante, señala que Juárez escapó a la predestinación de su época. Pide ser prácticos y él se mantiene poético. Además, como señalé en los comentarios al escrito de Jorge, si Juárez estudió en un seminario católico no fue por aceptar estoicamente un destino ni fue para traicionarlo después, sino porque era muy probablemente su única opción.
Bruno contrasta la figura de Juárez con la de los conservadores: a estos últimos los tilda de escasa imaginación al pensar que el México libre solo podía continuar por el camino «dogmático» de la Iglesia; a su vez, a Juárez le celebra que haya desamortizado los bienes eclesiásticos («el respeto al derecho ajeno es la paz»... salvo que el derecho ajeno sea el de la Iglesia). Un observador menos imbuido en el problema podría llamar a Juárez radical y a los conservadores, prudentes. Nuevamente, creo que Juárez debía aprender cierta prudencia conservadora y realizar cambios cortos pero decisivos en la separación de Iglesia y Estado. Otros países de América hicieron esa separación... cincuenta años después, pero sin siete años de guerra civil. Finalmente, juzgar que en «aquella época debía fortalecerse el gobierno republicano y no el gobierno central» es ya tomar francamente partido sobre el objeto de estudio y, además, juzgarlo desde la ventaja del futuro.
Bruno también se equivoca al referir que como México no estaba preparado para las elecciones, Juárez debía seguir reeligiéndose. Eso es querer decir que solo una persona tiene la capacidad para ser presidente y que todo el pueblo no es sino ignorante. Es también santificar la figura de Juárez y decir que las sociedades del siglo XIX estaban condenadas a ser presididas por un dictador; a Huerta y a Díaz se les acusa de eso, ¿por qué no a Juárez?
 
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Comentarios a Pablo
En resumen, el breve ensayo de Pablo es el siguiente: nadie merece ser llamado héroe (porque nadie lo es) y cuando una acción es heroica es porque se trata de una idea que no le pertenece a esa persona, sino al pueblo (al tiempo y a las circunstancias también). Y, claro, el resultado de eso solo puede ser que la figura de Juárez está sobrevalorada. Pero hay que tener cuidado con esta posición, ya que esto significa que cada persona que llega al poder, efectivamente representa, incluso sin quererlo, la voluntad del pueblo. En la visión de Tolstoi que comparte Pablo acerca de  la repercusión que tienen las decisiones de un personaje particular en la historia, no hay cabida para la voluntad, pues todo es fatal, inevitable. Esta perspectiva nulifica los actos de las personas en el poder. Es decir que este país hubiera sido hoy igual si en lugar de vencer Peña, hubiera ganado Josefina, López Obrador o Quadri. Todo es igual.
Ahora bien, el ejemplo del ruso es poético, pero eso equivaldría a decir que nada de lo que decida quien está en el poder es relevante; creo que al menos el tiempo y la forma están determinados por esas personas. Ambos elementos sí que pueden constituir diferencias relevantes. Para el caso que nos ocupa, Juárez era la consecuencia del pensamiento liberal en México, pero ¿acaso ese pensamiento liberal le dictó el cómo debía llevar a cabo su gobierno en las especificidades?; ¿la idea mexicana del liberalismo aconsejó a Juárez de que debía permanecer huyendo? Es cierto, quizá si Juárez hubiera sido capturado, la lucha por el liberalismo hubiera continuado; pero hace falta algo de valor para tomar en las manos esa responsabilidad. La idea del liberalismo mexicano no podía (como ninguna idea) ser perseguida; solo se persigue a los hombres que la comparten; y hace falta tener valor para ser ese hombre al que se persiga. En todo caso, hubo un acto de voluntad de Juárez al desear personificar esta idea.
Pablo sostiene, por otra parte, que Juárez es diferente al resto de los héroes nacionales. Yo no creo que esto sea así. Más bien se debe a que el resto de los personajes tiene algo que no convence del todo: Nezahualcóyotl fue más un artista que un político; Hidalgo y Morelos fueron curas (y hay que mantener la distancia con la Iglesia); Cárdenas fue priista. A Madero se le recuerda como héroe en el PAN, pero su carrera política duró muy poco para estar en el altar de los héroes nacionales. Lo que ocurre también es que no ha sido muy divulgado el Tratado McLane-Ocampo, lo que dejaría sin simpatizantes a Juárez; en el momento en que eso ocurra, Juárez se unirá al resto de los héroes nacionales que no convencen.
Una deficiencia en la aportación de Pablo es que llega a la conclusión de que Juárez está sobrevalorado sin haber mostrado las pruebas. Por una parte, dice que nadie puede ufanarse de sus acciones, ya que todo es resultado de una idea nebulosa que vive en el pueblo; por otra, enlista las obras en las que se le ha exaltado al oaxaqueño. No hay un vínculo entre ambas cosas y, sin embargo, Pablo colige que está sobrevalorado. Y claro, ¿quién no va a estar sobrevalorado si todo lo bueno que se hace en nombre del pueblo es solo del pueblo?
 
