miércoles, 13 de agosto de 2014

Minucias de la Biblia, consideraciones respecto al Corán, y algunas similitudes y diferencias entre ambos textos


Introducción

Al iniciar el 2013, resolví leer dos de los libros más peligrosos de los que se tenga registro en la historia de la humanidad. Son dos libros por los que demasiada gente ha asesinado y cometido los peores crímenes. Dos libros que recuerdan a Tlön y Uqbar: el Corán y la Biblia[1]. Al igual que aquellos, el Corán y la Biblia han sobrepasado el umbral original de la literatura fantástica hasta convertirse no solo en realidad, sino en la razón y destino de millones de personas a lo largo de cientos de años.

No me acerqué a estos libros con intenciones críticas de religión, sino para conocer, en el caso de la Biblia, los pormenores de ese laberinto, y, en el caso del Corán, para hacerme una idea de su contenido a partir de la fuente original. Para tener en cuenta el contexto en que fue escrito el Antiguo Testamento, atendí las lecciones del curso en línea Introduction to the Old Testament que ofrece la Universidad de Yale (http://oyc.yale.edu/religious-studies/rlst-145). La siguiente entrada contiene algunas notas breves respecto a la lectura de ambos libros.

Unas cuantas consideraciones previas son importantes. El Antiguo Testamento –y particularmente, el Pentateuco– fue elaborado por varias personas. El consenso actual respecto a su autoría indica que hay, al menos, cuatro fuentes de las que bebe: la yahvista (fuente J), la elohísta (fuente E), la deuteronómica (fuente D) y la sacerdotal (fuente P). Cada una de estas fuentes, a su vez, pudo haber sido escrita por más de una persona –las  similitudes con Tlön son, como se advierte, varias–. En el caso del Nuevo Testamento, aunque la autoría de sus libros es menos incierta, la selección de los evangelios resultó más bien arbitraria.

El Corán es, en efecto, más limitado. No solo es menor en extensión (es apenas una tercera parte de la Biblia), sino que también sus ideas son de menores méritos. Debe recordarse, sin embargo, que los propósitos de ambos libros son diferentes: mientras que la Biblia describa la historia de los primeros judíos –incluidas sus guerras y genealogías–, los rituales, su exilio y el nacimiento, vida, muerte y resurrección de Jesús, así como el intento de Pablo por hacer llegar esta historia al mundo conocido, el Corán utiliza el Antiguo Testamento como base y hace algunas anotaciones al Nuevo Testamento. El libro sagrado del islam es repetitivo e incluso tiene secciones conformadas por apologías a ciertos aspectos de la vida de Mahoma.

A continuación se muestran algunas notas acerca de la Biblia que tienen un objeto plenamente anecdótico. Muchas son curiosidades que no persiguen otro objeto que el de convertirse en temas de sobremesa.

 
Minucias de la Biblia[2]:

1.       Dios crea, indirectamente, el Mal.

«La serpiente, el más astuto de todos los animales del campo que Yahveh-Dios había hecho, dijo a la mujer…» (Gn 3,1). Dios creó a la serpiente y es la serpiente quien induce el pecado original. Es decir, Dios no tuvo control sobre su obra o dotó a la serpiente de libre albedrío. Hay quien dirá que Satanás se «personificó» en serpiente, pero la Biblia no deja constancia de eso. Incluso, el castigo que impone Yahveh sobre ella es un castigo físico, muy lejos de los castigos espirituales a los que se supone que es susceptible: «Por haber hecho esto, / maldita serás entre todas las bestias […] / sobre tu vientre te arrastrarás / y polvo comerás» (Gn 3, 14).

 

2.       Matusalén era el abuelo de Noé y vivió 969 años.

El capítulo 5 del Génesis incluye una genealogía desde Adán hasta los hijos de Noé. El versículo 25 dice: «Tenía Matusalén ciento ochenta y siete años cuando engendró a Lamec»; más adelante, el 28 y 29 mencionan: «Tenía Lamec ciento ochenta y dos años cuando engendró a un hijo, al que llamó Noé». La legendaria edad de Matusalén se ubica en el versículo 27: «Matusalén vivió en total novecientos sesenta y nueva años, y murió».

