Jorge, Pablo, Bruno y yo nos hemos preguntado en esta ocasión acerca de los derechos de los animales. ¿Existen?, ¿de dónde provienen? A continuación expongo mi punto de vista.
El Derecho es fundamentalmente una colección de
preceptos que tienen por objeto defender a unos hombres de otros. Dos
consideraciones resultan esenciales en esta concepción. La primera consiste en
que el Derecho no es un concepto que se encuentre en la naturaleza, es decir,
el Derecho no es inherente a ninguna creatura. Algunos derechos que ahora nos
parecen fundamentales solo son convenciones sociales que han sido modificadas
varias veces a lo largo de la historia de la humanidad. La segunda
consideración es que la intención última del Derecho es la de salvaguardar a
las personas. Piénsese en las leyes que protegen cierto tipo de vegetación; en
un primer momento, parece que estas disposiciones persiguen un beneficio para
la naturaleza, más que para algún hombre; sin embargo, lo que realmente motiva
a dichas leyes es evitar perjudicar a otro hombre (incluso a un hombre
hipotético o futuro), ya sea porque tal persona aprecia esa vegetación o porque
la misma puede ser útil para mantener el ecosistema del que un grupo de
personas forma parte. El Derecho es, por tanto, completamente antropocéntrico.
Entender el Derecho bajo esta perspectiva
constriñe el análisis a una visión humana. ¿De dónde proviene entonces aquello
que hemos dado en llamar «derechos de los animales»? Por lo expuesto, el nombre
correcto debería ser «derechos (humanos) por lo que respecta al trato que
deberá dársele a los animales». Por supuesto, es un nombre demasiado largo como
para pensar que alguien lo utilizaría –yo sería el primero en criticarlo–, pero
da una mejor idea de lo que realmente pretenden ser. No es, por lo demás, una
mera cuestión de nombres el meollo de este asunto.
Pasemos a los pormenores, que es donde –nunca
mejor dicho– la puerca tuerce el rabo. ¿Cómo se debe tratar a los animales? Los
extremos siempre son ilustrativos. Por un lado, hay quienes ven en los animales
objetos, herramientas y consumibles útiles al ser humano. Mercancías,
decoración, trofeos. Cosas, al fin. Hay, por otro, quienes sostienen que todos
los animales, en tanto seres vivos, merecen un respeto similar al de los seres
humanos. Estas apreciaciones están basadas, según me parece, en el grado de
empatía que generan los animales en cada persona. Conviene aclarar que ese
grado de empatía es tan particular, que varía según la especie del animal que
se trate e incluso de las circunstancias en las que se halle.
La empatía, paradójicamente, es un mecanismo
egoísta. Sentimos lástima de alguien no porque comprendamos su pena o dolor,
sino porque esa persona es el río en el que nos vemos reflejados. Lo deja ver
ya la misma definición coloquial del término –que es la que cuenta–: «ponerse
en los zapatos del otro». Y cuando lo hacemos sentimos la tristeza, el miedo y
la angustia del otro; pero no por el otro, sino por nosotros mismos. (¡Oh,
desgracia! Hemos encontrado al sentimiento vil del egoísmo detrás de la mampara
de la siempre denostada colaboración y sus inmaculados hijos: la justicia
social, las comunidades, el bien común. Dejemos atrás la hipocresía y
aceptémonos como seres fundamentalmente egoístas; eso es lo que traería un
verdadero progreso social).
Tenemos cierta predisposición a sentir empatía
por lo semejante. Nos duele más una catástrofe en México que una en Japón,
aunque la segunda haya cobrado más víctimas. No es sorprendente: es más fácil
ver en lo semejante a nuestro yo. Así, es claro que podemos sentir empatía
fácilmente por una persona y que sentiremos, en orden descendente, menos por
una mascota, un mamífero, un pez, un insecto, una planta. También sentimos
mayor empatía por los indefensos y por los pequeños (he ahí el éxito del mito
de David y Goliat). ¿No nos parecen más trágicas las imágenes de guerras que
muestran la muerte de un pequeño? (Eso lo saben a quienes les conviene hacer
guerras. Cuando salen a la luz imágenes de este tipo, tenemos por cierto que
algún gobierno intervendrá. Es la línea que no se cruza).
Y he aquí que llegamos finalmente al fondo del
asunto: los derechos de los animales no deben hallarse en el cuerpo legal de un
estado, sino que pertenecen al ámbito moral. Es así porque no hay manera de
regular la empatía; nadie puede obligarnos a sentirnos afectados por tal o cual
evento; nadie sino nosotros mismos. Así como no es ilegal sentirse culpable o
no por matar a una persona, la facultad del Derecho no llega hasta allí. Es una
cuestión puramente individual.
Ahora bien, ¿nos dice algo la moral respecto al
trato que debemos dar a los animales? Encontramos una norma básica: no debe uno
congraciarse con el dolor o el sufrimiento ajenos. El dolor es una sensación
desagradable para cualquiera. Por supuesto, no podemos comprender cómo es que
lo experimentan otras especies (¿podemos comprender ya cómo lo experimentan
otros humanos?), pero eso no significa que podamos procurarlo de manera impune.
