Con motivo del mes cuando se conmemora la muerte, la Flecha de Uroboros meditó acerca de la inmortalidad de los seres humanos. Mi posición, aunque a favor de concebirnos inmortales, es pesimista. Las posiciones de Pablo y Jorge las pueden hallar aquí y acá.
La inmortalidad es quizá la
máxima ambición humana y una de las más antiguas. La ambrosía, la fuente de la
eterna juventud, la piedra filosofal, el fénix, el uroboros y hasta el Grial son parte de la imaginería que expresa esta
ambición. La muerte es el único mal para el que no hay remedio y también es el
único de cuya inevitabilidad estamos seguros[1].
Un mal que es inevitable, perpetuo y para el que no hay remedio constituye el
reto más grande que enfrenta un ser humano.
Ya que poco o nada se puede saber
ciertamente acerca de lo que ocurre después de pasar el umbral de la muerte,
prevengo al lector que el siguiente ensayo es un conjunto de conjeturas con
poco fundamento, pero cuya atractivo radica en su simplicidad. La primera de
estas conjeturas es que, de existir, la inmortalidad puede lograrse desde dos
vertientes: la espiritual y la física. Por inmortalidad espiritual me refiero a
la creencia de que el ser humano tiene un componente metafísico (alma o
espíritu), el cual es eterno o sempiterno. La inmortalidad física, a su vez, no
apela a algo metafísico para creer en la trascendencia de un ser humano.
El primer caso está resuelto: el
componente espiritual del ser humano es eterno. La inmortalidad está
garantizada al nacer. Esta forma de creer en la inmortalidad está auspiciada
por todas las religiones: musulmanes y cristianos creen en un alma inmortal;
los hindúes soslayan la realidad física y creen que somos seres espirituales
inmortales que experimentan fenómenos físicos (y no seres físicos que experimentan
fenómenos espirituales); los judíos, aunque no logran un consenso, deben creer
en algo posterior a la muerte, pues creen en un juicio divino.
Si es verdadero el mundo
espiritual, la inmortalidad del hombre está asegurada. Las cosas se complican
un poco si se niega el mundo espiritual. Desde el punto de vista biológico,
todavía no se descubre un organismo que, luego de nacer, no muera. Ahora, desde
el punto de vista físico es difícil hablar de eternidad; sin embargo, si la
definimos como lo que siempre ha sido y
siempre será, podemos advertir que solo el Universo es eterno.
¿Y qué relación guarda la
eternidad del Universo con la potencial inmortalidad física del hombre? Pues
que el hombre modifica el Universo.
Es decir, el hombre participa de la eternidad del Universo moldeándolo a través
de sus acciones. A diferencia de un planeta o una estrella, la participación
del hombre en el Universo no solo se debe a fuerzas y energías exógenas
determinadas desde el primer instante del tiempo. Más aún, a diferencia de los
animales, su comportamiento no está restringido a la saciedad de sus instintos.
El ser humano puede participar del devenir eterno del Universo a través de su
voluntad, una fuerza completamente endógena.
En otras palabras, el ser humano
es físicamente inmortal porque elige una parte del Universo en el que desea
estar. Voy a los ejemplos para ilustrar este punto: si la voluntad de Hitler
hubiera elegido no invadir media Europa, el Universo donde eso ocurrió no
habría existido; un Universo diferente habría tomado su lugar. Pero no solo es
Hitler, sino cualquier persona y cualquier acto de voluntad que de ella emane.
Elegir comer una torta o una pizza determina el Universo, lo hace el Universo
que es y lo diferencia de cualquier otro. No puede evitarse aquí la referencia
a El jardín
de los senderos que se bifurcan. Las bifurcaciones son posibles únicamente
por la voluntad, lo único que no está ya determinado desde la Época de Planck.
Pero no perdamos el piso: las más
grandes acciones humanas tienen repercusiones únicamente dentro de la Tierra,
la cual es, dentro de la escala del Universo, tan despreciable como una
partícula de polvo. Incluso nuestros mayores alcances (las ondas de radio
emitidas y que generan una esfera de transmisión de unos 200
años luz de diámetro) son nimios. Cualquier acto de voluntad humano que
haya modificado el Universo no es significativo en términos relativos, aunque
en términos absolutos lo defina (esto es, si una persona elige jugar o
estudiar, los efectos que esa decisión tendrá serán insignificantes comparado
con otros fenómenos a gran escala que toman lugar en el Universo, pero esa
elección diferencia al Universo donde la persona juega del Universo donde esa
misma persona estudia).
