viernes, 19 de julio de 2013

De los símbolos



"En un corredor vi una flecha que indicaba una dirección y pensé que aquel símbolo inofensivo había sido alguna vez una cosa de hierro, un proyectil inevitable y mortal, que entró en la carne de los hombres y de los leones y nubló el sol en las Térmópilas y dio a Harald Sigurdarson, para siempre, seis pies de tierra inglesa."
J. L. Borges

Hace cerca de nueve meses, emprendí la aventura de leer un libro sobre símbolos: el Diccionario de los Símbolos de Chevalier y Gheerbrant. No fue sino hasta hace un par de semanas que lo concluí. El resultado no pudo haber sido más satisfactorio. Por primera vez en mi vida sentí lo que lo Dante debió haber experimentado durante su jornada por los cielos e infiernos. Chevalier y Gheerbrant fueron el Virgilio que me condujo por los intrincados laberintos de la imaginación, así como de la psicología e historia humanas.

Hacer un viaje por los principales símbolos de la humanidad es hacer un recuento de la historia del hombre. Es también una expedición a lo más profundo de él (sus esperanzas y temores, su concepción del universo, su lugar dentro de este, su pasado y futuro) y, por tanto, permite una mejor comprensión no solo de elementos artísticos comunes, sino también del desarrollo de la visión cosmogónica del ser humano. Al terminar de leer este diccionario, tuve una sensación similar a la que se tiene cuando se ha aprendido un nuevo idioma, aunque mucho más profunda y rica.

El objetivo de esta entrada es compartir el significado de algunos de los símbolos que figuran en el diccionario. Antes de eso, sin embargo, es conveniente exponer algunos puntos introductorios de los símbolos. El símbolo es, ante todo, una representación (casi siempre una figura) cuya pluralidad de significados se circunscribe a un contexto social particular. Lo anterior implica que los símbolos pueden o no ser universales; su universalidad dependerá de la existencia del inconsciente colectivo jungiano.

Más allá de creer o no en la existencia del inconsciente colectivo, pueden considerarse otros caminos dentro de la Psicología que ofrezcan la explicación a que existan ciertos símbolos que son constantes en el hombre, incluso en civilizaciones muy distantes en tiempo y espacio. Uno de ellos es el evolutivo. El profesor Paul Bloom de la Universidad de Yale señala al respecto que más hombres mueren por arma de fuego y accidentes de auto que por mordeduras y picaduras de serpientes y arañas; no obstante, se teme más a estos animales que a las armas y los autos. La razón es que en nuestro proceso evolutivo hemos generado un miedo natural hacia esos animales: "These are things that are scary in our ancestral environment. More particularly, these are things that through the course of human evolution have been dangerous to us." En este sentido, los símbolos son aún más ricos de lo que parecen en primera instancia, pues resultan una memoria de nuestra evolución.

Es por esta razón que muchas veces, durante la lectura del diccionario, me daba la impresión de que ya conocía qué es lo que significa tal o cual símbolo. Me sentí, por momentos, en el mundo epistemológico de Platón: en realidad no estaba aprendiendo el significado de los símbolos, sino que únicamente mi alma estaba recordando sus significados, los cuales ya conocía en el mundo de las ideas. Cuánto de esa sensación se debe al influjo continuo que al respecto ofrecen todos los medios (arte, televisión, cine, leyendas, cuentos...), y cuánto a las sensaciones innatas del ser humano (en particular, el miedo), es una pregunta que la Psicología podría responder.

Por otra parte, el signo y el símbolo se encuentran ampliamente relacionados: ambos son representaciones cuyo significado depende del contexto social. La diferencia fundamental entre ambos conceptos es que el signo no es plurisignificativo. La intención del signo es dar un mensaje específico; la del símbolo, por su parte, es mostrar una idea, pero sin agotarla, lo que permite que el receptor enriquezca el significado del símbolo. El símbolo es, en ese sentido, una guía más que un mensaje cerrado. En palabras de Chevalier: "[e]l símbolo se distingue esencialmente del signo en que este es una convención arbitraria que deja el significante y el significado (objeto o sujeto), ajenos uno a otro".

Hay, finalmente, una forma más radical de entender los símbolos: como lenguaje último. Es verdad que el símbolo es ambiguo, pero también es cierto que no hay ningún otro lenguaje que pueda expresar más riqueza que el de los símbolos. Puedo incluso pensar que lo inefable es simbolizable. ¿No es la palabra "inefable" un símbolo disfrazado de un signo? Para Olives Puig "[e]l símbolo es fundamento de todo cuanto es. Es la idea en su sentido originario, el arquetipo o forma primigenia que vincula el existir con el Ser".

Como el motivo de la entrada es más bien el de orientar y servir como breviario, no ahondaré en el significado de cada símbolo; más bien, indicaré cuáles son las interpretaciones más significativas de cada uno y, en su caso, daré algunos ejemplos. Sin más preámbulos, prosigo con la exposición de los significados de algunos símbolos selectos.

Árbol
El árbol de la ciencia del bien y del mal
El árbol es uno de los símbolos de mayor riqueza de significados. En primer lugar, es un símbolo axial, es decir, constituye el eje del mundo, sobre lo que este gira. Un buen ejemplo de esta interpretación es el árbol de la vida del Génesis: es el eje axial, la columna que sostiene la verdad y la vida: quien atenta contra él debe morir. Otra interpretación del símbolo del árbol y que tiene que ver con su valor de eje, es considerarlo un puente (vertical) entre la tierra y el cielo. En este sentido, es un símbolo ascensional y un ejemplo de cómo debería vivir el hombre: alimentándose de la tierra y elevándose hacia dios. Un árbol invertido, por su parte, indica que todo lo bueno tienen su raíz en el cielo y esa bondad tiene sus frutos por toda la tierra. Finalmente, un árbol de hojas caducas es símbolo de renovación, de ciclo perpetuo; uno de hojas perennes, simboliza la inmortalidad.