 

3.       A Yahveh le incomoda la solidaridad humana.

En el relato de la construcción de la Torre de Babel, se refleja a Yahveh como un Dios receloso de los hombres: «Bajó Yahveh a ver la ciudad y la tierra que estaban construyendo los hombres, y se dijo Yahveh: ‘He aquí que todos ellos forman un solo pueblo y hablan un solo lenguaje; si esto es solo el comienzo de su empresa, ya nada les impedirá alcanzar lo que se propongan’» (Gn 11, 5-6).

 

4.       Moisés es producto de un incesto.

El versículo 20 del capítulo 6 del Éxodo dice: «Amrán tomó por esposa a su tía Yoquébed, que le dio a luz a Aarón y a Moisés». Posteriormente, el incesto fue prohibido por la misma ley mosaica: «No descubrirás la desnudez del hermano de tu padre acercándote a su mujer; es tu tía» (Lv 18, 14). Más adelante, se enuncia el castigo: «El hombre que se acueste con su tía, descubre la desnudez de su tío; ambos cargarán con su iniquidad. Morirán sus hijos» (Lv 20, 20). Este es un claro ejemplo de cómo se superponen las diversas fuentes del Antiguo Testamento. El episodio es menos dramático que el incesto cometido por las hijas de Lot, quienes embriagaron a su padre para quedar embarazadas (Gn 19, 31-36).

 

5.       El Antiguo Testamento recomienda la ley del talión.

El primer registro que se tiene de esta ley se encuentra en el mismo Código de Hamurabi. En el Éxodo se muestra con estas palabras: «Si en el curso de una riña entre hombres uno de ellos golpea a una mujer encinta y acelera el parto, pero sin otras consecuencias, pagará la multa que el marido de esta mujer le imponga, según estimación de los jueces. Pero si se sigue algún daño, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, contusión por contusión» (Éx 21, 22-25).

 

6.       Se prohíbe la usura.

Muy al contrario de la imagen arquetípica del judío, la Torá expresa: «Si prestas dinero a uno de mi pueblo, al indigente que está contigo, no te comportarás con él como usurero: no le cobrarás intereses» (Éx 22, 24).

 

7.       Oro, plata y bronce.

La tradición trimetálica de los juegos olímpicos se remonta, al menos, a la fecha de elaboración del Éxodo: «Yahveh habló a Moisés: ‘Di a los israelitas que me traigan ofrendas; vosotros las recibiréis, para mí, de todo aquel que las ofrezca de buen corazón. Estas serán las ofrendas que aceptaréis de ellos: oro, plata y bronce’» (Éx 25, 1-3).

 

8.       El altar de Yahveh debió haber lucido espeluznante.

Las ofrendas dedicas a Yahveh eran muy sangrientas: «Tomarás sangre del novillo y untarás con el dedo los cuernos del altar. Derramarás toda la sangre restante al pie del altar. Luego tomarás todo el sebo que envuelve las entrañas, la membrana del hígado y los dos riñones, con el sebo que los recubre, y lo quemarás todo en el altar» (Éx 29, 12-13). «Inmolarás luego el carnero, recogerás su sangre y rociarás con ella el altar todo en derredor. Después descuartizarás el carnero, lavarás los intestinos y las patas, los colocarás sobre los demás pedazos y la cabeza, y quemarás todo el carnero en el altar» (Éx 29, 16-18). El aspecto y, ante todo, el olor de ese lugar poblarían las pesadillas de los hombres de ahora. En su defensa, hay que recordar que los vecinos de los israelitas sacrificaban a sus propios hijos en honor a Moloch, inmolándolos en hornos con forma de esta deidad.

