lunes, 25 de noviembre de 2013

[FU 5] ¿Somos inmortales en algún sentido?

Con motivo del mes cuando se conmemora la muerte, la Flecha de Uroboros meditó acerca de la inmortalidad de los seres humanos. Mi posición, aunque a favor de concebirnos inmortales, es pesimista. Las posiciones de Pablo y Jorge las pueden hallar aquí y acá.

La inmortalidad es quizá la máxima ambición humana y una de las más antiguas. La ambrosía, la fuente de la eterna juventud, la piedra filosofal, el fénix, el uroboros y hasta el Grial  son parte de la imaginería que expresa esta ambición. La muerte es el único mal para el que no hay remedio y también es el único de cuya inevitabilidad estamos seguros[1]. Un mal que es inevitable, perpetuo y para el que no hay remedio constituye el reto más grande que enfrenta un ser humano.

Ya que poco o nada se puede saber ciertamente acerca de lo que ocurre después de pasar el umbral de la muerte, prevengo al lector que el siguiente ensayo es un conjunto de conjeturas con poco fundamento, pero cuya atractivo radica en su simplicidad. La primera de estas conjeturas es que, de existir, la inmortalidad puede lograrse desde dos vertientes: la espiritual y la física. Por inmortalidad espiritual me refiero a la creencia de que el ser humano tiene un componente metafísico (alma o espíritu), el cual es eterno o sempiterno. La inmortalidad física, a su vez, no apela a algo metafísico para creer en la trascendencia de un ser humano.

El primer caso está resuelto: el componente espiritual del ser humano es eterno. La inmortalidad está garantizada al nacer. Esta forma de creer en la inmortalidad está auspiciada por todas las religiones: musulmanes y cristianos creen en un alma inmortal; los hindúes soslayan la realidad física y creen que somos seres espirituales inmortales que experimentan fenómenos físicos (y no seres físicos que experimentan fenómenos espirituales); los judíos, aunque no logran un consenso, deben creer en algo posterior a la muerte, pues creen en un juicio divino.

Si es verdadero el mundo espiritual, la inmortalidad del hombre está asegurada. Las cosas se complican un poco si se niega el mundo espiritual. Desde el punto de vista biológico, todavía no se descubre un organismo que, luego de nacer, no muera. Ahora, desde el punto de vista físico es difícil hablar de eternidad; sin embargo, si la definimos como lo que siempre ha sido y siempre será, podemos advertir que solo el Universo es eterno.

¿Y qué relación guarda la eternidad del Universo con la potencial inmortalidad física del hombre? Pues que el hombre modifica el Universo. Es decir, el hombre participa de la eternidad del Universo moldeándolo a través de sus acciones. A diferencia de un planeta o una estrella, la participación del hombre en el Universo no solo se debe a fuerzas y energías exógenas determinadas desde el primer instante del tiempo. Más aún, a diferencia de los animales, su comportamiento no está restringido a la saciedad de sus instintos. El ser humano puede participar del devenir eterno del Universo a través de su voluntad, una fuerza completamente endógena.

En otras palabras, el ser humano es físicamente inmortal porque elige una parte del Universo en el que desea estar. Voy a los ejemplos para ilustrar este punto: si la voluntad de Hitler hubiera elegido no invadir media Europa, el Universo donde eso ocurrió no habría existido; un Universo diferente habría tomado su lugar. Pero no solo es Hitler, sino cualquier persona y cualquier acto de voluntad que de ella emane. Elegir comer una torta o una pizza determina el Universo, lo hace el Universo que es y lo diferencia de cualquier otro. No puede evitarse aquí la referencia a El  jardín de los senderos que se bifurcan. Las bifurcaciones son posibles únicamente por la voluntad, lo único que no está ya determinado desde la Época de Planck.

Pero no perdamos el piso: las más grandes acciones humanas tienen repercusiones únicamente dentro de la Tierra, la cual es, dentro de la escala del Universo, tan despreciable como una partícula de polvo. Incluso nuestros mayores alcances (las ondas de radio emitidas y que generan una esfera de transmisión de unos 200 años luz de diámetro) son nimios. Cualquier acto de voluntad humano que haya modificado el Universo no es significativo en términos relativos, aunque en términos absolutos lo defina (esto es, si una persona elige jugar o estudiar, los efectos que esa decisión tendrá serán insignificantes comparado con otros fenómenos a gran escala que toman lugar en el Universo, pero esa elección diferencia al Universo donde la persona juega del Universo donde esa misma persona estudia).