Centro
Tonatiuh: centro de la piedra solar
El cenro forma parte de los cuatro símbolos denominados fundamentales, los cuales, además, incluyen al círculo, a la cruz y al cuadrado. El centro es, ante todo, el Principio; es de donde emanan la fuerza y el conocimiento; es el lugar de donde proviene la luz. Las ciudades antiguas son un ejemplo de la importancia del centro, que es donde se construían los edificios de gobierno y el templo principal. Es, además, el "lugar de concentración de las fuerzas opuestas, el lugar de la energía más concentrada". El centro es el motor del movimiento, es de donde emana toda energía. También simboliza la ley organizadora, lo cual es ampliamente reconocible en la forma de gobierno conocida como centralismo. El centralismo comparte todas las interpretaciones del centro.

Círculo
Stonehenge: 4 círculos concéntricos
El significado del círculo se encuentra plenamente relacionado con la perfección y la divinidad. Me atrevo a decir que esta relación proviene de la circularidad de los dos objetos celestes principales: el Sol y la Luna. Es símbolo de dinamismo, lo cual proviene del movimiento a través del cielo del Sol y la Luna, así como de la facilidad con que un objeto con base circular (un cilindro o una esfera) rueda por el suelo. El círculo también simboliza el tiempo, toda vez que, para los antiguos, el tiempo volvía en sí mismo, se repetía en un ciclo eterno. Sin contar la línea, el tiempo no puede ser cuadrado o triangular, ni de ninguna otra forma geométrica, pues pensamos en él como algo que siempre vuelve, que no tiene principio ni fin. (Me parece extraordinario pensar como un "ciclo" las estaciones del año. ¿No sería más ilustrativo imaginárnoslas como un cuadrado por ser cuatro? ¿Es esto parte del inconsciente colectivo o consecuencia de lo que hemos visto en diagramas y dibujos?) Entre otras cosas, el círculo también representa el cielo y el Sol y, por consecuencia, es un símbolo del universo y de la totalidad.

Cruz
Diferentes tipos de cruces
La cruz establece la relación entre los cuatro símbolos fundamentales: crea el centro a partir de la intersección de sus dos rectas; si se unen sus puntas, crea el círculo y señala su centro; crea el cuadrado cuando se unen con rectas sus puntas (en el caso de una cruz simétrica). En términos generales, la cruz tiene dos tipos de significados. El primero hace referencia a sus cuatro puntas, los cuales, sin duda, están relacionados con los cuatro puntos cardinales, así como con los cuatro elementos. En ese sentido, la cruz es un símbolo de totalidad. El segundo tipo de significado es más místico y apela a la unión: es un símbolo axial, y a la vez un eje horizontal; por tanto, es también un símbolo de totalidad en el sentido espacial. En un sentido más metafísico, es el puente que une lo de arriba (el cielo) con lo de abajo (la tierra) y que une también a los hombres (el palo horizontal). Al ser un puente, es símbolo del mediador, del intermediario y tiene una función de síntesis. A la luz de estas interpretaciones, no es difícil adivinar por qué Jesús muere en una cruz. La cruz de Cristo tiene una relación muy evidente con el árbol de la vida: es un símbolo ascensional, es un eje del mundo; incluso el material con que está hecha la cruz (madera) nos recuerda ese vínculo (sacramentum ligni vitae).

Cuadrado
La Kaaba
Así como el círculo simboliza el cielo, el cuadrado simboliza la tierra. Más que una contraposición del círculo, el cuadrado simboliza lo creado. Comparte con la cruz la simbólica del número cuatro, el cual hace referncia a lo sólido y a lo tangible. El cuadrado también es símbolo de la estabilidad, de antidinamismo. Un buen ejemplo de ello es que las ciudades y casas antiguas tienen forma cuadrada, mientras que los campamentos y tiendas son circulares. El famoso intento griego de cuadrar el círculo, tuvo una implicación más mística en los astrólogos de la Edad Media y del Renacimiento, para quienes este problema representaba una mayor dificultad: "la introducción del individuo material en la espiritualidad del Cosmos o en Dios". 

Luna
La Luna en su fase menguante
La Luna es el principio femenino por excelencia. La relación entre este astro y la mujer se debió muy probablemente a la similitud de la duración de las fases de la Luna y el ciclo menstrual. No solo por eso la Luna es un símbolo de los ritmos biológicos, sino también porque emula el ciclo de la vida: nace, crece, está en plenitud, decrece y muere. Como su muerte no es definitiva, es un símbolo del perpetuo retorno. Al reflejar la luz del Sol, la Luna es símbolo del conocimiento indirecto, teórico, conceptual. Es principio pasivo y está relacionada con las aguas. Esta relación con las aguas muy probablemente devenga de que es durante la noche cuando aumenta la marea (esta relación se exhibe en la mitología azteca, donde Tláloc dios de la lluvia– es padre de la Luna). Según la tradición islámica, la Luna fue creada por Alá y él "determinó las fases de esta para que sepáis el número de años y el cómputo [del tiempo]"; es por ello que para los musulmanes, la Luna es símbolo de medida del tiempo, como para los no musulmanes lo es el reloj.