 

9.       Hubo un hombre que ordenó a Yahveh. Y él obedeció.

Durante el combate entre los israelitas y los amorreos, Josué ordenó a Yahveh detener el Sol y la Luna. Después se lee: «Ni antes ni después hubo un día como aquél en que Yahveh obedeció la voz de un hombre» (Jos 10, 14).

 

10.   Yahveh aceptó un filicidio como sacrificio.

Jefté, guerrero israelita, hizo este voto a Yahveh: «Si realmente entregas a los amonitas en mis manos, el primero que salga de las puertas de mi casa a mi encuentro, al volver yo sano y salvo de los amonitas, será para Yahveh y se lo santificaré en holocausto» (Jue 11, 30). Quien salió primero de su casa fue su propia hija. El relato continúa: «Al cabo de dos meses, regresó adonde su padre, el cual dio con ella cumplimiento a su voto» (Jue 11, 39).

 

11.   A veces a Yahveh le bastaba hablar; otras, prefería jugar.

La comunicación con Dios siempre ha sido un problema. Incluso los mismos reyes de los israelitas tenían dificultades para hacerlo. Es el caso de Saúl, quien en lugar de invocarlo o rezar, prefirió utilizar un método indirecto. Dice el primer libro de Samuel: «Saúl preguntó a Yahveh: ‘Dios de Israel, ¿por qué no has respondido hoy a tu siervo? Si el pecado está en mí o en mi hijo Jonatán, Yahveh, Dios de Israel, da urim; si el pecado está en tu pueblo Israel, da tummim’» (1Sam 14, 41). Parece que urim y tummim eran dos objetos (dados, piedras o, más probablemente, palos) con los que se determinaba una respuesta positiva o negativa. ¿Es esta una manera de comunicarse con Yahveh? Haberlo sabido antes…

 

12.   Yahveh se arrepiente y causa confusión.

Son numerosas las contradicciones existentes en la Biblia, lo cual es natural en un libro tan extenso, escrito por tantos autores y a lo largo de cerca de mil años. Pero encontrar una contradicción en la misma página en un libro que no pertenece al Pentateuco es ya demasiado. Los versículos 10 y 11 del capítulo 15 del Primer Libro de Samuel dicen: «Entonces Yahveh le dirigió la palabra a Samuel y le dijo: ‘Me arrepiento de haber constituido rey a Saúl’». Apenas 19 versículos después, dice: «Y el que es el esplendor de Israel no miente ni se arrepiente, porque él no es un hombre para arrepentirse». Más adelante, en el libro de Joel, también se habla del arrepentimiento de Yahveh: «[…] y convertíos en Yahveh, vuestro Dios, / porque él es clemente y misericordioso, / tardo a la cólera, rico en piedad, / y se arrepiente del daño que causa» (Jl 2, 13). También ocurre en el libro de Amós: «Yahveh se arrepintió» (Am 7, 6).

 

13.   Goliat medía 2.92 metros.

Las medidas pueden ser inexactas, por supuesto, pero si hay que atenerse a ellas, lo que dice la Biblia es lo siguiente: «Salió entonces de las filas filisteas un hombre de las fuerzas de choque, llamado Goliat, de Gat, cuya estatura era de seis codos y un palmo» (1Sam 17, 4). De acuerdo con el apéndice incluido en esta edición, un codo equivale a 0.45 metros y un palmo a 0.222 metros. Es decir, que Goliat medía 2.92 metros. Robert Wadlow, el hombre más alto que ha sido acreditado, medía 2.72 metros. Goliat podría ver la coronilla de Wadlow e incluso le bastaría con levantar solo su mano (ni siquiera su brazo) para alcanzar el aro de la canasta de baloncesto.

