Introducción
Al iniciar el 2013, resolví leer
dos de los libros más peligrosos de los que se tenga registro en la historia de
la humanidad. Son dos libros por los que demasiada gente ha asesinado y
cometido los peores crímenes. Dos libros que recuerdan a Tlön y Uqbar: el Corán
y la Biblia[1].
Al igual que aquellos, el Corán y la Biblia han sobrepasado el umbral original
de la literatura fantástica hasta convertirse no solo en realidad, sino en la
razón y destino de millones de personas a lo largo de cientos de años.
No me acerqué a estos libros con
intenciones críticas de religión, sino para conocer, en el caso de la Biblia,
los pormenores de ese laberinto, y, en el caso del Corán, para hacerme una idea
de su contenido a partir de la fuente original. Para tener en cuenta el contexto
en que fue escrito el Antiguo Testamento, atendí las lecciones del curso en
línea Introduction to the Old Testament
que ofrece la Universidad de Yale (http://oyc.yale.edu/religious-studies/rlst-145).
La siguiente entrada contiene algunas notas breves respecto a la lectura de
ambos libros.
Unas cuantas consideraciones previas
son importantes. El Antiguo Testamento –y particularmente, el Pentateuco– fue
elaborado por varias personas. El consenso actual respecto a su autoría indica
que hay, al menos, cuatro fuentes de las que bebe: la yahvista (fuente J), la
elohísta (fuente E), la deuteronómica (fuente D) y la sacerdotal (fuente P).
Cada una de estas fuentes, a su vez, pudo haber sido escrita por más de una
persona –las similitudes con Tlön son,
como se advierte, varias–. En el caso del Nuevo Testamento, aunque la autoría
de sus libros es menos incierta, la selección de los evangelios resultó más
bien arbitraria.
El Corán es, en efecto, más
limitado. No solo es menor en extensión (es apenas una tercera parte de la
Biblia), sino que también sus ideas son de menores méritos. Debe recordarse,
sin embargo, que los propósitos de ambos libros son diferentes: mientras que la
Biblia describa la historia de los primeros judíos –incluidas sus guerras y
genealogías–, los rituales, su exilio y el nacimiento, vida, muerte y
resurrección de Jesús, así como el intento de Pablo por hacer llegar esta
historia al mundo conocido, el Corán utiliza el Antiguo Testamento como base y
hace algunas anotaciones al Nuevo Testamento. El libro sagrado del islam es
repetitivo e incluso tiene secciones conformadas por apologías a ciertos
aspectos de la vida de Mahoma.
A continuación se muestran
algunas notas acerca de la Biblia que tienen un objeto plenamente anecdótico.
Muchas son curiosidades que no persiguen otro objeto que el de convertirse en
temas de sobremesa.
1. Dios
crea, indirectamente, el Mal.
«La serpiente,
el más astuto de todos los animales del campo que Yahveh-Dios había hecho, dijo
a la mujer…» (Gn 3,1). Dios creó a la serpiente y es la serpiente quien induce
el pecado original. Es decir, Dios no tuvo control sobre su obra o dotó a la
serpiente de libre albedrío. Hay quien dirá que Satanás se «personificó» en
serpiente, pero la Biblia no deja constancia de eso. Incluso, el castigo que
impone Yahveh sobre ella es un castigo físico, muy lejos de los castigos
espirituales a los que se supone que es susceptible: «Por haber hecho esto, /
maldita serás entre todas las bestias […] / sobre tu vientre te arrastrarás / y
polvo comerás» (Gn 3, 14).
2. Matusalén
era el abuelo de Noé y vivió 969 años.
El capítulo 5
del Génesis incluye una genealogía desde Adán hasta los hijos de Noé. El
versículo 25 dice: «Tenía Matusalén ciento ochenta y siete años cuando engendró
a Lamec»; más adelante, el 28 y 29 mencionan: «Tenía Lamec ciento ochenta y dos
años cuando engendró a un hijo, al que llamó Noé». La legendaria edad de
Matusalén se ubica en el versículo 27: «Matusalén vivió en total novecientos
sesenta y nueva años, y murió».