Montaña
Monte Fuji
La montaña es símbolo de la trascendencia (debido a su altura) y del centro (debido a su majestuosidad), lo que la hace un lugar ideal para ser morada de los dioses. El Sinaí, el Monte Olimpo, el Monte Fuji, son ejemplos de la deificación de las montañas. Por lo anterior, la montaña es un puente entre el cielo y la tierra y, en ese sentido, participa del simbolismo del árbol y la cruz. Por su majestuosidad, es símbolo de lo inmutable y de lo estable. La pintura japonesa representa comúnmente una montaña y un curso de agua, lo que simboliza la inmutabilidad y la impermanencia (es decir, el yin y el yang). Como todo símbolo, el de la montaña también puede ser pervertido; así, en el Antiguo Testamento los lugares altos están relacionados con el culto a otros dioses en detrimento de la obediencia a Yahveh, por lo que, al igual que la torre babilónica, los lugares altos son símbolo de la pretensión humana.


No queriendo agotar la paciencia del lector, dejo hasta aquí el listado de los símbolos. En una subsiguiente entrada abordaré otros tantos símbolos, a los que agregaré los que ustedes deseen y me hagan saber. Espero sus comentarios y sugerencias para incluir en la lista.


sábado, 13 de julio de 2013

¿El concepto de Arte está necesariamente ligado a la Belleza?






El presente ejercicio también derivó de la discusión de ideas entre Jorge (el Abuelo), Pablo y yo. Les recomiendo que visiten sendos blogs: La Tertulia del Abuelo y Virtus Verita. En primera instancia, muestro el texto en que plasmo lo que opino acerca de la relación entre el Arte y la Belleza; en un segundo apartado respondo a las opiniones de mis amigos.




Resulta imposible responder a esta pregunta sin previamente haberse posicionado respecto a lo que se considera Arte. El Arte es una actividad humana muy particular. El Arte es el resultado de un proceso mediante el cual una persona refleja parte de su realidad o de su imaginación a través de la creación. El resultado de este proceso, a su vez, debe poseer características particulares. En primer lugar, debe ser original; debe ser original porque son únicas la realidad, la imaginación y los recursos con que el autor de la obra cuenta. En la reproducción o copia de una obra solo hay técnica, pero se carece del proceso de creación que dio origen a ese resultado.
En segundo lugar, el Arte debe tener una técnica refinada. La refinación se refiere a que no basta con tener una buena idea, sino que hace falta tener habilidad (y hacer uso de ella) para plasmarla. Tampoco basta con tener habilidad y no tener una buena idea. Es decir, ni La Fuente de  Duchamp (buena idea, pero sin habilidad) ni la película “The Avengers” (mucha habilidad, pero sin una buena idea) pueden ser considerados Arte.
Ahora bien, esta refinación debe ser entendida desde la restricción de recursos físicos con que cuenta una persona. Así, por ejemplo, juzgar una película de inicios del siglo pasado utilizando criterios actuales va en contra de una buena definición de Arte. Así también, las pinturas rupestres son Arte si consideramos que los primeros hombres tenían muchas limitaciones de materiales. Más aún, otra implicación de esta característica es que algún preso puede ser capaz de realizar una obra de arte, y que en su beneficio se le juzgará que tuvo la limitación al acceso de ciertos materiales.
Otra característica del Arte es la forma. La forma está ampliamente relacionada con la técnica. Con la forma me refiero a la manera como la persona expresa lo que quiere dar a entender. Por ejemplo, en el caso de la Literatura, no es lo mismo escribir: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte” que decir: “Dense cuenta que la vida es corta y la muerte se aproxima”. Ambos textos son originales y tienen una idea similar, pero cambia drásticamente la forma como se expresa.
Quizá es más claro en la escultura: ¿qué habría ocurrido si Buonarroti, en lugar de crear La Piedad hubiera creado algo amorfo que simbolizara lo que representa esa obra? Sin duda sería original y quizá hubiera tenido una buena idea para justificar su escultura. Tampoco sería falta de técnica lo que presentaría esta pieza, porque seguramente Miguel Ángel habría dado las cinceladas correctas para su creación. Lo que no permitiría que fuera admitida dicha obra dentro del concepto de Arte sería la forma.
La última de las cinco patas de esta mesa que llamamos Arte es la característica de ser mayormente autocontenida. Esto quiere decir que quien contemple una obra debe ser capaz de entender la idea general que quiere representar su creador. Si una pintura o una escultura necesitan de una explicación verbal o textual para su comprensión, no es Arte. Con mayormente me refiero a que el motivo principal de la obra no debe ser tan oscuro que no sea comprendido para alguien medianamente instruido. Y aquí está el problema de la universalidad del Arte. Soy de la opinión de que el Arte debe ser lo más universal posible y que sea a través de la variedad de interpretaciones como uno pueda disfrutar a distintos niveles una misma obra.
Tras esta larga introducción sobre el Arte, procedo a ubicar la Belleza en este contexto. De las cinco características del Arte arriba mencionadas, solo en dos de ellas la Belleza toma especial relevancia: en la idea y la forma. Respecto a la primera, una idea puede ser bella o desagradable. No es necesario que la idea sea bella para que una obra sea considerada arte. Ejemplos, hay varios: Lacoonte, Fusilamiento de Maximiliano o el Infierno de Dante. Estas obras, considerando únicamente su idea, atentan contra la Belleza.
Con lo que respecta a la forma, la Belleza resulta imprescindible. El cuidado de la forma es, casi por definición, la Belleza misma. En realidad, la Belleza surge de la comunión armónica de la forma y la técnica. Si la forma y la técnica son excepcionales, irremediablemente la obra es bella. De lo anterior se colige que el concepto del Arte está necesariamente ligado a la Belleza y el nexo es a través de la forma.
Para ilustrar los dos párrafos anteriores, propongo comparar dos cuadros: uno de Goya y otro de Rubens. En ambos casos, se ilustra una idea que dista de ser bella: un padre devorando a un hijo. Una idea macabra, sin lugar a dudas. Ahora bien, el cuadro del español me parece de menores méritos, y me lo parece así porque la forma como está pintado su cuadro es más burda. En otras palabras, a pesar de que las dos obras cumplen con las cinco características del Arte, dado que la obra de Rubens tiene mejor forma, es más artística que la de Goya.
Finalmente, ¿qué hace que una forma sea más bella que otra? Una forma será más o será menos bella conforme se acerque o se aleje del ideal que tenemos del objeto (físico o abstracto) que representa la obra. Dado que la concepción de perfección (de objeto ideal) es relativa –depende de los gustos particulares de cada persona–, una forma puede ser bella para algunos y fea para otros. Esto tiene consecuencias graves: al ser relativo el objeto ideal, la sensación de lejanía o cercanía de una obra con ese objeto ideal también es relativa, por lo que el concepto de Arte es relativo.
Propongo un ejemplo para lo anterior: supongamos que se reúnen todos los museos del mundo para hacer una exposición con las obras que son consideradas (por todos) como Arte. Supongamos que se llega a un acuerdo y se eligen unas cuantas obras; digamos, la Giocconda, el David, el Taj Mahal, Para Elisa... De llegar algún extraterrestre (o, sin ir más lejos, un individuo de una tribu lejana de África o Brasil), ¿considerarían como Arte estas obras? Lo pongo en duda, pues este visitante tiene otras formas ideales y las obras ahí expuestas se alejan de dichas formas; por lo tanto, no es bello y, entonces, no es Arte.
Otros ejemplos menos fantásticos están a la mano: ¿quién de nosotros considera bella una nariz prominentemente jorobada o a una mujer con un cuello de 20 centímetros? Los mayas y alguna cultura africana lo consideraban, respectivamente, bello. Una mujer considerada bella en la década de los sesenta era sumisa a su marido y no tan delgada: el concepto de Belleza es relativo. La pretensión del Arte es buscar la universalidad, aunque sepa que esa tarea es imposible de conseguir, pues habría que homogenizar todos los gustos (para todas las culturas, para todos los individuos y para todos los tiempos) para que coincidan todas las nociones de perfección. La tarea del Arte es alcanzar ser universal para la mayor cantidad de personas y cumpliendo con los cinco criterios mencionados.