Una alternativa a las visiones
espirituales y físicas es el budismo (más un cuerpo de creencias filosóficas
que propiamente una religión). En Lo que
el Buddha enseñó de Rahula hay una explicación ilustrativa:
Un niño crece hasta llegar a ser un hombre de 60 años, por
ejemplo, y, ciertamente, éste no es el niño de 60 años ha, mas tampoco es otra
persona. De igual manera, el ser que muere aquí y renace allá, no es el mismo,
empero, tampoco es otro. Es una continuidad de la misma serie. La diferencia
entre la vida y la muerte estriba en que únicamente un momento de pensamiento,
el último momento de pensamiento en esta vida, condiciona el primer momento de
pensamiento de la llamada vida siguiente que, en realidad, es la continuación
de la misma serie.
Para el budista, luego, hay algún
tipo de inmortalidad en el hombre. No es una inmortalidad intrínseca a él, ya
que el budista niega el yo; más bien, el cuerpo físico del hombre participa de
una eternidad que lo trasciende. Nuevamente, está en la voluntad de ese ser
humano el fijar el rumbo del Universo, al continuar dentro del samsara o llegar al nirvana. Así, en el budismo, el hombre es inmortal debido al ciclo
de renacimientos del que es partícipe y no protagonista.
La experiencia de la inmortalidad
en el hombre está garantizada, ya sea que se crea en el mundo espiritual o se
confíe únicamente en el mundo físico. No es, por supuesto, la inmortalidad que
el hombre desea. El hombre desearía permanecer en el devenir del tiempo, evitar
la muerte, pero lo único que puede alcanzar es ora morir y luego vivir (visión
espiritual), ora morir y saber que sus actos le trascenderán, convirtiendo su
voluntad en algo inmortal. De cualquier manera, ambas visiones solo son parcos
consuelos a la ambición más humana.
[1]
Por supuesto que asumo que la muerte es un mal. Lo asumo porque no creo en un
premio o castigo ulteriores y porque, si se descansa después de morir, no habrá
forma de experimentar esa sensación de descanso, pues todos nuestros sentidos habrán
muerto con nosotros.
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Jorge comienza su aportación indicando que la inmortalidad
es un deseo que tiene el hombre desde tiempos muy remotos. Más importante aún,
señala que la inmortalidad tiene consecuencias indeseables; menciona a la
Sibila de Cumas y al Judío Errante, a quienes yo agregaría a Dorian Gray,
Drácula (todos los cuales no son inmortales en el sentido estricto de la
palabra). Quien también merece estar en esta lista –como verdadero
inmortal– es Walter Bedeker, personaje
del capítulo Cláusula de escape de la
serie La Dimensión Desconocida (http://www.albornos.com.ar/series/twilight/tw1.htm).
En todos los casos, la inmortalidad termina siendo algo indeseable. Que la
inmortalidad tenga un componente funesto se debe, en parte, a que estamos
acostumbrados (e incluso deseamos) a la muerte (sugiero leer Las intermitencias de la muerte de
Saramago).
Luego de esto, Jorge y yo tenemos una gran serie de
concordancias. La primera de ellas es que coincidimos en que no es probable
lograr la inmortalidad desde el punto de vista biológico. Una precisión que ni
él ni yo hicimos es la referente a la transmisión de genes. Hay quien podría
argumentar que los genes transmitidos a las siguientes generaciones puede
constituir una forma de inmortalidad. Sin embargo, esta manera de concebir la
inmortalidad está sujeta a la permanencia de la vida en el Universo. Es decir,
a menos de que sea posible concebir la vida fuera del Universo, el problema de
la inmortalidad de la vida biológica es un subproblema del problema de la
eternidad del Universo.
Abordando el tema desde el punto de vista
filosófico-religioso, Jorge hace una diferencia entre las religiones que creen
en la inmortalidad del alma y las que consideran que el alma puede ser
eliminada. En cualquier caso, sostengo, las posiciones religiosas en este
sentido solo pueden ser conjeturales. Más aún: ahora nos parece ridículo que
alguien creyera que el peso de su alma será comparado con el de una pluma (como
hacían los egipcios), pero (a algunos) parece factible el Juicio Final.
