sábado, 3 de octubre de 2015

[FU] ¿Tienen derechos los animales? (O "Aprendiendo a ser Goliat")

Jorge, Pablo, Bruno y yo nos hemos preguntado en esta ocasión acerca de los derechos de los animales. ¿Existen?, ¿de dónde provienen? A continuación expongo mi punto de vista.

El Derecho es fundamentalmente una colección de preceptos que tienen por objeto defender a unos hombres de otros. Dos consideraciones resultan esenciales en esta concepción. La primera consiste en que el Derecho no es un concepto que se encuentre en la naturaleza, es decir, el Derecho no es inherente a ninguna creatura. Algunos derechos que ahora nos parecen fundamentales solo son convenciones sociales que han sido modificadas varias veces a lo largo de la historia de la humanidad. La segunda consideración es que la intención última del Derecho es la de salvaguardar a las personas. Piénsese en las leyes que protegen cierto tipo de vegetación; en un primer momento, parece que estas disposiciones persiguen un beneficio para la naturaleza, más que para algún hombre; sin embargo, lo que realmente motiva a dichas leyes es evitar perjudicar a otro hombre (incluso a un hombre hipotético o futuro), ya sea porque tal persona aprecia esa vegetación o porque la misma puede ser útil para mantener el ecosistema del que un grupo de personas forma parte. El Derecho es, por tanto, completamente antropocéntrico.

Entender el Derecho bajo esta perspectiva constriñe el análisis a una visión humana. ¿De dónde proviene entonces aquello que hemos dado en llamar «derechos de los animales»? Por lo expuesto, el nombre correcto debería ser «derechos (humanos) por lo que respecta al trato que deberá dársele a los animales». Por supuesto, es un nombre demasiado largo como para pensar que alguien lo utilizaría –yo sería el primero en criticarlo–, pero da una mejor idea de lo que realmente pretenden ser. No es, por lo demás, una mera cuestión de nombres el meollo de este asunto.

Pasemos a los pormenores, que es donde –nunca mejor dicho– la puerca tuerce el rabo. ¿Cómo se debe tratar a los animales? Los extremos siempre son ilustrativos. Por un lado, hay quienes ven en los animales objetos, herramientas y consumibles útiles al ser humano. Mercancías, decoración, trofeos. Cosas, al fin. Hay, por otro, quienes sostienen que todos los animales, en tanto seres vivos, merecen un respeto similar al de los seres humanos. Estas apreciaciones están basadas, según me parece, en el grado de empatía que generan los animales en cada persona. Conviene aclarar que ese grado de empatía es tan particular, que varía según la especie del animal que se trate e incluso de las circunstancias en las que se halle.

La empatía, paradójicamente, es un mecanismo egoísta. Sentimos lástima de alguien no porque comprendamos su pena o dolor, sino porque esa persona es el río en el que nos vemos reflejados. Lo deja ver ya la misma definición coloquial del término –que es la que cuenta–: «ponerse en los zapatos del otro». Y cuando lo hacemos sentimos la tristeza, el miedo y la angustia del otro; pero no por el otro, sino por nosotros mismos. (¡Oh, desgracia! Hemos encontrado al sentimiento vil del egoísmo detrás de la mampara de la siempre denostada colaboración y sus inmaculados hijos: la justicia social, las comunidades, el bien común. Dejemos atrás la hipocresía y aceptémonos como seres fundamentalmente egoístas; eso es lo que traería un verdadero progreso social).

Tenemos cierta predisposición a sentir empatía por lo semejante. Nos duele más una catástrofe en México que una en Japón, aunque la segunda haya cobrado más víctimas. No es sorprendente: es más fácil ver en lo semejante a nuestro yo. Así, es claro que podemos sentir empatía fácilmente por una persona y que sentiremos, en orden descendente, menos por una mascota, un mamífero, un pez, un insecto, una planta. También sentimos mayor empatía por los indefensos y por los pequeños (he ahí el éxito del mito de David y Goliat). ¿No nos parecen más trágicas las imágenes de guerras que muestran la muerte de un pequeño? (Eso lo saben a quienes les conviene hacer guerras. Cuando salen a la luz imágenes de este tipo, tenemos por cierto que algún gobierno intervendrá. Es la línea que no se cruza). 

El trato a los animales se encuentra, pues, determinado por esas dos características de la empatía: por una parte, aunque diferentes, nos recuerdan todavía algo de nosotros; por otra, a nuestros ojos de conquistadores de la naturaleza, son inferiores e indefensos. Ambas nos hacen creer que los animales pueden poseer derechos, pero es solo una ilusión, una construcción basada en nuestros miedos egoístas. Cuando vemos a una vaca entrar al matadero, podemos imaginarnos lo que se sentiría. No como vacas, sino como personas. Ignoramos qué siente la planta cuando se le arranca alguna de sus hojas, pero lo intentamos comparar con algo conocido. Habrá quien no sienta absoluta empatía por lo que otros seres vivos sufren.

Y he aquí que llegamos finalmente al fondo del asunto: los derechos de los animales no deben hallarse en el cuerpo legal de un estado, sino que pertenecen al ámbito moral. Es así porque no hay manera de regular la empatía; nadie puede obligarnos a sentirnos afectados por tal o cual evento; nadie sino nosotros mismos. Así como no es ilegal sentirse culpable o no por matar a una persona, la facultad del Derecho no llega hasta allí. Es una cuestión puramente individual.