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Comentarios a Jorge:

No basta conmover las pasiones humanas para que se trate de belleza. La Belleza conmueve, pero no es lo único que lo hace. Hay cosas que son realmente horribles y ese horror mueve pasiones, pero no por eso son bellas.
No creo que haya una belleza o una fealdad universal. Como el mismo texto lo indica, la belleza puede darse dentro de un contexto, dentro de un subgrupo de personas que han aprendido cómo deben lucir las cosas bellas. Si a un subgrupo de personas se les dice desde pequeños que La fuente de Duchamp es bella, al crecer dirán que es bella, “because they were told to believe that”. Eso hace a la belleza una convención, algo relativo y no universal. Desde esta perspectiva, las obras que consideramos universalmente bellas no lo son sino únicamente en el sentido de que son consideradas bellas por un numeroso grupo de personas; habrá otro tanto de personas que consideren que eso no es bello. Por tanto, no podemos hablar de universalidad.
El Abuelo dice: “[l]a moral juega un papel muy importante en el arte”. No me queda claro de qué manera se realiza esa relación. ¿La moral afecta la noción de Belleza y, a su vez, eso afecta el Arte? Creo que hay, cuando menos, una cosa que afecta más a la Belleza y es la apariencia. En todo caso, pienso que antes de que el Arte intente agradar a la moral (o ceñirse a sus preceptos), intenta agradar a los sentidos. Un ejemplo de eso lo podemos apreciar en los inicios del twist y el jazz: por algún tiempo fue considerada música impropia, todo un escándalo y una afrenta a los valores de la época, pero fue haciéndose de seguidores porque encantaba a los sentidos. Por eso podemos decir que, aunque prohibido, el Arte puede seguir encantado.



Comentarios a Pablo:

Pablo y yo coincidimos en entender el Arte como una actividad humana. Caben algunas preguntas al respecto: ¿algo que no sea humano (un animal, una máquina) es capaz de hacer objetos artísticos?, ¿es posible que un animal, por accidente o por entrenamiento, sea capaz de producir Arte?, ¿podría una máquina hacer Arte a partir del estudio de cánones de diferentes épocas? Estas preguntas tienen un fondo común: ¿es la voluntad parte del proceso de generación del Arte? Pablo argumenta al respecto que, para ser Arte, se debe tener intención (pone los ejemplos del atardecer, del fabricante de cañones y de las pinturas rupestres). Lo que no nos dice es por qué es una condición necesaria. Pongo dos contraejemplos: si una persona altamente comprometida intelectualmente (por ejemplo, un autista) genera un objeto artístico, probablemente no tenga intención de generar emociones en otro ser humano, pero quizá la obra que elaboró sí sea apreciada como Arte. El otro contraejemplo: si las pinturas rupestres fueron hechas con la intención de invocar alguna fuerza, a algún dios (intención muy distinta de generar emociones a otro humano), entonces no son Arte; pero si buscaron generar emociones, entonces sí. ¿Y cómo saberlo?
Un aspecto que aborda la definición que ofrece Pablo es que los objetos deben ser reconocidos como generadores de experiencias estéticas. Esto tiene una implicación importante, pues de esta afirmación se desprende que el Arte, entonces, es un proceso que culmina con un espectador (aquí Pablo diría que el espectador es parte del Arte, pero no del objeto artístico). Lo que la definición no indica es quién debe reconocer esos objetos. La pregunta no es baladí: si basta uno solo para que eso ocurra, entonces casi todo sería Arte, pues, al menos para su ejecutor, el objeto creado generaría experiencias estéticas en él mismo. Pablo no se define al respecto, no aborda el problema de la universalidad del Arte; únicamente menciona dos puntos de vista al respecto.
Por otra parte, la definición bosquejada por Pablo no es precisa del todo. Nuevamente, recurro al contraejemplo para ilustrar mi punto de vista: en Internet es relativamente sencillo encontrar videos de grupos de narcotraficantes en donde matan cruelmente a alguno de sus adversarios. Desde la definición de Pablo, esto constituye un objeto artístico, pues es una actividad humana, realizada de manera intencional y genera una experiencia estética (entendida como él mismo define “experiencia estética”: “[e]s el fenómeno al nivel de la percepción de que un objeto, tangible o no, evoca a través de nuestros sentidos un conocimiento, personal o común, que nos refiere emociones intelectuales, morales o pasionales”). Este acto de homicidio, genera emociones intelectuales (¿qué debe hacer el Estado por evitar que este tipo de acontecimientos ocurra?), morales (¿los hombres que cometen el homicidio deberían ser juzgados de igual manera que quien se los ordenó?) y pasionales (¡esto es el vivo terror!, ¡uno no puede salir así a las calles!). ¿Esto, entonces, es un acto artístico superlativo porque refiere a todo tipo de emociones? Ahí es donde uno tiene que considerar la belleza del acto; pero, como lo establezco en mi aportación, esta búsqueda de la belleza es únicamente a través de la búsqueda de la perfección en la forma, no en la idea.



lunes, 20 de mayo de 2013

Razones para creer o no creer en Dios



Esta entrada es el resultado de un ejercicio que realizamos Pablo Soto y yo en torno a nuestras razones para creer o no en el dios judeocristiano. La idea surgió por nuestras conversaciones respecto a este y otros temas afines. Creemos que el intercambio fue fructífero y que abre nuevas discusiones. Ahora lo compartimos con la esperanza de recibir comentarios, análisis y críticas a nuestras posiciones.

En la primera parte de la entrada planteamos nuestros argumentos y en la segunda emitimos un comentario sobre la colaboración del otro.

¿Por qué creo en el Dios del cristianismo?
Pablo Ignacio Soto Mota

El Dios del cristianismo es el agente creador del Universo, es la Verdad que lo subyace y el que ha decidido su objetivo. Además, es un Dios histórico, pues ha entrado en la historia de los hombres a través de Jesús. A su vez, la revelación de Jesús sobre el Padre es que este es consistentemente Amor y nos llama a ser partícipes de este. Por tanto, el Dios cristiano es la Verdad creadora del Amor manifestada en Jesucristo, quien revela que el propósito que el Padre ha dado a los hombres es la eternidad en la participación de su bienaventuranza.

La aceptación de la revelación de Jesús no es una obligación sino una opción. Hay que enfrentarse al momento de la decisión sobre si creer o no en el Evangelio. Es decir, creer que existe esa dimensión en la que el destino inexorable de los humanos— la muerte— ha sido vencido por la pasión de Jesús. Por eso, la pregunta que hemos acordado responder se transforma en la siguiente ¿por qué creo en el Evangelio, la propuesta del cristianismo?

La propuesta Evangélica es, por una parte, una postura filosófica, en tanto que es una afirmación sobre la Verdad y, por otra, una invitación mística impulsada por una experiencia emocional. La postura filosófica, única que puede ser debatida intelectualmente, sienta las bases de la aceptación de la invitación mística, aunque no alcanza a definirlas.

Con el análisis intelectual podemos concluir que son posibles las razones necesarias para que el Evangelio sea verdad, aunque no son suficientes. Del mismo modo, se acepta que se pueden obtener razones necesarias, aunque tampoco suficientes, de que no sea verdad. Por tanto, la disyuntiva en la que nos encontramos no es soluble de forma intelectual, sólo podemos afirmar que ambas posibilidades tienen potencial para ser verdad y podemos explicar qué es lo que nos lleva a optar por una opción determinada.

La postura filosófica del cristianismo puede ser dividida en su entendimiento de la naturaleza del hombre—con su ordenamiento moral consecuente— y su posición respecto a la realidad del Universo. ¿Pero es posible que sea verdad? ¿Son estas afirmaciones capaces de certeza?  