Una alternativa a las visiones espirituales y físicas es el budismo (más un cuerpo de creencias filosóficas que propiamente una religión). En Lo que el Buddha enseñó de Rahula hay una explicación ilustrativa:

Un niño crece hasta llegar a ser un hombre de 60 años, por ejemplo, y, ciertamente, éste no es el niño de 60 años ha, mas tampoco es otra persona. De igual manera, el ser que muere aquí y renace allá, no es el mismo, empero, tampoco es otro. Es una continuidad de la misma serie. La diferencia entre la vida y la muerte estriba en que únicamente un momento de pensamiento, el último momento de pensamiento en esta vida, condiciona el primer momento de pensamiento de la llamada vida siguiente que, en realidad, es la continuación de la misma serie.

Para el budista, luego, hay algún tipo de inmortalidad en el hombre. No es una inmortalidad intrínseca a él, ya que el budista niega el yo; más bien, el cuerpo físico del hombre participa de una eternidad que lo trasciende. Nuevamente, está en la voluntad de ese ser humano el fijar el rumbo del Universo, al continuar dentro del samsara o llegar al nirvana. Así, en el budismo, el hombre es inmortal debido al ciclo de renacimientos del que es partícipe y no protagonista.

La experiencia de la inmortalidad en el hombre está garantizada, ya sea que se crea en el mundo espiritual o se confíe únicamente en el mundo físico. No es, por supuesto, la inmortalidad que el hombre desea. El hombre desearía permanecer en el devenir del tiempo, evitar la muerte, pero lo único que puede alcanzar es ora morir y luego vivir (visión espiritual), ora morir y saber que sus actos le trascenderán, convirtiendo su voluntad en algo inmortal. De cualquier manera, ambas visiones solo son parcos consuelos a la ambición más humana.



[1] Por supuesto que asumo que la muerte es un mal. Lo asumo porque no creo en un premio o castigo ulteriores y porque, si se descansa después de morir, no habrá forma de experimentar esa sensación de descanso, pues todos nuestros sentidos habrán muerto con nosotros.
 
 
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Comentarios a Jorge
Jorge comienza su aportación indicando que la inmortalidad es un deseo que tiene el hombre desde tiempos muy remotos. Más importante aún, señala que la inmortalidad tiene consecuencias indeseables; menciona a la Sibila de Cumas y al Judío Errante, a quienes yo agregaría a Dorian Gray, Drácula (todos los cuales no son inmortales en el sentido estricto de la palabra). Quien también merece estar en esta lista –como verdadero inmortal–  es Walter Bedeker, personaje del capítulo Cláusula de escape de la serie La Dimensión Desconocida (http://www.albornos.com.ar/series/twilight/tw1.htm). En todos los casos, la inmortalidad termina siendo algo indeseable. Que la inmortalidad tenga un componente funesto se debe, en parte, a que estamos acostumbrados (e incluso deseamos) a la muerte (sugiero leer Las intermitencias de la muerte de Saramago).
Luego de esto, Jorge y yo tenemos una gran serie de concordancias. La primera de ellas es que coincidimos en que no es probable lograr la inmortalidad desde el punto de vista biológico. Una precisión que ni él ni yo hicimos es la referente a la transmisión de genes. Hay quien podría argumentar que los genes transmitidos a las siguientes generaciones puede constituir una forma de inmortalidad. Sin embargo, esta manera de concebir la inmortalidad está sujeta a la permanencia de la vida en el Universo. Es decir, a menos de que sea posible concebir la vida fuera del Universo, el problema de la inmortalidad de la vida biológica es un subproblema del problema de la eternidad del Universo.
Abordando el tema desde el punto de vista filosófico-religioso, Jorge hace una diferencia entre las religiones que creen en la inmortalidad del alma y las que consideran que el alma puede ser eliminada. En cualquier caso, sostengo, las posiciones religiosas en este sentido solo pueden ser conjeturales. Más aún: ahora nos parece ridículo que alguien creyera que el peso de su alma será comparado con el de una pluma (como hacían los egipcios), pero (a algunos) parece factible el Juicio Final.
Jorge menciona que la inmortalidad puede también alcanzarse desde el punto de vista histórico-social. Desde esta perspectiva, la inmortalidad se alcanza cuando se hereda una idea, un modo de vivir o una herramienta para el resto de las generaciones. Es el tipo de inmortalidad más débil, ya que supone la eternidad del Universo, la eternidad de la vida y la eternidad de la memoria de los seres humanos. No hay forma de llamarle a esto inmortalidad, ya que dentro de algunos miles de años (que son una insignificancia dentro del concepto de eternidad), seguramente Atila y Sócrates (y sus ideas y acciones) serán olvidados. No hay ninguna garantía de inmortalidad de la memoria de un ser humano.
En general, Jorge y yo coincidimos en varios puntos, pero disentimos particularmente en la posibilidad de conseguir la inmortalidad desde el punto de vista histórico-social. También considero que ninguno de los argumentos de Jorge invalida alguna de mis premisas o conclusiones. Antes bien, los robustecen y le dan un sentido más amplio.
 