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Comentarios a Jorge
Este es, sin lugar a dudas, el ensayo más desafortunado de Jorge. Su calidad y conocimientos históricos le exigen algo de objetividad en él: a lo largo de su aportación se aprecian opiniones basadas en prejuicios más que en evidencia y se adivina un sesgo descarado a favor del conservadurismo. Si Jorge se asume conservador, debe comprender que el conservadurismo del siglo XIX es sustancialmente diferente al de hoy. Reconozco que, al menos, hay consistencia en lo que declara en este breve ensayo y en el inmediato anterior.
Jorge pone en duda los orígenes de Juárez y cómo se fue haciendo paso hacia el poder, pero no ofrece pruebas de ello. Creo que existe mérito en tener orígenes humiles y llegar a ser presidente; no entiendo cómo esa situación pueda resultar censurable. Al contrario, puede llegar a ser inspirador y considero que el gobierno acierta en promoverla. Por otra parte, con respecto a la traición que Jorge menciona de Juárez a la Iglesia, creo que no hay tal, ya que lo más seguro es que si estudió con religiosos se debió a que eran muy pocas las demás opciones (si es que las había). En este aspecto, es similar a Sor Juana: se valen de los únicos medios existentes para superarse, incluso en contra de sus propios principios. A simple vista parece reprobable, pero ¿cuántos de nosotros no hemos cometido el mismo pecado en nuestras actividades laborales: trabajando por ganar dinero y dándole la espalda a nuestros principios?
También censuro la siguiente afirmación de Jorge: «un líder sabio y bueno hubiera hecho el sacrificio de ofrendar su vida para evitar la catástrofe». En primer lugar, no existen tales líderes: se trata de una exageración poética de Jorge en un ensayo. En segundo lugar, ese sacrificio bien pudo haberse juzgado como cobardía. Finalmente, incluso si Juárez se hubiera entregado, quizá era inevitable un choque entre los liberales y los conservadores; tal vez la catástrofe no podía ser evitada.
En lo que sí estoy de acuerdo, hasta cierto punto, con Jorge es en cuestionar la pertinencia de Juárez por mantenerse en el poder. Creo que puede llegar a ser justificable la permanencia de un presidente en casos excepcionales (particularmente, de guerra). Una vez pasada la amenaza, es su deber convocar a elecciones. Sin embargo, como precisé en mi ensayo, la Constitución de 1857 permitía la reelección, por lo que Juárez no estaba al margen de la ley, sino que únicamente era imprudente. Así también, al igual que Jorge, creo que utilizar a Juárez como ejemplo de lo que debe ser un demócrata es un error; no lo es si lo que se pretende es ejemplificar a un republicano.
Por último, creo que Jorge es demasiado injusto con Juárez: primero, lo hace completamente responsable de «la guerra, muerte y destrucción» en el país, así como de la ruina en su infraestructura. Esto no puede provenir sino de una pluma con más pasión que con razón: los cañones conservadores no disparaban progreso ni flores, Jorge. Y en segundo lugar, tilda de cobarde a Juárez debido a que huye, pero cuando Maximiliano escapa de la ciudad de México, lo llama valeroso. Hay que medir objetivamente con la misma vara. Además, creo que el acto más cobarde sería haber renunciado; de algún modo, Juárez mostró algo de valor al no claudicar y mantener la lucha por la república.
 
 
 
 
 
 

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