Sí. Muchos caminos nos llevan a intuirlas. El creer en la existencia de valores objetivos y naturales nos hace pensar que puede existir una naturaleza distinta de la que vemos. Lo mismo con nuestra apreciación de lo bello o lo agradable; valores ante los que sentimos que superamos nuestro ser corporal y limitado. Cuando nos encontrarnos con que el sentimiento religioso es compartido en casi todas las culturas, nos vemos invitados a concluir que nuestra humanidad incluye una necesidad de buscar un más allá. Las mismas glorias de la razón como el descubrimiento de un, por lo menos aparente, ordenamiento del universo, nos tienta a creer que el orden no es producto de nuestra mente— que debe esforzarse por descubrirlo— sino que surgió de una inteligencia mucho mayor. Lo cierto es que no podemos ni decir que estas intuiciones tienen un fundamento o que son aspiraciones espurias. Lo que no podemos negar es que son estos sentimientos los que empujan al ser hacia el descubrimiento de sí mismo, de lo desconocido, lo que, de hecho, lo han llevado a pensar que no hay tales valores, tal orden, tal sentimiento religioso. Si hemos de definir al ser humano, tendríamos que optar por eso: somos aquellos que buscan la Verdad, aun cuando sean incapaces de ella; somos aquellos que deseamos la eternidad, aun cuando nuestra muerte sea ineludible. 

Las afirmaciones filosóficas del cristianismo son posibles portadoras de verdad y de hecho, sostengo, constituyen categorías más amplias que su alternativa. Es decir, la experiencia cristiana implica la aceptación de una realidad con mayor complejidad que la propuesta materialista, expresada como el sinsentido de toda existencia.

El ser cristiano es aceptar permanecer en la disyuntiva entre elegir vivir como si el mundo fuera lo único existente o valorar una realidad que no vemos. Todo posicionamiento moral cristiano se basa en la característica falible del ser humano: somos pecadores. Pero une a este hecho la esperanza de una realidad nueva: la de hijos de Dios. La vivencia de cualquier moralidad, incluso de aquellas que no requieren de una creencia en Dios, implica estas dos condiciones, podemos tanto hacer el mal como el bien. Si el cristianismo tiene algo distinto es que, por un lado, nuestras acciones morales tienen alcances tanto mundanos como espirituales —lo que nos obliga a generar mejores juicios— y, por otro, la tranquilidad de que podemos aceptar nuestras fallas al verlas compensadas por la misericordia divina.

Ante el conocimiento, ante el poder de la razón, también se encuentra un campo más rico en el cristianismo. La visión del que dice que nuestro cerebro es capaz de matar a Dios, se contradice al también creer que somos insignificantes para el Universo. La razón tiene límites; la misma razón los ha encontrado. Existe lo desconocido para el ser humano, nos enfrentamos a misterios de toda índole. Lo que sepamos siempre será superado por nuestra ignorancia. Esa es una verdad indiscutible. El Dios del cristianismo obliga a creer esto, a no vanagloriarnos por aquello que parece alejarnos de la masa inerte. El cristiano, por tanto, lidia en un entorno en el que el conocimiento lo acerca a Dios al tiempo que lo llena de dudas; que lo pone de nuevo en el cruce del camino. Desde su origen, el cristianismo valoró casi por encima de todo la fe, ese saber sin certezas; por tanto, el cristianismo es aceptar vivir eternamente en esa balanza del saber y la ignorancia.

Ante la muerte, la experiencia cristiana acepta la realidad humana profunda y no sólo— como hace el materialismo— la finita condición biológica. No sólo somos aquello que vemos sino también lo que pensamos. Es una realidad que nos pensamos eternos: nuestros deseos no tienen límite, quisiéramos hacer planes perpetuos, una de nuestras grandes pasiones es buscar ser recordados, superando el tiempo. Morimos, pero creemos, deseamos, no hacerlo. El cristianismo, en su misterio más central, acepta eso y le da respuesta. Pero eso no quiere decir que nos quita la angustia: para poder compartir de la resurrección, primero debemos morir con fe. Morir para el cristiano se convierte, no en un patético final, sino en el momento de la mayor prueba. El Dios de los cristianos hace que morir sea un acto verdaderamente humano.

Optar por creer en el Dios del Cristianismo es elegir un camino con posibilidad  de ser verdad. Pero es, o al menos así lo he concluido, apostar por una visión de hombre más completa. Una que no huye de la naturaleza problemática del hombre sino que la abraza y la llena de esperanza. Ser cristiano es aceptar que, cualquier camino que tomemos es un salto de fe y que, por eso, podemos optar por ese que nos toma completos, con nuestras dudas y virtudes, nuestras certezas y nuestros errores. 

El cristianismo es la experiencia de la humanidad. El reconocimiento de eso mismo en otros es lo que hace a la comunidad, a la Iglesia. La catolicidad o universalidad es inseparable del cristianismo porque este, desde sus raíces, asume la universalidad de la condición humana, tanto en su parte del pecado como en la de su posibilidad de salvación. Soy cristiano porque he decidido vivir en plenitud la aceptación de mi humanidad; porque me acepto necesitado de aquello que sólo intuyo con mi razón y me sumerjo en la vivencia de una realidad que tan solo puedo saber posible pero en la que experimento mi ser en su totalidad. Soy católico porque veo en la existencia de otros una compañía que me complementa y porque creo que la unicidad de la verdad no puede generar divisiones. En fin, creo en el Dios del cristianismo porque me comprometo con el hombre que soy yo y me veo en el hombre que es Él.

¿Por qué no creo en el dios del cristianismo?
Alan Jiménez

Para creer en el dios judeocristiano es necesario creer en una serie de supuestos. El primer supuesto en el que debe creerse es en el de la existencia de un dios. La argumentación en contra de la existencia de dios es vasta; me gustaría recuperar únicamente algunos de los puntos que considero esenciales al respecto. Algunos creen que el universo no fue capaz de hacerse a sí mismo, que algo (o alguien) tuvo que crearlo y que a esa entidad se le conoce como dios (primer motor). Pues bien, no hay que ser agudo para intuir que lo único que hace este argumento es trasladar el problema de la self-creation del universo a dios. Es decir, la falla de este argumento consiste en indicar que el universo no fue capaz de crearse a sí mismo, pero declarar que dios sí pudo hacerlo.