3. A
Yahveh le incomoda la solidaridad humana.
En el relato de
la construcción de la Torre de Babel, se refleja a Yahveh como un Dios receloso
de los hombres: «Bajó Yahveh a ver la ciudad y la tierra que estaban
construyendo los hombres, y se dijo Yahveh: ‘He aquí que todos ellos forman un
solo pueblo y hablan un solo lenguaje; si esto es solo el comienzo de su
empresa, ya nada les impedirá alcanzar lo que se propongan’» (Gn 11, 5-6).
4. Moisés
es producto de un incesto.
El versículo 20
del capítulo 6 del Éxodo dice: «Amrán tomó por esposa a su tía Yoquébed, que le
dio a luz a Aarón y a Moisés». Posteriormente, el incesto fue prohibido por la
misma ley mosaica: «No descubrirás la desnudez del hermano de tu padre
acercándote a su mujer; es tu tía» (Lv 18, 14). Más adelante, se enuncia el
castigo: «El hombre que se acueste con su tía, descubre la desnudez de su tío;
ambos cargarán con su iniquidad. Morirán sus hijos» (Lv 20, 20). Este es un
claro ejemplo de cómo se superponen las diversas fuentes del Antiguo
Testamento. El episodio es menos dramático que el incesto cometido por las
hijas de Lot, quienes embriagaron a su padre para quedar embarazadas (Gn 19,
31-36).
5. El
Antiguo Testamento recomienda la ley del talión.
El primer
registro que se tiene de esta ley se encuentra en el mismo Código de Hamurabi.
En el Éxodo se muestra con estas palabras: «Si en el curso de una riña entre
hombres uno de ellos golpea a una mujer encinta y acelera el parto, pero sin
otras consecuencias, pagará la multa que el marido de esta mujer le imponga,
según estimación de los jueces. Pero si se sigue algún daño, entonces pagarás
vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie,
quemadura por quemadura, herida por herida, contusión por contusión» (Éx 21,
22-25).
6. Se
prohíbe la usura.
Muy al contrario
de la imagen arquetípica del judío, la Torá expresa: «Si prestas dinero a uno
de mi pueblo, al indigente que está contigo, no te comportarás con él como
usurero: no le cobrarás intereses» (Éx 22, 24).
7. Oro,
plata y bronce.
La tradición
trimetálica de los juegos olímpicos se remonta, al menos, a la fecha de
elaboración del Éxodo: «Yahveh habló a Moisés: ‘Di a los israelitas que me
traigan ofrendas; vosotros las recibiréis, para mí, de todo aquel que las
ofrezca de buen corazón. Estas serán las ofrendas que aceptaréis de ellos: oro,
plata y bronce’» (Éx 25, 1-3).
8. El
altar de Yahveh debió haber lucido espeluznante.
Las ofrendas
dedicas a Yahveh eran muy sangrientas: «Tomarás sangre del novillo y untarás
con el dedo los cuernos del altar. Derramarás toda la sangre restante al pie
del altar. Luego tomarás todo el sebo que envuelve las entrañas, la membrana
del hígado y los dos riñones, con el sebo que los recubre, y lo quemarás todo
en el altar» (Éx 29, 12-13). «Inmolarás luego el carnero, recogerás su sangre y
rociarás con ella el altar todo en derredor. Después descuartizarás el carnero,
lavarás los intestinos y las patas, los colocarás sobre los demás pedazos y la
cabeza, y quemarás todo el carnero en el altar» (Éx 29, 16-18). El aspecto y,
ante todo, el olor de ese lugar poblarían las pesadillas de los hombres de
ahora. En su defensa, hay que recordar que los vecinos de los israelitas
sacrificaban a sus propios hijos en honor a Moloch, inmolándolos en hornos con
forma de esta deidad.
9. Hubo
un hombre que ordenó a Yahveh. Y él obedeció.
Durante el
combate entre los israelitas y los amorreos, Josué ordenó a Yahveh detener el
Sol y la Luna. Después se lee: «Ni antes ni después hubo un día como aquél en
que Yahveh obedeció la voz de un hombre» (Jos 10, 14).
