martes, 28 de julio de 2015

¿Qué es la Literatura?



La Flecha de Uroboros se ha reunido nuevamente para discutir. Esta vez abordamos la cuestión de qué es lo que debe considerarse Literatura. Los invito a leer las opiniones al respecto de Pablo, Jorge y Bruno.

Ninguna duda cabe respecto a la consideración de El Ingenioso Hidalgo o Macbeth como obras literarias. Hay quienes todavía estarían dispuestos a afirmar que todo cuanto escribieron sus autores debe ser considerado literatura. Por otro lado, nadie cree que una revista de espectáculos pueda recibir esta categoría y son pocos los que valientemente sostendrían que un comentario en una red social puede aspirar a constituirse un texto literario. Entre estos extremos se ubican las traducciones, los anagramas, los audiolibros, los guiones de cine. ¿Qué es y qué no puede ser la Literatura? ¿Cuáles son los criterios que definen la frontera?

Para responder a estas cuestiones es útil apoyarse en consideraciones históricas. ¿Cuándo surge la Literatura?, ¿cuál es el primer texto considerado literario? Posiblemente la historia de la Literatura comience con el Poema de Gilgamesh y prosiga su camino por Egipto, la India, China y Palestina. Cuando llega a Grecia, la Literatura comienza a despojarse de la cubierta teísta que la reviste: ya hay textos cuya finalidad no necesariamente se relaciona con los dioses. Este pueblo adelanta tanto que ya Aristóteles medita –en la Poética– sobre los criterios que deben satisfacer las obras para considerarse trágicas. Es decir, ya entonces se cuenta con un cuerpo de textos lo suficientemente diferenciados como para sugerir clasificaciones entre ellos.

Los criterios aristotélicos parecen exageradamente limitativos para los lectores actuales. Incluso las tragedias medievales y renacentistas ya superan lo sugerido por el estagirita. Y sin embargo, existen textos griegos, medievales, renacentistas y actuales que pueden denominarse literarios. Más que una relajación de los criterios para considerar un texto como literario, hay una evolución de los mismos. Pero los conceptos no son, en sentido estricto, entes con vida y desarrollo propios: en realidad, quienes modifican esos criterios son un grupo de personas. Este grupo lo han conformado tradicionalmente individuos que poseen dos características: han leído un número relativamente alto de textos –comparado con, digamos, la media de la época y el lugar– y poseen la capacidad de influir en un grupo numeroso de personas –ya sea a través de la fama, la política o el Arte–. Para la conformación de este grupo de élite –pido al lector reprimir cualquier connotación negativa asociada con este vocablo–, otras variables pueden ser determinantes. Por ejemplo, era preciso ser un hombre libre en Grecia, no contravenir los intereses de la Iglesia durante el medioevo, promover la decencia durante la época victoriana y evitar la apología explícita o implícita de la discriminación, la violencia o la represión en la actualidad.

Definir a la Literatura como un consenso entre esta élite permite explicar por qué la obra de ciertos autores pasa desapercibida durante varios años e incluso durante toda la vida del escritor. No es sino hasta que algún miembro de la élite encuentra cierto valor en ella cuando se comienza a tomar en cuenta y se coloca como texto literario. Queda por conocer cuáles son los criterios que utilizan los miembros de la élite para tildar de literario a un texto. Como he dicho, estos criterios varían conforme transcurre el tiempo; sin embargo, una constante es el principio ad hominem[1]: el nombre del autor influye de manera particular en lo que la élite puede considerar Literatura. Otra de las variables que sin lugar a dudas tiene influencia en la decisión de calificar a un texto de literario o no está relacionado con la época en la que fue escrito. Así, conforme más alejado en el tiempo haya sido escrito el texto, más probabilidades tiene de ser considerado literario[2]. Un último elemento central que opera como filtro es la consideración estética que opera en el lector. La consideración de que un texto sea literario no depende de que el autor haya tenido una intención deliberada por generar un efecto estético, sino de que el lector lo perciba como tal –aciertan en este sentido los adscritos a la teoría de la recepción–.