 

14.   Ni tan sabio.

Salomón es considerado por la tradición como uno de los hombres más sabios; sin embargo, si Yahveh se le apareció, ¿cómo es que dudó de él? Esto dice la Biblia: «Yahveh se irritó contra Salomón porque este había apartado su corazón de Yahveh, Dios de Israel, que se le había aparecido en dos ocasiones y le había ordenado expresamente que no fuera tras dioses ajenos. Pero él no guardó la orden de Yahveh» (1Re 11, 9-10). ¿Qué tan estólido debe ser uno que, a pesar de que el mismo Dios se le presente, adore a otros? Una curiosidad más acerca de Salomón es que las mujeres que se le acercaron para que dirimiera acerca de quién era un hijo eran prostitutas.

 

15.   La multiplicación de los panes no fue milagro exclusivo de Jesús.

Eliseo, un personaje poco conocido del Antiguo Testamento, fue el primero en realizar el milagro de la multiplicación de los panes, tal como se detalla en la Segunda de Reyes: «Llegó después un hombre de Baal Salisá, que traía en su alforja al varón de Dios pan de primicias: veinte panes de cebada y de trigo nuevo. Y dijo Eliseo: “Dáselo a la gente para que coma”. Respondió el criado: “¿Qué voy a dar con esto a cien hombres?” Replicó él: “Dáselo a la gente para que coma, porque esto dice Yahveh: ‘Comerán y sobrará’”. Él lo puso delante de ellos, comieron y sobró, como había dicho Yahveh» (2Re 4, 42-44).

 

16.   En la Biblia hay mitología griega y persa.

En el libro de Tobías, en dos párrafos contiguos, se hace referencia a la mitología persa y griega. Por supuesto, en aquella época ninguna de las dos era considerada mitología, sino verdaderas religiones. Se lee en Tobías: «[…] Sara, la hija de Ragüel, que vivía en Ecbátana de Media, fue insultada por las criadas de su padre, porque habiendo sido dada en matrimonio a siete maridos, el maligno demonio Asmodeo les había dado muerte antes de que hubieran estado con ella como es costumbre con las esposas» (Tob 3, 7-8). Asmodeo es uno de los siete malos espíritus de la angelología persa. Respecto a la mitología griega: «Pero se dijo: ‘Soy hija única de mi padre. Si hago eso, será un oprobio para él, y haré bajar su ancianidad al hades en medio del dolor’» (Tob 3, 10).

 

17.   El mismo Yahveh habla de mitología griega.

El periodo helenístico es tan influyente que hasta el mismo Yahveh se ve contagiado: «Entonces Yahveh respondió a Job desde el seno de la tempestad y le dijo: […] ‘¿Puedes atar los lazos de las Pléyades / o soltar las ataduras de Orión?’» (Job 38, 1-31)

 

18.   ¿Dios de amor?

El Antiguo Testamento es proclive a describir a Yahveh no como dios de amor, sino lleno de ira: «El señor es juez justo, / y un Dios que se enoja cada día. / Mientras no se aplacare, / aguza su espada, / tensa el arco y lo ajusta, / prepara armas de muerte, / pone fuego en sus flechas» (Sal 7, 12-14).

 

19.   La parusía ya ocurrió (o debió haber ocurrido ya).

La segunda –y definitiva– venida de Cristo debió haber ocurrido hace casi dos mil años. El mismo Jesús es quien lo indica: «Porque, como el relámpago sale de oriente y se deja ver hasta occidente, así será la parusía del Hijo del hombre. […] [E]l sol se oscurecerá y la luna no dará su brillo, las estrellas caerán del cielo y el mundo de los astros se desquiciará. Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre […]. Os aseguro que no pasará esta generación sin que todo esto suceda» (Mt 24, 27-34).

 

20.   Es posible que Jesús no haya cargado su cruz.

En el evangelio de Mateo, esto es lo que se indica acerca del traslado de Jesús del proteo al Gólgota: «Cuando acabaron las burlas, le quitaron el manto, le pusieron sus propios vestidos y se lo llevaron a crucificarlo. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, que se llamaba Simón, a quien obligaron a llevarle la cruz. Cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota […], le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber. Después de crucificarlo, se repartieron sus vestidos echando suertes […]» (Mt 27, 31-35).