10. Yahveh
aceptó un filicidio como sacrificio.
Jefté, guerrero
israelita, hizo este voto a Yahveh: «Si realmente entregas a los amonitas en
mis manos, el primero que salga de las puertas de mi casa a mi encuentro, al
volver yo sano y salvo de los amonitas, será para Yahveh y se lo santificaré en
holocausto» (Jue 11, 30). Quien salió primero de su casa fue su propia hija. El
relato continúa: «Al cabo de dos meses, regresó adonde su padre, el cual dio
con ella cumplimiento a su voto» (Jue 11, 39).
11. A
veces a Yahveh le bastaba hablar; otras, prefería jugar.
La comunicación
con Dios siempre ha sido un problema. Incluso los mismos reyes de los
israelitas tenían dificultades para hacerlo. Es el caso de Saúl, quien en lugar
de invocarlo o rezar, prefirió utilizar un método indirecto. Dice el primer
libro de Samuel: «Saúl preguntó a Yahveh: ‘Dios de Israel, ¿por qué no has
respondido hoy a tu siervo? Si el pecado está en mí o en mi hijo Jonatán,
Yahveh, Dios de Israel, da urim; si
el pecado está en tu pueblo Israel, da tummim’»
(1Sam 14, 41). Parece que urim y tummim eran dos objetos (dados, piedras
o, más probablemente, palos) con los que se determinaba una respuesta positiva
o negativa. ¿Es esta una manera de comunicarse con Yahveh? Haberlo sabido
antes…
12. Yahveh
se arrepiente y causa confusión.
Son numerosas
las contradicciones existentes en la Biblia, lo cual es natural en un libro tan
extenso, escrito por tantos autores y a lo largo de cerca de mil años. Pero
encontrar una contradicción en la misma página en un libro que no pertenece al
Pentateuco es ya demasiado. Los versículos 10 y 11 del capítulo 15 del Primer Libro
de Samuel dicen: «Entonces Yahveh le dirigió la palabra a Samuel y le dijo: ‘Me
arrepiento de haber constituido rey a Saúl’». Apenas 19 versículos después,
dice: «Y el que es el esplendor de Israel no miente ni se arrepiente, porque él
no es un hombre para arrepentirse». Más adelante, en el libro de Joel, también
se habla del arrepentimiento de Yahveh: «[…] y convertíos en Yahveh, vuestro
Dios, / porque él es clemente y misericordioso, / tardo a la cólera, rico en
piedad, / y se arrepiente del daño que causa» (Jl 2, 13). También ocurre en el
libro de Amós: «Yahveh se arrepintió» (Am 7, 6).
13. Goliat
medía 2.92 metros.
Las medidas
pueden ser inexactas, por supuesto, pero si hay que atenerse a ellas, lo que
dice la Biblia es lo siguiente: «Salió entonces de las filas filisteas un
hombre de las fuerzas de choque, llamado Goliat, de Gat, cuya estatura era de
seis codos y un palmo» (1Sam 17, 4). De acuerdo con el apéndice incluido en
esta edición, un codo equivale a 0.45 metros y un palmo a 0.222 metros. Es
decir, que Goliat medía 2.92 metros. Robert Wadlow, el hombre más alto que ha
sido acreditado, medía 2.72 metros. Goliat podría ver la coronilla de Wadlow e
incluso le bastaría con levantar solo su mano (ni siquiera su brazo) para
alcanzar el aro de la canasta de baloncesto.
14. Ni
tan sabio.
Salomón es
considerado por la tradición como uno de los hombres más sabios; sin embargo,
si Yahveh se le apareció, ¿cómo es que dudó de él? Esto dice la Biblia: «Yahveh
se irritó contra Salomón porque este había apartado su corazón de Yahveh, Dios
de Israel, que se le había aparecido en dos ocasiones y le había ordenado
expresamente que no fuera tras dioses ajenos. Pero él no guardó la orden de
Yahveh» (1Re 11, 9-10). ¿Qué tan estólido debe ser uno que, a pesar de que el
mismo Dios se le presente, adore a otros? Una curiosidad más acerca de Salomón
es que las mujeres que se le acercaron para que dirimiera acerca de quién era
un hijo eran prostitutas.