Esta argucia nos conduce a la siguiente pregunta: ¿no es dios producto de la imaginería humana que busca subsanar su ignorancia respecto a ciertos temas? Los seres humanos han deificado los fenómenos que no han podido explicar de ninguna otra manera. Así, por ejemplo, Zeus era dios del rayo porque los griegos no sabían cómo explicar ese fenómeno; Atón, del Sol; Mictlantecuhtli, de la muerte; Tláloc, de la lluvia... Los dioses nacen a partir de la necesidad del ser humano de dar una explicación a los fenómenos cuyo origen desconoce. Conforme el ser humano fue dejando de ignorar algunas cosas, esos dioses dejaron de ser necesarios. En el tiempo actual, ignoramos a ciencia cierta el origen del universo. Ante eso, es natural que el hombre se incline a lo que siempre ha hecho: inventarse algo que explique ese fenómeno. Dios es eso, la resulta de la falta de humildad humana de reconocer que no es capaz (por el momento) de explicar el origen.

Para creer en el dios judeocristiano, una vez superada la prueba de existencia, debe aceptarse un segundo supuesto: que ese dios es el dios. ¿Qué ha hecho ese dios que lo distinga del resto de los panteones? ¿Qué pruebas nos indican que Dios (con mayúscula) es el dios verdadero? ¿Por qué creer en ese dios en específico? Unos dirán que es ridículo creer en Thor o en Huitzilopochtli, que son deidades que han demostrado ser falaces. Yo me pregunto si en alguna ocasión Dios ha dado una demostración de su existencia. Nuevamente, la única prueba de la que podría valerse es la del origen del universo, lo cual no prueba ni su existencia ni su unicidad. Mucho menos prueba que Dios sea el dios.

En ese mismo sentido, es más que una simple curiosidad el número de semejanzas que guarda la “historia” de Dios con las correspondientes a otros dioses. Vayamos a los ejemplos. El diluvio universal es una copia flagrante de un pasaje del Poema de Gilgamesh (lo que es natural, pues los judíos pasaron algún tiempo en Babilonia). Lo que es peor, es tan común creer en un diluvio universal que otras muchas civilizaciones (que presumiblemente no tuvieron contacto con los judíos) tienen su mito correspondiente, entre ellos los mayas, los mexicas y los incas. Incluso los griegos antiguos creían que Zeus había enviado un diluvio, aunque no se sabe si esto fue antes de que a los judíos se les ocurriera lo mismo.

Otra clara semejanza entre la historia de Dios (en este caso el dios cristiano, no el judío) es la idea de que es tripartita. ¿No es también, en la religión hindú, la triada Brahma-Vishnú-Shiva el dios todopoderoso? Más aún, ¿no habrá sido que los cristianos tomaron esa idea de la triada Osiris-Isis-Horus, considerando que pudo haber alguna influencia de quienes fueron sus amos durante algún tiempo? Las concordancias entre la religión del Dios y el resto de las religiones son muchas y, por el espacio que esta entrada exige, no insistiré en ellas. Baste decir que las coincidencias van desde lo baladí (el mito de Eurídice y Orfeo, que encuentra su espejo en Edith y Lot) hasta lo escandaloso (Jesús y Mitra, quienes coinciden en su fecha de nacimiento, en los banquetes celebrados en su honor –pan y vino–, en el nacimiento a partir de una virgen, en el lugar de nacimiento –en un establo–...).

Estos paralelismos pueden ser vistos de dos maneras: o Dios se manifestó de manera similar en diferentes puntos geográficos, o bien, la idea de Dios surgió a partir de un sincretismo religioso. A ese respecto, me decanto por pensar que Dios es el resultado de un darwinismo de ideas religiosas. Creo que tres características de Dios le permitieron erigirse como el ganador en esta carrera: la primera, hacer un panteón de un solo dios (lo cual permitió concentrar todas las formas de culto en un solo ídolo); la segunda, hacer que ese dios sea todopoderoso (y también inescrutable; no podemos cuestionar la sabiduría de Dios); la tercera, declarar que todo lo que parezca contradictorio o represente una evidencia clara contra la ciencia o la ética que figure en la Biblia, es material de interpretación. ¿Cómo puede ser vencido por la razón un dios que es inescrutable y cuyo sustento bibliográfico es materia de interpretación?

Si logran superarse los anteriores supuestos, se requiere de un verdadero asalto a la razón superar el tercero: el comportamiento de Dios. Dios tiene una personalidad humanoide, pues es celoso, castigador (“yo Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación”: Éx. 20:5, sí, en el corazón de los Mandamientos), cruel (“Y sucedió que, a media noche, Yahveh hirió en el país de Egipto a todos los primogénitos”: Gn. 12:29) e incluso solicita sacrificios en su nombre (“Luego inmolarás el novillo delante de Yahveh”: Éx. 29:11; “He aquí lo que has de ofrecer sobre el altar: dos corderos primales cada día, perpetuamente.”: Éx. 29:38). Pasemos ahora a un atributo deseable de dios: la universalidad. ¿Por qué un ente que se presume infinitamente bueno no querría incluir a toda su creación? ¿Por qué se hizo dios de un pueblo y no de todos? ¿Por qué incluso atizó el odio entre los pueblos? Esto es hablando del dios del Antiguo Testamento. En el Nuevo, una vez que Jesús manda a los discípulos a comunicar la Buena Nueva a todo el mundo, ¿por qué no comunicó Dios a todos esa buena nueva? ¿Por qué le dejó esa tarea tan ingrata (tan imposible) al hombre? ¿No previó que eso solo supondría la muerte de millones? ¿No era más sencillo dejar un mensaje claro, no sujeto a interpretación (fijo), sin ambigüedades, sin necesidad de elegir de entre varios textos los que son o no canónicos?