Marcos, a su vez, indica: «Luego lo sacan para crucificarlo. Y a un hombre que pasaba por allí, que volvía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo obligan a llevarle la cruz. Lo conducen, pues, al lugar llamado Gólgota […]. Le daban vino mezclado con mirra, pero él no lo aceptó. Luego lo crucifican y se reparten sus vestidos, echando suertes sobre ellos […]» (Mc 15, 20b-24).

Por su parte, Lucas relata: «Puso en libertad al que reclamaban, al que había sido encarcelado por motín y homicidio, y a Jesús lo entregó a su arbitrio. Cuando lo conducían, echaron mano de un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. […] Llegados al lugar llamado ‘de la Calavera’, lo crucificaron allí a él y a los malhechores» (Lc 23, 25-33).

Finalmente, Juan indica en su evangelio correspondiente: «Tomaron, pues, a Jesús. Él cargó con la cruz y salió hacia el lugar llamado ‘de la Calavera’, que en hebreo se dice Gólgota. Allí lo crucificaron, y a otros dos con él» (Jn 19, 16-17). Juan, a diferencia de los otros tres evangelistas, afirma que Jesús cargó su propia cruz y no menciona nada acerca de Simón, a quien sí consignan los otros tres.

 

21.   En las bodas de Caná, Jesús transformó 600 litros de agua en vino.

En el evangelio de Lucas se menciona que: «Había allí seis tinajas de piedra dispuestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. […] Y las llenaron hasta los bordes» (Jn 2, 6-7). Según el pie de página de esta edición, una medida es equivalente a 40 litros. Por tanto, en las tinajas había entre 480 y 720 litros de agua o, en promedio, 600 litros.

 

22.   Judas Iscariote quizá no murió ahorcado.

Mateo recoge lo que hizo Judas después de haber traicionado a Jesús: «Entonces él arrojó las monedas de plata contra el templo, se marchó y se ahorcó» (Mt 27, 5). Los Hechos de los Apóstoles consignan otra muerte de Judas: «Él pertenecía a nuestro grupo y le había correspondido su puesto en este ministerio; pero adquirió un campo con el precio de la traición, cayó de cabeza, reventó y se le salieron todas las entrañas. El suceso fue tan notorio para todos los habitantes de Jerusalén que aquella finca se la llamó en su propia lengua Haceldama, que quiere decir ‘campo de sangre’» (Hch 1, 17-19).

 

Consideraciones respecto al Corán

Para quienes no estén relacionados con el Corán, la siguiente información introductoria puede resultarles útil. El Corán está compuesto por 114 suras o capítulos, las cuales no están ordenadas cronológicamente, sino por su extensión, siendo las menos breves las primeras. Cada una de las suras, a su vez, se compone por aleyas –similares a los versículos– y, además de tener un número consecutivo, poseen un nombre representativo (por ejemplo, Ta Ha, El viernes o Frunció las cejas).

De acuerdo con la tradición musulmana, Mahoma fue el último de una serie de profetas enviados por Alá, la cual incluye, entre otros, a Abraham, Moisés y Jesús. También se afirma que Mahoma era analfabeto, por lo que es imposible que él haya compuesto el Corán. Tradicionalmente, se considera que el arcángel Gabriel era quien inspiraba a Mahoma y que él, a su vez, dictaba lo que el arcángel le decía. Como he dicho, el Corán no se contrapone con la tradición cristiana, sino que, en realidad, se constituye como una reivindicación del monoteísmo.

Así, por ejemplo, en la sura La mesa servida, se indica: «Encontrarás, ciertamente, que los más hostiles a los creyentes [los musulmanes] son los judíos y los asociadores, y encontrarás, ciertamente, que los más amigos de los creyentes son los que dicen: ‘Somos cristianos’. Es que hay entre ellos sacerdotes y monjes y no son altivos» (5, 82). Por supuesto, los musulmanes no consideran que Jesús sea Dios: «El Ungido, hijo de María, no es sino un enviado, antes del cual han pasado otros enviados, y su madre, veraz» (5, 75).