15. La
multiplicación de los panes no fue milagro exclusivo de Jesús.
Eliseo, un
personaje poco conocido del Antiguo Testamento, fue el primero en realizar el
milagro de la multiplicación de los panes, tal como se detalla en la Segunda de
Reyes: «Llegó después un hombre de Baal Salisá, que traía en su alforja al
varón de Dios pan de primicias: veinte panes de cebada y de trigo nuevo. Y dijo
Eliseo: “Dáselo a la gente para que coma”. Respondió el criado: “¿Qué voy a dar
con esto a cien hombres?” Replicó él: “Dáselo a la gente para que coma, porque
esto dice Yahveh: ‘Comerán y sobrará’”. Él lo puso delante de ellos, comieron y
sobró, como había dicho Yahveh» (2Re 4, 42-44).
16. En
la Biblia hay mitología griega y persa.
En el libro de
Tobías, en dos párrafos contiguos, se hace referencia a la mitología persa y
griega. Por supuesto, en aquella época ninguna de las dos era considerada
mitología, sino verdaderas religiones. Se lee en Tobías: «[…] Sara, la hija de
Ragüel, que vivía en Ecbátana de Media, fue insultada por las criadas de su
padre, porque habiendo sido dada en matrimonio a siete maridos, el maligno
demonio Asmodeo les había dado muerte antes de que hubieran estado con ella como
es costumbre con las esposas» (Tob 3, 7-8). Asmodeo es uno de los siete malos
espíritus de la angelología persa. Respecto a la mitología griega: «Pero se
dijo: ‘Soy hija única de mi padre. Si hago eso, será un oprobio para él, y haré
bajar su ancianidad al hades en medio del dolor’» (Tob 3, 10).
17. El
mismo Yahveh habla de mitología griega.
El periodo
helenístico es tan influyente que hasta el mismo Yahveh se ve contagiado: «Entonces
Yahveh respondió a Job desde el seno de la tempestad y le dijo: […] ‘¿Puedes
atar los lazos de las Pléyades / o soltar las ataduras de Orión?’» (Job 38,
1-31)
18. ¿Dios
de amor?
El Antiguo
Testamento es proclive a describir a Yahveh no como dios de amor, sino lleno de
ira: «El señor es juez justo, / y un Dios que se enoja cada día. / Mientras no
se aplacare, / aguza su espada, / tensa el arco y lo ajusta, / prepara armas de
muerte, / pone fuego en sus flechas» (Sal 7, 12-14).
19. La
parusía ya ocurrió (o debió haber ocurrido ya).
La segunda –y
definitiva– venida de Cristo debió haber ocurrido hace casi dos mil años. El
mismo Jesús es quien lo indica: «Porque, como el relámpago sale de oriente y se
deja ver hasta occidente, así será la parusía del Hijo del hombre. […] [E]l sol
se oscurecerá y la luna no dará su brillo, las estrellas caerán del cielo y el
mundo de los astros se desquiciará. Entonces aparecerá en el cielo la señal del
Hijo del hombre […]. Os aseguro que no pasará esta generación sin que todo esto
suceda» (Mt 24, 27-34).
20. Es
posible que Jesús no haya cargado su cruz.
En el evangelio
de Mateo, esto es lo que se indica acerca del traslado de Jesús del proteo al
Gólgota: «Cuando acabaron las burlas, le quitaron el manto, le pusieron sus
propios vestidos y se lo llevaron a crucificarlo. Al salir, encontraron a un
hombre de Cirene, que se llamaba Simón, a quien obligaron a llevarle la cruz.
Cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota […], le dieron a beber vino mezclado
con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber. Después de crucificarlo, se
repartieron sus vestidos echando suertes […]» (Mt 27, 31-35).
Marcos, a su
vez, indica: «Luego lo sacan para crucificarlo. Y a un hombre que pasaba por
allí, que volvía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo,
lo obligan a llevarle la cruz. Lo conducen, pues, al lugar llamado Gólgota […].
