sábado, 3 de octubre de 2015

[FU] ¿Debe tener límites el humor? Acercamiento filosófico-literario y de teoría de juegos


La Flecha de Uroboros analiza ahora si el humor debe tener algún límite y, si es el caso, cuál debe ser este. Como siempre, los invito a leer lo que al respecto han escrito Pablo, Jorge y Bruno.

En los primeros días del año que transcurre, un atentado en París se convirtió en la noticia más importante a nivel internacional. Dos personas atacaron la sede del semanario Charlie Hebdo; el atentado tuvo como consecuencia la muerte de once personas y un número igual de lesionados. Los inculpados eran dos jóvenes musulmanes que habían enfurecido luego de que advirtieran numerosas caricaturas de Mahoma en la revista. Los acontecimientos descritos fueron la base de la manifestación de muchas personas alrededor del mundo: miles se congregaron en defensa de la libertad de expresión. Esto era previsible. Lo que sorprendió a no pocos (yo, entre ellos) es que apareciera un movimiento contrario, el cual incluía a personas de pensamiento liberal. Este nuevo grupo (abanderados con la consigna “Je ne suis pas Charlie“) pugnaba por el respeto con que deben ser tratadas las creencias de los demás, en particular, las religiosas.

En realidad, el problema de fondo no es la determinación de los límites de la libertad de expresión, sino la delimitación de lo que consideramos humorístico. Lo sucedido en Francia no era el primer evento que evidenciaba públicamente que las fronteras del humor no han sido aún establecidas; ya las bromas respecto a lo sucedido en Nueva York el 11 de septiembre de 2001 lo habían puesto de manifiesto. Incluso la expresión en inglés “too soon" hace referencia a las bromas cuyo objeto de jocosidad aún se encuentra fresco.

Para responder a la pregunta que da título a esta entrada, creo útil hacer un análisis previo de lo que se entiende por humor y las condiciones que este presupone. Existen, en general, dos clases de humor: el espontáneo o involuntario y el voluntario. El primero de ellos ocurre cuando un evento no propiciado mueve a la risa, tales como una caída o la aparición de algún elemento fuera de contexto (como que entrara un perro a una reunión de alto nivel). El humor voluntario, por su parte, se caracteriza por la premeditación del emisor y, en general, porque es un acto de voluntad que tiene como propósito el causar gracia en otras personas o en uno mismo. Es claro que el medio a través del cual se difunde esta segunda clase de humor es irrelevante, por lo que un chiste contado, una broma elaborada y una tira cómica pertenecen, todos, al mismo.

El humor de tipo involuntario es, sin duda, el original. Poco puede decirse respecto al mismo; no obstante, incluso este humor no puede escapar del escrutinio de la pregunta a resolver: ¿es lícito reírse de la caída de una anciana o de una persona que cayó y se lesionó gravemente? La naturaleza de esta risa debe ser suficiente para resolver esta cuestión: al tratarse de un acto involuntario, la risa provocada es lícita. Esto es, debido a que esta risa es espontánea, el filtro de la razón no tiene tiempo para construirse: la risa instintiva vence. Cometería una imprudencia quien juzgara a quien ríe de este modo. Pero claro, la obligación de auxiliar al caído viene después y esa sí que es materia de juicio.

El segundo tipo de humor es más complejo porque, precisamente, se trata de un acto de la razón. Dos partes toman lugar en él: quien elabora el chiste y quien lo recibe (en ambos casos, puede tratarse de más de una persona). Cuando una broma toma lugar, entre el emisor y el receptor se establece un contrato ficcional. Este contrato ficcional puede ser descrito como un acuerdo tácito entre dos partes, mediante el cual ambas entienden que lo ocurrido durante su vigencia pertenece a la fantasía y no a la realidad. Este contrato ficcional es el mismo que existe entre un autor y su lector, entre un director de cine y su espectador y entre el monero y el lector de periódicos. En los ejemplos anteriores es fácil advertir el comienzo del contrato, pues se corresponde con un elemento físico (abrir un libro, encender una pantalla o acudir a una sala de cine). No es tan sencillo en el caso de las bromas, pues el contrato ficcional puede abrirse y cerrarse sin ninguna otra señal que lo acompañe. A veces, el contrato es precedido por alguna fórmula, lo que permite su fácil identificación: “llega Pepito y…”, “estaban un chino, un gringo y un mexicano…”, “eran dos gallegos…”; en general, sin embargo, esas fórmulas son omitidas y los chistes pueden ser intercalados entre las conversaciones más graves.

La importancia de analizar el humor bajo esta perspectiva radica en que permite reexpresar la cuestión de la siguiente manera: ¿cuándo es firmado el contrato ficcional? Existen tres posibles situaciones:
  1. El contrato es firmado por ambas partes: emisor y receptor concuerdan en que lo que se ha dicho es parte de la ficción y lo entienden como tal. No hay discusión entre las partes. La broma es efectiva y solo dependerá de su propia gracia.
  2. El contrato no es firmado por el emisor: ocurre cuando la voluntad del emisor por criticar o denunciar es el verdadero móvil de la broma. En otras palabras, el chiste es un pretexto para burlarse de una persona o un grupo. Una broma sobre judíos en boca de nazis difícilmente puede creerse que se trata solo de un chiste. El contrato ficcional, por tanto, no tiene lugar y, en consecuencia, no se trata de humor, sino de un acto ofensivo envuelto en una cubierta de broma.
  3. El contrato no es aceptado por el receptor: el receptor puede sospechar –fundada o infundadamente– de que la intención del emisor es ofender y no hacer reír; en tal caso, el receptor no firma el contrato ficcional y lo que sea dicho puede resultar ofensivo. Es importante, en este caso, conocer las razones por las que el receptor descree del contrato propuesto por el emisor. Es razonable dudar de las intenciones de este si cuenta con un historial discriminatorio o de odio abierto a la persona o grupo sobre quien fue hecha la broma. En otro caso, si el receptor desconoce el bagaje del emisor, es el primero el que comete un prejuicio. En cierto sentido, el humor deja de existir cuando se convierte en una amenaza creíble.