Con los judíos, el Corán puede llegar a ser más hostil: «Aquellos a quienes se había confiado la Torá pero no la observaron son semejantes a un asno que lleva libros. ¡Qué mal ejemplo da la gente que desmiente los signos de Dios! Dios no dirige al pueblo impío» (62, 5). Incluso les reclama la muerte de Jesús: «Dimos a Moisés la Escritura y mandamos enviados después de él. Dimos a Jesús, hijo de María, las pruebas claras y le fortalecimos con el Espíritu Santo. ¿Es que teníais que mostraros altivos siempre que venía a vosotros un enviado con algo que no deseabais? A unos les desmentisteis, a otros les disteis muerte». (2, 87). Hasta condena su costumbre de no pronunciar el nombre divino: «¿Hay alguien que sea más impío que quien impide que se mencione Su nombre en las mezquitas de Dios y se empeña en arruinarlas?» (2, 114)

El pecado de asociación es el más grave dentro del islam y consiste en otorgar cierto grado de divinidad a algo que no sea dios. Así, por ejemplo, adorar imágenes o a los profetas (incluido Mahoma) es asociación. La sura Las mujeres lo comenta: «Dios no perdona que se Le asocie. Pero perdona lo menos grave a quien Él quiere. Quien asocia a Dios comete un gravísimo pecado» (4, 48).

Salvo en lo tocante a la asociación, el Corán reconoce, generalmente, el punto medio como la mejor forma de proceder. Así lo indica la sura El criterio: «Cuando gastan, no lo hacen con prodigalidad ni con tacañería –el término medio es lo justo–» (25, 67).

El nombre que el Corán le da al demonio es Iblís. La historia de Iblís difiere de la del demonio cristiano en el origen de su pecado. La sura Sad nos revela que el pecado de Iblís fue no obedecer a dios en la prosternación hacia el hombre: «Cuando tu Señor dijo a los ángeles: ‘Voy a crear a un mortal de arcilla y, cuando lo haya formado armoniosamente e infundido en él de Mi Espíritu, ¡caed prosternados ante él!’ Y los ángeles se prosternaron, todos juntos, excepto Iblís, que se enorgulleció y fue de los infieles. […] Dijo: ‘Yo soy mejor que él. A mí me creaste de fuego, mientras que a él lo creaste de arcilla’». (38, 71-77).

Así como en la Biblia se puede hallar la existencia de gigantes (sin contar a Goliat)[3], el Corán incluye la presencia de genios, los cuales forman parte del folklor árabe, como lo hacen constar los numerosos cuentos de Las mil y una noches en donde tienen diversos papeles. La sura Al-Hichr revela el origen de estos seres: «Hemos creado al hombre de barro arcilloso, maleable, mientras que a los genios los habíamos creado antes de fuego de viento abrasador» (15, 26-27). Hay incluso, en otra sura –llamada Los genios–, una pequeña anécdota de los genios: «Di: “Se me ha revelado que un grupo de genios estaba escuchando y decía: ‘Hemos oído una Recitación maravillosa, que conduce a la vía recta. Hemos creído en ella y no asociaremos nadie a nuestro Señor’”» (72, 1-2).

Un prejuicio común respecto al islam es la falta de consideración hacia las mujeres. En realidad, el Corán les brinda libertades y las toma en consideración más a menudo que la Biblia. Un ejemplo de ello lo constituye María, cuya existencia, aunque central para el cristianismo, es relatada muy brevemente por la Biblia. En cambio, en el Corán se le ensalza (sin llegar a asociarla con Alá), como se observa en esta parte: «Siempre que Zacarías entraba en el Templo a verla, encontraba sustento junto a ella. Decía: ‘¡María!, ¿de dónde vienes con eso?’ Decía ella: ‘De Dios. Dios provee sin medida a quien Él quiere’». (3, 37). Un poco más adelante, el Corán confirma la virginidad de María: «Dijo ella: ‘¡Señor! ¿Cómo puedo tener un hijo, si no me ha tocado mortal?’ Dijo [¿Dios?, ¿el ángel?]: ‘Así será. Dios crea lo que Él quiere’» (3, 47).