Le daban vino mezclado con mirra, pero él no lo aceptó. Luego lo crucifican y
se reparten sus vestidos, echando suertes sobre ellos […]» (Mc 15, 20b-24).
Por su parte,
Lucas relata: «Puso en libertad al que reclamaban, al que había sido
encarcelado por motín y homicidio, y a Jesús lo entregó a su arbitrio. Cuando
lo conducían, echaron mano de un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y
lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. […] Llegados al
lugar llamado ‘de la Calavera’, lo crucificaron allí a él y a los malhechores»
(Lc 23, 25-33).
Finalmente, Juan
indica en su evangelio correspondiente: «Tomaron, pues, a Jesús. Él cargó con
la cruz y salió hacia el lugar llamado ‘de la Calavera’, que en hebreo se dice
Gólgota. Allí lo crucificaron, y a otros dos con él» (Jn 19, 16-17). Juan, a
diferencia de los otros tres evangelistas, afirma que Jesús cargó su propia
cruz y no menciona nada acerca de Simón, a quien sí consignan los otros tres.
21. En
las bodas de Caná, Jesús transformó 600 litros de agua en vino.
En el evangelio
de Lucas se menciona que: «Había allí seis tinajas de piedra dispuestas para
las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. […] Y las
llenaron hasta los bordes» (Jn 2, 6-7). Según el pie de página de esta edición,
una medida es equivalente a 40 litros. Por tanto, en las tinajas había entre
480 y 720 litros de agua o, en promedio, 600 litros.
22. Judas
Iscariote quizá no murió ahorcado.
Mateo recoge lo
que hizo Judas después de haber traicionado a Jesús: «Entonces él arrojó las
monedas de plata contra el templo, se marchó y se ahorcó» (Mt 27, 5). Los
Hechos de los Apóstoles consignan otra muerte de Judas: «Él pertenecía a
nuestro grupo y le había correspondido su puesto en este ministerio; pero
adquirió un campo con el precio de la traición, cayó de cabeza, reventó y se le
salieron todas las entrañas. El suceso fue tan notorio para todos los
habitantes de Jerusalén que aquella finca se la llamó en su propia lengua Haceldama, que quiere decir ‘campo de
sangre’» (Hch 1, 17-19).
Consideraciones respecto al Corán
Para quienes no estén
relacionados con el Corán, la siguiente información introductoria puede
resultarles útil. El Corán está compuesto por 114 suras o capítulos, las cuales
no están ordenadas cronológicamente, sino por su extensión, siendo las menos
breves las primeras. Cada una de las suras, a su vez, se compone por aleyas
–similares a los versículos– y, además de tener un número consecutivo, poseen
un nombre representativo (por ejemplo, Ta
Ha, El viernes o Frunció las cejas).
De acuerdo con la tradición
musulmana, Mahoma fue el último de una serie de profetas enviados por Alá, la
cual incluye, entre otros, a Abraham, Moisés y Jesús. También se afirma que
Mahoma era analfabeto, por lo que es imposible que él haya compuesto el Corán.
Tradicionalmente, se considera que el arcángel Gabriel era quien inspiraba a Mahoma
y que él, a su vez, dictaba lo que el arcángel le decía. Como he dicho, el
Corán no se contrapone con la tradición cristiana, sino que, en realidad, se
constituye como una reivindicación del monoteísmo.
Así, por ejemplo, en la sura La mesa servida, se indica: «Encontrarás,
ciertamente, que los más hostiles a los creyentes [los musulmanes] son los
judíos y los asociadores, y encontrarás, ciertamente, que los más amigos de los
creyentes son los que dicen: ‘Somos cristianos’. Es que hay entre ellos sacerdotes
y monjes y no son altivos» (5, 82). Por supuesto, los musulmanes no consideran
que Jesús sea Dios: «El Ungido, hijo de María, no es sino un enviado, antes del
cual han pasado otros enviados, y su madre, veraz» (5, 75).