Los ejemplos siempre son ilustradores y, en este caso, resultan del todo necesarios. Los textos anteriores al Renacimiento son altamente proclives a ser considerados Literatura: las leyendas y mitos (griegos y latinos), los textos sagrados (judíos, cristianos y musulmanes), los de transición hacia una lengua (Poema del Mío Cid, Cantar de Roldán, Cantar de los Nibelungos) y los del descubrimiento de otros mundos (Los viajes de Marco Polo, las Cartas de relación, La verdadera historia de la conquista de la Nueva España). Aunque antiguos, otros textos no son considerados literarios debido a que los lectores –al menos los lectores modernos– no hallan en ellos elementos estéticos. En este caso se encuentran el Código de Hammurabi, la Piedra de Palermo y el Código de Urukagina, los cuales, a pesar de su relevancia histórica, carecen de un propósito estético. La importancia del autor –la cual proviene, naturalmente, de la transmisión de su fama a través de las generaciones de élites– puede advertirse en la mayoría de los textos sacros, en las referencias aristotélicas de los textos medievales y en los análisis y ensayos sobre otros textos durante el siglo XX. El prejuicio a los nuevos textos creados por autores ya reconocidos es todavía hoy garantía de que será considerado literario. Por supuesto, la anonimidad de un texto no impide que pueda ser considerado literario (como es el caso de Las mil y una noches, El lazarillo de Tormes o Beowulf). Por su parte, El diario de Ana Frank y ciertos pasajes bíblicos sugieren que juzgar literario un texto a partir de la intención del autor no se sostiene.

Bajo esta concepción de Literatura resulta evidente la importancia que tiene la concesión de premios literarios, ya que se constituye como el reconocimiento social que faculta o refrenda a los galardonados como miembros autorizados para juzgar si un texto cuenta con los elementos necesarios para llamarse literario. He dicho que lo que denominamos Literatura es un consenso: tal vez lo era antes, pues ahora es poco frecuente que se alcance cierto grado de acuerdo. En la actualidad basta con que ciertos integrantes de esa élite –y no todo el grupo– juzguen como literario un texto. Desde esa perspectiva, la definición que he propuesto de Literatura alcanza para situar también lo que se entiende por “un clásico”: los textos que han obtenido el consenso generalizado de varias generaciones de élites, es decir, sobre los que hay poca o ninguna discusión.

Soy consciente de que la debilidad más grande de la propuesta de definición de Literatura que he hecho consiste en trasladar las dificultades hacia un terreno escabroso: la Estética. Las consideraciones a lo que puede o no llamarse Arte y que siguen muy de cerca a lo que aquí me he referido ya las he abordado en un texto anterior (disponible aquí). A esas consideraciones, debo agregar la concerniente a la dinámica intergeneracional de las élites: lo que una generación de élite sostuvo como Literatura, en prácticamente todos los casos se mantendrá como tal para las generaciones futuras. Hasta el momento, el revisionismo crítico de lo que anteriormente se ha considerado Literatura es una operación marginal.

Atendiendo a las consideraciones anteriores, quedan aún dos cuestiones por dilucidar. La primera de ellas consiste en establecer si el soporte es un elemento prescindible o consustancial de la Literatura. En otras palabras: ¿el contenido debe estar escrito en un texto para ser considerado literario o una obra de teatro y un audiolibro también pueden ser tenidos por tales? Desde antiguo, se ha denominado teatro a la representación de una obra y puede llamársele guion al texto en el que se basa. Al guion y no a la representación es al que la élite aplicará sus criterios para determinar si es o no literario. En el caso de los audiolibros –o cualquier forma de transmisión oral–, debido a que se trata de un fenómeno reciente, las élites aún no han determinado su parecer al respecto. En todo caso, su inclusión deberá resolver una pregunta de fondo: ¿es inherente la Literatura a la lectura? La escucha de un texto conserva la sustancia del mismo pero no su forma. Entonces, ¿es la Literatura forma, sustancia o ambas cosas? Me inclino a pensar que es la segunda.

La noción de Literatura, como cualquier otro concepto, es solo una construcción lingüística conveniente (la referencia a Wittgenstein es ineludible). Definir de esta otra manera a la Literatura no invalida el análisis previo, pues su intención consiste en determinar el origen, el mantenimiento y los límites de esa construcción. Después de todo, ¿quién se conforma con saber que dios, el león, la serpiente, arriba y abajo son solo abstracciones?




[1] No extrañará al lector que la existencia de una élite literaria también obedezca a este principio.
[2] El paralelismo que podría hallarse con la teoría económica de la oferta y la demanda ha sido poco aprovechado. 

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