 
Similitudes y diferencias entre la Biblia y el Corán

Similitudes entre la Biblia y el Corán

Al igual que en la Biblia (Éx 21, 22-25), el Corán recomienda el sometimiento a la ley del Talión: «¡Creyentes! Se os ha prescrito la ley del talión en casos de homicidio: libre por libre, esclavo por esclavo, hembra por hembra. Pero, si a alguien le rebaja su hermano la pena, que la demanda sea conforme al uso y la indemnización apropiada. […] En la ley del talión tenéis vida, ¡hombres del intelecto! Quizás, así, temáis a Dios» (2, 178-179).

El Corán también coincide con la Biblia –esta vez con el Nuevo Testamento– en tanto que ambos consideran no solo que dar limosna es bueno, sino que es aún mejor en los casos en los que se realiza anónimamente. El evangelio de Mateo dice: «Cuando vayas a dar una limosna, que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te dará la recompensa» (Mt 6, 3). El Corán, por su parte, recomienda: «Si dais limosna públicamente, es algo excelente. Pero, si la dais ocultamente y a los pobres, es mejor para vosotros y borrará en parte vuestras malas obras. Dios está bien informado de lo que hacéis» (2, 271).

Una nueva coincidencia se da en la consideración de que dios cuida de todas las criaturas. En el Nuevo Testamento se indica: «Mirad las aves del cielo: no siembran ni siegan ni alacenan en graneros; sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta» (Mt 6, 26). El Corán, por su parte, señala: «No hay bestia sobre la tierra a cuyo sustento no provea Dios, Que conoce su madriguera y su depósito» (11, 6). Es curioso que esta similitud se encuentre también en el mismo capítulo del evangelio de Mateo (el sexto), por lo que puede suponerse cierta influencia particular de este texto sobre el autor del Corán.

Ambos libros sagrados prohíben la usura. Como lo indiqué en la sexta minucia, la Biblia prohíbe la usura (Éx 22, 24). De igual manera, esta práctica está prohibida por el Corán: «Quienes usurean no se levantarán, sino como se levanta aquel a quien el Demonio ha derribado con solo tocarle […], siendo así que Dios ha autorizado el comercio y prohibido la usura» (2, 275).

En la actualidad, quedan pocas dudas que la inteligencia provenga de nuestros cerebros. Pero hace cientos de años, al menos en las tribus semíticas, se tenía la creencia de que la sabiduría radicaba en el corazón. Así, el Primer Libro de Reyes recoge esta plegaria de Salomón: «Concede, pues, a tu siervo un corazón prudente, para que sepa juzgar a tu pueblo y discernir entre lo bueno y lo malo» (1Re 3, 9). Por su parte, el Corán menciona: «¿No han ido por la tierra con un corazón capaz de comprender y con un oído capaz de oír?» (22, 46)

A diferencia de nuestros tiempos en donde el cómputo del tiempo lo rige el Sol, en épocas anteriores también era la Luna la que servía para medir los tiempos. La Biblia refleja esta situación en el salmo 104: «Para marcar el tiempo hizo la luna / y el sol que sabe de su ocaso» (Sal 104, 19). También se anota algo similar en el Eclesiástico: «También la Luna, siempre fiel a su hora, / proclama los tiempos y es señal eterna» (Eclo 43, 6). La sura Los rebaños enuncia: «Quien hizo de la noche descanso y del sol y de la luna cómputo» (6, 96). Y más claramente: «Él es Quien hizo del sol claridad y de la luna luz, Quien determinó las fases de ésta para que sepáis el número de años y el cómputo» (10, 5).