Con los judíos, el Corán puede
llegar a ser más hostil: «Aquellos a quienes se había confiado la Torá pero no
la observaron son semejantes a un asno que lleva libros. ¡Qué mal ejemplo da la
gente que desmiente los signos de Dios! Dios no dirige al pueblo impío» (62,
5). Incluso les reclama la muerte de Jesús: «Dimos a Moisés la Escritura y
mandamos enviados después de él. Dimos a Jesús, hijo de María, las pruebas
claras y le fortalecimos con el Espíritu Santo. ¿Es que teníais que mostraros
altivos siempre que venía a vosotros un enviado con algo que no deseabais? A
unos les desmentisteis, a otros les disteis muerte». (2, 87). Hasta condena su
costumbre de no pronunciar el nombre divino: «¿Hay alguien que sea más impío
que quien impide que se mencione Su nombre en las mezquitas de Dios y se empeña
en arruinarlas?» (2, 114)
El pecado de asociación es el más
grave dentro del islam y consiste en otorgar cierto grado de divinidad a algo
que no sea dios. Así, por ejemplo, adorar imágenes o a los profetas (incluido
Mahoma) es asociación. La sura Las
mujeres lo comenta: «Dios no perdona que se Le asocie. Pero perdona lo
menos grave a quien Él quiere. Quien asocia a Dios comete un gravísimo pecado»
(4, 48).
Salvo en lo tocante a la
asociación, el Corán reconoce, generalmente, el punto medio como la mejor forma
de proceder. Así lo indica la sura El
criterio: «Cuando gastan, no lo hacen con prodigalidad ni con tacañería –el
término medio es lo justo–» (25, 67).
El nombre que el Corán le da al
demonio es Iblís. La historia de Iblís difiere de la del demonio cristiano en
el origen de su pecado. La sura Sad
nos revela que el pecado de Iblís fue no obedecer a dios en la prosternación
hacia el hombre: «Cuando tu Señor dijo a los ángeles: ‘Voy a crear a un mortal
de arcilla y, cuando lo haya formado armoniosamente e infundido en él de Mi
Espíritu, ¡caed prosternados ante él!’ Y los ángeles se prosternaron, todos
juntos, excepto Iblís, que se enorgulleció y fue de los infieles. […] Dijo: ‘Yo
soy mejor que él. A mí me creaste de fuego, mientras que a él lo creaste de
arcilla’». (38, 71-77).
Así como en la Biblia se puede
hallar la existencia de gigantes (sin contar a Goliat)[3],
el Corán incluye la presencia de genios, los cuales forman parte del folklor
árabe, como lo hacen constar los numerosos cuentos de Las mil y una noches en donde tienen diversos papeles. La sura Al-Hichr revela el origen de estos
seres: «Hemos creado al hombre de barro arcilloso, maleable, mientras que a los
genios los habíamos creado antes de fuego de viento abrasador» (15, 26-27). Hay
incluso, en otra sura –llamada Los genios–,
una pequeña anécdota de los genios: «Di: “Se me ha revelado que un grupo de
genios estaba escuchando y decía: ‘Hemos oído una Recitación maravillosa, que
conduce a la vía recta. Hemos creído en ella y no asociaremos nadie a nuestro
Señor’”» (72, 1-2).
Un prejuicio común respecto al
islam es la falta de consideración hacia las mujeres. En realidad, el Corán les
brinda libertades y las toma en consideración más a menudo que la Biblia. Un
ejemplo de ello lo constituye María, cuya existencia, aunque central para el
cristianismo, es relatada muy brevemente por la Biblia. En cambio, en el Corán
se le ensalza (sin llegar a asociarla con Alá), como se observa en esta parte: «Siempre
que Zacarías entraba en el Templo a verla, encontraba sustento junto a ella.
Decía: ‘¡María!, ¿de dónde vienes con eso?’ Decía ella: ‘De Dios. Dios provee
sin medida a quien Él quiere’». (3, 37). Un poco más adelante, el Corán
confirma la virginidad de María: «Dijo ella: ‘¡Señor! ¿Cómo puedo tener un
hijo, si no me ha tocado mortal?’ Dijo [¿Dios?, ¿el ángel?]: ‘Así será. Dios
crea lo que Él quiere’» (3, 47).