Ahora bien, ¿nos dice algo la moral respecto al trato que debemos dar a los animales? Encontramos una norma básica: no debe uno congraciarse con el dolor o el sufrimiento ajenos. El dolor es una sensación desagradable para cualquiera. Por supuesto, no podemos comprender cómo es que lo experimentan otras especies (¿podemos comprender ya cómo lo experimentan otros humanos?), pero eso no significa que podamos procurarlo de manera impune. Principio precautorio: evitar cualquier dolor a cualquier ser, independientemente de nuestro conocimiento sobre la experiencia de dolor que ellos presentan. A partir de nuestra experiencia, el dolor es un fenómeno poco grato; ¿por qué deberíamos procurar generar dolor en otro ser? Más importante aún: ¿qué provecho se saca del dolor?
Habiendo aclarado la posición legal y moral del trato a los animales, estamos ahora en condiciones de llevar estas conclusiones al ámbito práctico:

  • ¿Debe tratarse de igual modo a todos los animales? Como he dicho, la empatía (fuerza que determina el trato hacia los animales) encuentra un camino más fácil hacia lo semejante. En primera instancia nos parece menos grave matar a un insecto que a una ballena; analizando mejor la cuestión, no hay ningún sostén para ello. No buscar el sufrimiento de otros seres es una premisa moral y es independiente del tamaño, color y aspecto del ser.
  • ¿Debemos dejar de comer animales? El sufrimiento y la muerte son fenómenos distintos. Uno puede hacer sufrir sin matar a un animal y también viceversa. Matar sin dolor a los animales es una muestra exquisita de empatía. En este mundo, todos los animales matan para comer (incluso los herbívoros). El hombre se acerca a la capacidad de alimentarse sin matar; idealmente, es deseable. La consistencia y aspecto de los alimentos que no provienen de la muerte de un animal, así como una tradición culinaria de millones de años impiden la viabilidad de este ideal en el horizonte cercano. Pero no nos engañemos: el argumento que he construido no implica que debamos ser vegetarianos todos, ya que esto consiste únicamente en trasladar el dolor y la muerte de los animales sacrificados para consumo hacia las plantas. Ignoramos la experiencia de dolor (si es que la tienen); así que también ellas deben ser favorecidas del principio precautorio.
  • Condiciones en las que viven animales de engorda. Mucho se ha criticado la manera como son criados los animales destinados al sacrificio. Esas condiciones son determinadas no ya por el grado de empatía de quienes operan esas empresas, sino por una cuestión de maximización de beneficios. Es ahí donde aparece el papel de la legislación: dado que la empatía no es suficiente para contrarrestar los efectos nocivos de ese tipo de explotación, el Estado actúa para sentar condiciones mínimas. Es, por supuesto, un caso de tutela. Ojalá la empatía fuera suficiente.
  • Corridas de toros y peleas de gallos. Son los eventos en donde mejor se evidencia la existencia de personas cuya empatía hacia los animales es nula. Más allá de lo aquí expresado, personalmente desconfío de esta clase de personas. Desconfío porque creo que si son incapaces de mostrar esa empatía, debe también resultarles complicado mostrarla hacia otras personas («el que es fiel en lo poco…»); según lo dicho, si muestran complicaciones en exhibir empatía en lo extraño, ¿no será también difícil que la muestren en lo semejante? Se trata, además, de un comportamiento hedonista: mi placer por encima de cualquier sufrimiento.
  • Comer perro en China. Eso que a los occidentales nos parece tan repugnante es una paradoja. Se juzga a los chinos por su costumbre de comer perro; se les carga con el peso de la ignominia por no ser empáticos con ellos. Pero no vemos la viga en el nuestro: no somos empáticos con los chinos porque no comprendemos sus tradiciones. Y ellos son humanos. Así que, considerando lo expuesto, es igual matar a un perro para comérselo que una vaca. Y una hormiga, un murciélago, una gallina y un gato. Claro, nos parece un horror porque los perros son cercanos a nosotros, los de Occidente; pero no hay coherencia en ese razonamiento. Nos horroriza ver en nuestros aliados cercanos lo que hacemos con otras especies. Nuevamente, lo ideal consistiría en no tener la necesidad de matar a ningún animal para poder alimentarnos. Y lo segundo mejor sería matarlos sin hacerlos experimentar sufrimiento.
  • Experimentos cosméticos y médicos. Creo un error sobreponer la vanidad al dolor de otro ser. Según lo dicho, el uso de animales para pruebas cosméticas podría considerarse inmoral. Lo que respecta a experimentos médicos es más complejo. No cabe duda de que el valor máximo para una persona es la vida humana; preservarla es, quizá, la tarea más importante. ¿Debe preservarse a cualquier costo? Tal vez no, pero sí se puede pagar uno muy alto. Así que, nuevamente basados en las anteriores consideraciones, son justificados los experimentos médicos, siempre que no haya alternativa. Infligir dolor en otros seres debe ser el último recurso y no debe abandonarse la investigación que pueda sustituir su uso.

Vivamos minimizando el dolor. El dolor de cualquiera: camine, se arrastre, esté quieto o sea diminuto. Apenas estamos aprendiendo a ser Goliat.

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