 

Diferencias entre la Biblia y el Corán

El Corán es muy enfático en ser especialmente buenos con los huérfanos; ante todo, se debe evitar consumir su hacienda. Este se encuentra entre los pecados más graves, de acuerdo con la sura Las mujeres: «Dad a los huérfanos los bienes que les pertenecen. No sustituyáis lo bueno por lo malo. No consumáis su hacienda agregándola a la vuestra. Sería un gran pecado» (4, 2). También lo recoge la sura La mañana: «¡No oprimas, pues, al huérfano!» (93, 9). La Biblia, en contraparte, no hace mención explícita respecto al buen ánimo que hay que guardar para con los huérfanos.

Como fue explicado en la sección correspondiente, el pecado más grave concebido por el Corán es el de asociación. De acuerdo con la sura Las mujeres, es el único pecado que no perdona Alá. En cambio, en la Biblia se especifica otra cosa: «Si alguien dice una palabra en contra del Hijo del hombre, se le perdonará; pero el que la diga en contra del Espíritu Santo no tendrá perdón ni en este mundo ni en el futuro» (Mt 12, 32).

Es evidente que dentro del pecado de asociación se encuentra suponer que Jesús es también Dios. En todo el Nuevo Testamento se especifica que Jesús y Dios son uno solo. En el Corán, en cambio, se previene acerca de esta concepción: «¡Gente de la Escritura! ¡No exageréis en vuestra religión! ¡No digáis de Dios sino la verdad: que el Ungido, Jesús, hijo de María, es solamente el enviado de Dios y Su Palabra, que Él ha comunicado a María, y un espíritu que procede de Él! […] ¡No digáis ‘Tres’! ¡Basta ya! Será mejor para vosotros. Dios es sólo un Dios Uno» (4, 171).

El evangelio de Mateo comienza con una relación detallada de la genealogía de José, el padre putativo de Jesús. Ya en el versículo 19 se indica: «José, su esposo, que era un hombre recto, no quiso denunciarla sino que determinó repudiarla en silencio»[4]. Lucas también apunta la relación entre José y María: «También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta» (Lc 2, 4-5). El Corán, en cambio, nunca menciona a José. Este silencio resulta particularmente curioso, ya que generalmente se hacía referencia a alguien invocando el nombre de su padre (por ejemplo: Isaac, hijo de Abraham); en cambio, siempre que se menciona esta fórmula en torno a Jesús en el Corán aparece como «Jesús, hijo de María».



[1] Es verdad, la Biblia, en sentido estricto, no es un libro, sino un conjunto de ellos. El tiempo ha limado las inconsistencias en los diversos libros que la conforman, de manera que pensar en ella como un solo libro no es una aberración.
[2] La Biblia y el Corán que leí son los publicados por la Editorial Herder, por lo que las citas que aquí se mencionan son tomadas de estas ediciones.
[3] «Había por aquellos días, y también después, gigantes en la tierra cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres y ellas les dieron hijos» (Gn 6,4).
[4] De haberla denunciado, María debió haber muerto, según la ley mosaica: «Si un hombre comete adulterio con la mujer de otro, ambos adúlteros morirán sin remisión» (Lv 20, 10).

1 comentario:

Pablo Ignacio Soto Mota dijo...

Lo presentado es un análisis anecdótico, aunque minucioso, de la Biblia y el Corán. Es valiosa la perspectiva comparativa aunque queda en el aspecto más superficial y literario de ambos textos.
Creo que sería fantástico que en una segunda entrada se presentaran algunas hipótesis sobre qué es lo que tienen esos libros que los han colocado como pilares de la vida de tantas personas. Es decir, sería bueno aprovechar su lectura para hacer un análisis crítico de lo valioso de ambos textos así como sus limitaciones.
Si bien es evidente que consideras a la Biblia un conjunto de obras de ficción o de obras derivadas de una ficción, es innegable que su contenido es culturalmente relevante. Sería bueno saber qué crees que hace a la Biblia una antología particular en ese sentido. ¿Qué crees, si es que lo crees, que se puede ganar de su lectura?