Similitudes entre la Biblia y el Corán
Al igual que en la Biblia (Éx 21,
22-25), el Corán recomienda el sometimiento a la ley del Talión: «¡Creyentes!
Se os ha prescrito la ley del talión en casos de homicidio: libre por libre,
esclavo por esclavo, hembra por hembra. Pero, si a alguien le rebaja su hermano
la pena, que la demanda sea conforme al uso y la indemnización apropiada. […]
En la ley del talión tenéis vida, ¡hombres del intelecto! Quizás, así, temáis a
Dios» (2, 178-179).
El Corán también coincide con la
Biblia –esta vez con el Nuevo Testamento– en tanto que ambos consideran no solo
que dar limosna es bueno, sino que es aún mejor en los casos en los que se
realiza anónimamente. El evangelio de Mateo dice: «Cuando vayas a dar una
limosna, que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que tu limosna
quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te dará la recompensa» (Mt
6, 3). El Corán, por su parte, recomienda: «Si dais limosna públicamente, es
algo excelente. Pero, si la dais ocultamente y a los pobres, es mejor para
vosotros y borrará en parte vuestras malas obras. Dios está bien informado de
lo que hacéis» (2, 271).
Una nueva coincidencia se da en
la consideración de que dios cuida de todas las criaturas. En el Nuevo
Testamento se indica: «Mirad las aves del cielo: no siembran ni siegan ni
alacenan en graneros; sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta» (Mt 6,
26). El Corán, por su parte, señala: «No hay bestia sobre la tierra a cuyo
sustento no provea Dios, Que conoce su madriguera y su depósito» (11, 6). Es
curioso que esta similitud se encuentre también en el mismo capítulo del
evangelio de Mateo (el sexto), por lo que puede suponerse cierta influencia
particular de este texto sobre el autor del Corán.
Ambos libros sagrados prohíben la
usura. Como lo indiqué en la sexta minucia, la Biblia prohíbe la usura (Éx 22,
24). De igual manera, esta práctica está prohibida por el Corán: «Quienes
usurean no se levantarán, sino como se levanta aquel a quien el Demonio ha
derribado con solo tocarle […], siendo así que Dios ha autorizado el comercio y
prohibido la usura» (2, 275).
En la actualidad, quedan pocas
dudas que la inteligencia provenga de nuestros cerebros. Pero hace cientos de
años, al menos en las tribus semíticas, se tenía la creencia de que la
sabiduría radicaba en el corazón. Así, el Primer Libro de Reyes recoge esta
plegaria de Salomón: «Concede, pues, a tu siervo un corazón prudente, para que
sepa juzgar a tu pueblo y discernir entre lo bueno y lo malo» (1Re 3, 9). Por
su parte, el Corán menciona: «¿No han ido por la tierra con un corazón capaz de
comprender y con un oído capaz de oír?» (22, 46)
A diferencia de nuestros tiempos
en donde el cómputo del tiempo lo rige el Sol, en épocas anteriores también era
la Luna la que servía para medir los tiempos. La Biblia refleja esta situación
en el salmo 104: «Para marcar el tiempo hizo la luna / y el sol que sabe de su
ocaso» (Sal 104, 19). También se anota algo similar en el Eclesiástico: «También
la Luna, siempre fiel a su hora, / proclama los tiempos y es señal eterna»
(Eclo 43, 6). La sura Los rebaños
enuncia: «Quien hizo de la noche descanso y del sol y de la luna cómputo» (6,
96). Y más claramente: «Él es Quien hizo del sol claridad y de la luna luz,
Quien determinó las fases de ésta para que sepáis el número de años y el cómputo»
(10, 5).
Diferencias entre la Biblia y el Corán
El Corán es muy enfático en ser
especialmente buenos con los huérfanos; ante todo, se debe evitar consumir su
hacienda. Este se encuentra entre los pecados más graves, de acuerdo con la
sura Las mujeres: «Dad a los
huérfanos los bienes que les pertenecen. No sustituyáis lo bueno por lo malo.