Principio precautorio: evitar cualquier dolor a cualquier ser,
independientemente de nuestro conocimiento sobre la experiencia de dolor que
ellos presentan. A partir de nuestra experiencia, el dolor es un fenómeno poco
grato; ¿por qué deberíamos procurar generar dolor en otro ser? Más importante
aún: ¿qué provecho se saca del dolor?
Habiendo aclarado la posición legal y moral del
trato a los animales, estamos ahora en condiciones de llevar estas conclusiones
al ámbito práctico:
- ¿Debe tratarse de igual modo a todos los animales? Como he dicho, la empatía (fuerza que determina el trato hacia los animales) encuentra un camino más fácil hacia lo semejante. En primera instancia nos parece menos grave matar a un insecto que a una ballena; analizando mejor la cuestión, no hay ningún sostén para ello. No buscar el sufrimiento de otros seres es una premisa moral y es independiente del tamaño, color y aspecto del ser.
- ¿Debemos dejar de comer animales? El sufrimiento y la muerte son fenómenos distintos. Uno puede hacer sufrir sin matar a un animal y también viceversa. Matar sin dolor a los animales es una muestra exquisita de empatía. En este mundo, todos los animales matan para comer (incluso los herbívoros). El hombre se acerca a la capacidad de alimentarse sin matar; idealmente, es deseable. La consistencia y aspecto de los alimentos que no provienen de la muerte de un animal, así como una tradición culinaria de millones de años impiden la viabilidad de este ideal en el horizonte cercano. Pero no nos engañemos: el argumento que he construido no implica que debamos ser vegetarianos todos, ya que esto consiste únicamente en trasladar el dolor y la muerte de los animales sacrificados para consumo hacia las plantas. Ignoramos la experiencia de dolor (si es que la tienen); así que también ellas deben ser favorecidas del principio precautorio.
- Condiciones en las que viven animales de engorda. Mucho se ha criticado la manera como son criados los animales destinados al sacrificio. Esas condiciones son determinadas no ya por el grado de empatía de quienes operan esas empresas, sino por una cuestión de maximización de beneficios. Es ahí donde aparece el papel de la legislación: dado que la empatía no es suficiente para contrarrestar los efectos nocivos de ese tipo de explotación, el Estado actúa para sentar condiciones mínimas. Es, por supuesto, un caso de tutela. Ojalá la empatía fuera suficiente.
- Corridas de toros y peleas de gallos. Son los eventos en donde mejor se evidencia la existencia de personas cuya empatía hacia los animales es nula. Más allá de lo aquí expresado, personalmente desconfío de esta clase de personas. Desconfío porque creo que si son incapaces de mostrar esa empatía, debe también resultarles complicado mostrarla hacia otras personas («el que es fiel en lo poco…»); según lo dicho, si muestran complicaciones en exhibir empatía en lo extraño, ¿no será también difícil que la muestren en lo semejante? Se trata, además, de un comportamiento hedonista: mi placer por encima de cualquier sufrimiento.
- Comer perro en China. Eso que a los occidentales nos parece tan repugnante es una paradoja. Se juzga a los chinos por su costumbre de comer perro; se les carga con el peso de la ignominia por no ser empáticos con ellos. Pero no vemos la viga en el nuestro: no somos empáticos con los chinos porque no comprendemos sus tradiciones. Y ellos son humanos. Así que, considerando lo expuesto, es igual matar a un perro para comérselo que una vaca. Y una hormiga, un murciélago, una gallina y un gato. Claro, nos parece un horror porque los perros son cercanos a nosotros, los de Occidente; pero no hay coherencia en ese razonamiento. Nos horroriza ver en nuestros aliados cercanos lo que hacemos con otras especies. Nuevamente, lo ideal consistiría en no tener la necesidad de matar a ningún animal para poder alimentarnos. Y lo segundo mejor sería matarlos sin hacerlos experimentar sufrimiento.
- Experimentos cosméticos y médicos. Creo un error sobreponer la vanidad al dolor de otro ser. Según lo dicho, el uso de animales para pruebas cosméticas podría considerarse inmoral. Lo que respecta a experimentos médicos es más complejo. No cabe duda de que el valor máximo para una persona es la vida humana; preservarla es, quizá, la tarea más importante. ¿Debe preservarse a cualquier costo? Tal vez no, pero sí se puede pagar uno muy alto. Así que, nuevamente basados en las anteriores consideraciones, son justificados los experimentos médicos, siempre que no haya alternativa. Infligir dolor en otros seres debe ser el último recurso y no debe abandonarse la investigación que pueda sustituir su uso.
Vivamos minimizando el dolor. El dolor de
cualquiera: camine, se arrastre, esté quieto o sea diminuto. Apenas estamos
aprendiendo a ser Goliat.

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