Jorge menciona que la inmortalidad puede también alcanzarse
desde el punto de vista histórico-social. Desde esta perspectiva, la
inmortalidad se alcanza cuando se hereda una idea, un modo de vivir o una
herramienta para el resto de las generaciones. Es el tipo de inmortalidad más
débil, ya que supone la eternidad del Universo, la eternidad de la vida y la
eternidad de la memoria de los seres humanos. No hay forma de llamarle a esto inmortalidad,
ya que dentro de algunos miles de años (que son una insignificancia dentro del
concepto de eternidad), seguramente Atila y Sócrates (y sus ideas y acciones)
serán olvidados. No hay ninguna garantía de inmortalidad de la memoria de un
ser humano.
En general, Jorge y yo
coincidimos en varios puntos, pero disentimos particularmente en la posibilidad
de conseguir la inmortalidad desde el punto de vista histórico-social. También
considero que ninguno de los argumentos de Jorge invalida alguna de mis
premisas o conclusiones. Antes bien, los robustecen y le dan un sentido más
amplio.
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Este es, sin lugar a dudas, el tema en el que las premisas
de Pablo, Jorge y las mías coinciden en más puntos. Y, sin embargo (y como es
costumbre), hemos llegado a conclusiones diferentes. En términos generales, los
tres hemos hablado de las diferentes formas de concebir la inmortalidad,
tomando en cuenta consideraciones desde el punto de vista biológico,
filosófico-religioso, físico e histórico-social.
Me gustaría hacer dos precisiones al segundo párrafo de
Pablo. La primera de ellas es referente a la sentencia «no puede existir
inmortalidad si el tiempo no es eterno». Yo sostengo que esto es, cuando menos,
cuestionable: si algo puede existir fuera del tiempo (dios, por ejemplo) es
eterno a los ojos de quienes no pueden escapar de la concepción del tiempo.
Así, puede concebirse la inmortalidad como la permanencia del ser fuera del
tiempo (y no «en todo el tiempo», en donde sí sería necesario que el tiempo
fuera eterno).
La segunda precisión a este respecto consiste en un abuso de
términos por parte de Pablo. Él considera que si el tiempo no es eterno, la
vida (que es un evento) no puede serlo. Aquí Pablo, abusando de su equiparación
de vida y permanencia, equipara vida con existencia. Puede ser que la
existencia trascienda la vida (es una posibilidad a la que se acogen las
religiones). En otras palabras, Pablo está aquí asumiendo que no hay otro
componente en el ser humano que el biológico (el que entendemos por vida y no
por existencia o esencia).
Dos anotaciones más son necesarias. La primera tiene que ver
con el análisis que hace Pablo respecto de la vida eterna cristiana. Concedamos
que la eternidad de dios no es la eternidad en el tiempo. ¿Pero, entonces, qué
podemos decir sobre la eternidad de dios? La eternidad divina actúa con
independencia de la eternidad temporal. Mejor dicho, la trasciende. En algún
sentido, la eternidad divina es superior a la eternidad del tiempo. Desde la
perspectiva cristiana, las acciones en vida de los seres humanos determinarán
el «sitio» en el que existirá su alma en esa eternidad divina. Por lo tanto, sí
hay una posibilidad de inmortalidad en el hombre: participar de esa eternidad
divina independiente del tiempo. En otras palabras, las acciones y decisiones del
hombre tendrán consecuencias que trascienden el tiempo y encuentran su
castigo/recompensa en la eternidad divina, lo que lo hace inmortal. Algo del
hombre participará, según los cristianos, en el reino de dios: «y su reino no
tendrá fin».
La segunda anotación es la referente a la inmortalidad desde
el punto de vista físico. Pablo afirma que dada la segunda ley de la
termodinámica y las últimas investigaciones científicas, el Universo no
permanecerá («Nada puede permanecer para siempre»). En primer lugar, es poco lo
que podemos afirmar acerca de la aplicabilidad de las leyes en las condiciones
físicas de la singularidad. Todavía se trata de conjeturas (no falsadas hasta
ahora, pero falsables). No podemos afirmar categóricamente que el Universo
desaparecerá (que eso también violaría la primera ley de la termodinámica). Aun
si el tiempo deja de tener significado, o si se llega a una singularidad, es
posible que el Universo (o algo de él) permanezca. Es una posibilidad. En todo
caso, a mi ensayo tendría que agregar también esa advertencia: es posible, también, que el Universo desaparezca
y, en ese caso, como dice Pablo, toda posibilidad de inmortalidad se desvanezca.

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