No consumáis su hacienda agregándola a la vuestra. Sería un gran pecado» (4,
2). También lo recoge la sura La mañana:
«¡No oprimas, pues, al huérfano!» (93, 9). La Biblia, en contraparte, no hace
mención explícita respecto al buen ánimo que hay que guardar para con los
huérfanos.
Como fue explicado en la sección
correspondiente, el pecado más grave concebido por el Corán es el de
asociación. De acuerdo con la sura Las
mujeres, es el único pecado que no perdona Alá. En cambio, en la Biblia se
especifica otra cosa: «Si alguien dice una palabra en contra del Hijo del
hombre, se le perdonará; pero el que la diga en contra del Espíritu Santo no
tendrá perdón ni en este mundo ni en el futuro» (Mt 12, 32).
Es evidente que dentro del pecado
de asociación se encuentra suponer que Jesús es también Dios. En todo el Nuevo
Testamento se especifica que Jesús y Dios son uno solo. En el Corán, en cambio,
se previene acerca de esta concepción: «¡Gente de la Escritura! ¡No exageréis
en vuestra religión! ¡No digáis de Dios sino la verdad: que el Ungido, Jesús,
hijo de María, es solamente el enviado de Dios y Su Palabra, que Él ha
comunicado a María, y un espíritu que procede de Él! […] ¡No digáis ‘Tres’!
¡Basta ya! Será mejor para vosotros. Dios es sólo un Dios Uno» (4, 171).
El evangelio de Mateo comienza
con una relación detallada de la genealogía de José, el padre putativo de
Jesús. Ya en el versículo 19 se indica: «José, su esposo, que era un hombre
recto, no quiso denunciarla sino que determinó repudiarla en silencio»[4].
Lucas también apunta la relación entre José y María: «También José, por ser de
la casa y familia de David, subió desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea,
a la ciudad de David, que se llama Belén, para empadronarse con María, su
esposa, que estaba encinta» (Lc 2, 4-5). El Corán, en cambio, nunca menciona a
José. Este silencio resulta particularmente curioso, ya que generalmente se hacía
referencia a alguien invocando el nombre de su padre (por ejemplo: Isaac, hijo
de Abraham); en cambio, siempre que se menciona esta fórmula en torno a Jesús
en el Corán aparece como «Jesús, hijo de María».
[1]
Es verdad, la Biblia, en sentido estricto, no es un libro, sino un conjunto de
ellos. El tiempo ha limado las inconsistencias en los diversos libros que la
conforman, de manera que pensar en ella como un solo libro no es una
aberración.
[2]
La Biblia y el Corán que leí son los publicados por la Editorial Herder, por lo
que las citas que aquí se mencionan son tomadas de estas ediciones.
[3] «Había
por aquellos días, y también después, gigantes en la tierra cuando los hijos de
Dios se unieron a las hijas de los hombres y ellas les dieron hijos» (Gn 6,4).
[4]
De haberla denunciado, María debió haber muerto, según la ley mosaica: «Si un
hombre comete adulterio con la mujer de otro, ambos adúlteros morirán sin
remisión» (Lv 20, 10).


1 comentario:
Lo presentado es un análisis anecdótico, aunque minucioso, de la Biblia y el Corán. Es valiosa la perspectiva comparativa aunque queda en el aspecto más superficial y literario de ambos textos.
Creo que sería fantástico que en una segunda entrada se presentaran algunas hipótesis sobre qué es lo que tienen esos libros que los han colocado como pilares de la vida de tantas personas. Es decir, sería bueno aprovechar su lectura para hacer un análisis crítico de lo valioso de ambos textos así como sus limitaciones.
Si bien es evidente que consideras a la Biblia un conjunto de obras de ficción o de obras derivadas de una ficción, es innegable que su contenido es culturalmente relevante. Sería bueno saber qué crees que hace a la Biblia una antología particular en ese sentido. ¿Qué crees, si es que lo crees, que se puede ganar de su lectura?
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