Atendiendo a la clasificación anterior, los límites del humor quedan establecidos: existe el humor siempre que el contrato ficcional sea firmado por ambas partes, o bien, cuando la razón por la que el receptor no firma dicho contrato consiste en un prejuicio; no hay humor cuando el emisor no se adscribe a dicho contrato o cuando el receptor, basado en el historial y circunstancias del emisor, no se adhiere al contrato.

A estas consideraciones, debo agregar la importancia de una virtud cardinal (y de origen platónico): la prudencia. Dado que, como se ha dicho, las bromas voluntarias exigen el previo ejercicio de la razón, durante el proceso de elaboración de las mismas se incorpora –generalmente hacia el final– la prudencia. Si se conoce al receptor es preferible prever su reacción ante lo que se dirá que enfrentar las consecuencias de un comentario desafortunado. Si lo que se arriesga es mucho y lo que se puede ganar es poco, solo un insensato no mediría sus palabras. Esta cuestión enfrenta una dificultad adicional cuando, a través de la tecnología, el emisor desconoce a los receptores que alcanzará. Así, un chiste publicado en Internet tiene una alta probabilidad de hallar a una persona o un grupo a quien le desagrade. La prudencia, por tanto, juega un papel doblemente importante en las bromas a través de las redes. Una vez realizada la broma, la responsabilidad asumida de las consecuencias de la misma es ineludible.

Desde la perspectiva propuesta, ¿cómo actuaron los caricaturistas de Charlie Hebdo? En efecto, la libertad de expresión para referir lo que a ellos les viniera en gana es indudable; no obstante, fue una imprudencia de su parte no prever –o prever y no actuar en consecuencia– que un grupo particularmente violento no estaría dispuesto a firmar el contrato ficcional que ellos propusieron. Desde la visión de los asesinos, el contrato propuesto era doblemente rechazable: por una parte, cualquier burla hacia Alá y Mahoma es imperdonable; por otra, es posible que estas personas hayan tenido razones para dudar que las caricaturas estaban basadas en un contrato ficcional.

Hasta aquí el análisis filosófico-literario. Procedo a analizar el problema desde una perspectiva distinta. Utilizando la Teoría de Juegos, lo anterior puede resumirse en el siguiente juego: primeramente, juega la naturaleza (N), la cual determina si el grupo de receptores –en este caso, una fracción de los musulmanes (M)– es violeto (V) o no (NV); posteriormente, Charlie Hebdo (CH) decidirá publicar (P) o no (NP) caricaturas que podrían ser consideradas ofensivas por este grupo; finalmente, los receptores eligen si atacarán (A) o no (NA) en venganza al semanario. Si expresamos los pagos como P = (UC,UM) , en donde UC es la utilidad obtenida por Charlie Hebdo y UM es la propia de los musulmanes, el árbol quedaría definido de la siguiente forma:


Utilizaré pagos arbitrarios; sin embargo, estos pueden ser generalizados. Nótese que en el primer pago, la utilidad de CH es -200 porque, a pesar de que tendrá ingresos por su publicación, el ataque contrarrestará (con -300) dichos beneficios, en tanto que el pago de M es 100, pues suponemos que la venganza le dará una utilidad de 200, y -100 la publicación de las caricaturas. Bajo esta misma lógica operan el segundo y el último pagos. También se advierte que en caso de no realizar la publicación, ninguna de las dos partes obtiene pago alguno. Por lo que respecta al pago en que la naturaleza elige que los receptores son no violentos, CH decide publicar y M elige atacar, se observa que el pago de M proviene de una suma de dos negativos: la publicación de las caricaturas (-100) y la venganza (-100), ya que se trata de un grupo no violento[1].

La solución a este juego –en estrategias puras– se obtiene razonando del siguiente modo: en el primer nodo, a M le conviene atacar (utilidad de 100), en tanto que en el segundo preferirá no hacerlo (utilidad de -100). En el caso de que N juegue V, a CH le convendrá no publicar las caricaturas (utilidad de 0), mientras que en caso de que N juegue NV, CH preferirá hacerlo (utilidad de 100). No existe, pues, un equilibrio en estrategias puras, por lo que hay que recurrir a las estrategias mixtas. Es evidente que la variable que determinará este equilibrio de Nash consiste en la probabilidad con que N elija V, es decir, qué tan probable es que M sea un grupo violento. Recientes acontecimientos han mostrado que esta probabilidad puede ser elevada. La utilidad esperada de CH está dada por la siguiente expresión:
Ũ=p(-200)+(1-p)(100)=-300p+100

donde p es la probabilidad de que N juegue V. En este ejemplo [2], para que a CH le convenga publicar las caricaturas (Ũ > 0), se debe cumplir que p > 1/3. Los acontecimientos que tuvieron lugar en París, pueden ser vistos, por tanto, como una subestimación de la violencia de los grupos de receptores por parte de Charlie Hebdo.

Subestimación del riesgo e imprudencia son, por tanto, las razones de la masacre. Aprendamos de esta experiencia y ejerzamos nuestra libertad de expresión.



[1] Si se desea, piénsese en un grupo tradicionalmente pacífico (como los tibetanos) y cómo la venganza ante una afrenta resultaría en una merma de su utilidad.
[2] Debo insistir en que se trata de un ejemplo, pero que su generalización daría resultados similares.

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