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Comentarios a Pablo
 
Este es, sin lugar a dudas, el tema en el que las premisas de Pablo, Jorge y las mías coinciden en más puntos. Y, sin embargo (y como es costumbre), hemos llegado a conclusiones diferentes. En términos generales, los tres hemos hablado de las diferentes formas de concebir la inmortalidad, tomando en cuenta consideraciones desde el punto de vista biológico, filosófico-religioso, físico e histórico-social.
Me gustaría hacer dos precisiones al segundo párrafo de Pablo. La primera de ellas es referente a la sentencia «no puede existir inmortalidad si el tiempo no es eterno». Yo sostengo que esto es, cuando menos, cuestionable: si algo puede existir fuera del tiempo (dios, por ejemplo) es eterno a los ojos de quienes no pueden escapar de la concepción del tiempo. Así, puede concebirse la inmortalidad como la permanencia del ser fuera del tiempo (y no «en todo el tiempo», en donde sí sería necesario que el tiempo fuera eterno).
La segunda precisión a este respecto consiste en un abuso de términos por parte de Pablo. Él considera que si el tiempo no es eterno, la vida (que es un evento) no puede serlo. Aquí Pablo, abusando de su equiparación de vida y permanencia, equipara vida con existencia. Puede ser que la existencia trascienda la vida (es una posibilidad a la que se acogen las religiones). En otras palabras, Pablo está aquí asumiendo que no hay otro componente en el ser humano que el biológico (el que entendemos por vida y no por existencia o esencia).
Dos anotaciones más son necesarias. La primera tiene que ver con el análisis que hace Pablo respecto de la vida eterna cristiana. Concedamos que la eternidad de dios no es la eternidad en el tiempo. ¿Pero, entonces, qué podemos decir sobre la eternidad de dios? La eternidad divina actúa con independencia de la eternidad temporal. Mejor dicho, la trasciende. En algún sentido, la eternidad divina es superior a la eternidad del tiempo. Desde la perspectiva cristiana, las acciones en vida de los seres humanos determinarán el «sitio» en el que existirá su alma en esa eternidad divina. Por lo tanto, sí hay una posibilidad de inmortalidad en el hombre: participar de esa eternidad divina independiente del tiempo. En otras palabras, las acciones y decisiones del hombre tendrán consecuencias que trascienden el tiempo y encuentran su castigo/recompensa en la eternidad divina, lo que lo hace inmortal. Algo del hombre participará, según los cristianos, en el reino de dios: «y su reino no tendrá fin».
La segunda anotación es la referente a la inmortalidad desde el punto de vista físico. Pablo afirma que dada la segunda ley de la termodinámica y las últimas investigaciones científicas, el Universo no permanecerá («Nada puede permanecer para siempre»). En primer lugar, es poco lo que podemos afirmar acerca de la aplicabilidad de las leyes en las condiciones físicas de la singularidad. Todavía se trata de conjeturas (no falsadas hasta ahora, pero falsables). No podemos afirmar categóricamente que el Universo desaparecerá (que eso también violaría la primera ley de la termodinámica). Aun si el tiempo deja de tener significado, o si se llega a una singularidad, es posible que el Universo (o algo de él) permanezca. Es una posibilidad. En todo caso, a mi ensayo tendría que agregar también esa advertencia: es  posible, también, que el Universo desaparezca y, en ese caso, como dice Pablo, toda posibilidad de inmortalidad se desvanezca.


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