Hay muchas más interrogantes acerca del comportamiento de Dios. Es injusto que la regularidad de la manifestación de Dios haya decrecido según el hombre se ha despojado de su ignorancia. ¿Es una casualidad que a medida que el hombre se acerca más a un pensamiento científico las manifestaciones divinas decrezcan? Otras dos “injusticias” no son más fáciles de sobrellevar. La primera es la sordera de Dios: podemos comunicarnos con él, claro, siempre y cuando no esperemos una respuesta. La segunda –préstamo de Borges– tiene que ver con la desmedida: castigar o premiar con la eternidad las acciones que se hacen en siete u ocho décadas es una desproporción. Es no tener consciencia de lo que es la eternidad.

Tres supuestos se requieren para creer en Dios: creer que existe un dios, creer que es el dios y creer que actúa de manera ininteligible para el hombre. En resumen, se requiere ser un crédulo (alguien que cree con ligereza) para creer en Dios. A eso se le llama fe.


Respuesta a la posición de Alan Jiménez
Pablo I. Soto M.

El ejercicio que ha hecho Alan para sintetizar los principales ejes de argumentación en contra de la existencia de dios es notable. Los argumentos estándar en la materia son, como él mismo menciona, muy vastos como para presentarlos en apenas dos cuartillas. Sin embargo los que ofrece Alan distan de ser los más robustos y, como mostraré, son insuficientes para responder satisfactoriamente a la pregunta planteada. Sobra decir que ninguno pone en riesgo mi planteamiento. 

Lo primero  que vino a mi mente es que desde la aproximación a dar una respuesta a la pregunta propuesta, Alan plantea una posición difícil. Lo que presenta son razones por las que podríamos sospechar que dios no existe o que Dios no es dios. Como mencioné en mi texto, no se puede rechazar el impacto de estos argumentos pero se les debe poner en proporción. Estos no son concluyentes, no prueban la imposibilidad de dios ni la legitimidad de la creencia en él. La discusión sobre si dios existe es rica y quizás sea la máxima meta-pregunta alguna vez plateada por el ser humano. No es una pregunta positiva porque no cuestionamos algo sobre la realidad sino algo sobre el fundamento de esta, sobre su sentido. Pero tampoco es una pregunta subjetiva pues la respuesta es o no; no hay puntos medios.  El planteamiento sobre la existencia de dios está un poco más allá del límite de aquello de lo que podemos hablar y, diría el filósofo, ahí es donde debemos callar.

Con esto no pretendo decir que dado que no se puede probar ni una cosa ni la otra, cualquier posición es válida. Lo que he dicho es que para avanzar en la discusión es mejor comenzar por preguntarnos ¿Por qué creo lo que creo? Es decir, una pregunta sobre nuestras razones no sobre esa meta-realidad. Claro, habrá razones válidas y otras que no lo son. Entre las razones válidas que encontremos se esbozaría muy tenuemente una respuesta a la pregunta real. 

Si la razón de Alan para no creer en dios es que asume que el pensamiento puede eliminar su posibilidad, entonces tiene una razón inválida. Pocos son los que aún defienden tal cientifismo radical. Así como durante milenios la idea de dios fue usada para explicar aquellos fenómenos naturales que resultaban inexplicables, ahora se utiliza su negación para moldear al mundo como la ciencia positiva lo necesita y no necesariamente como es.

Por supuesto, una respuesta posible es que, ante la incertidumbre, la mejor decisión que uno puede tomar es aquella basada en lo que se sabe (lo que daría la ciencia). Esa sería un motivo defendible para no creer, pero obviaría la discusión sobre si lo que se sabe sobre la realidad es un conocimiento relevante para posicionarse frente al tema.  Es cierto que, como agudamente mencionó Laplace, las ciencias logran explicar el mundo sin necesidad de la hipótesis de Dios, pero quedaría a discutir si esa exclusión de los modelos puede extrapolarse a una exclusión en la realidad. Por eso creo que la visión que parece tener Alan sobre el fenómeno religioso es extremadamente simplista.

Ahora respondo de forma sucinta los argumentos que propone. Sobre su crítica al primer supuesto se puede contestar que, por definición, dios está fuera de la mecánica de creador-creatura. También, ya he respondido a su dicho de que el hombre es poco humilde por atribuir a dios todo aquello que no puede explicar. Lo que es poco humilde es pensar que el hombre puede comprenderlo todo. ¿Qué razones tendríamos para decir que dios es Dios? o ¿Cómo podemos afirmar a Dios negando a otros dioses?  Son preguntas que ya he respondido en otra parte de mi blog. Sobre las semejanzas de Dios con otros dioses puedo decir que, aunque algunas son ciertas, no afectan el centro de la creencia y otras, justo las que menciona Alan, son notablemente falsas. Sobre el comportamiento de dudosa moralidad de Dios cabe decir que la concepción cristiana de la deidad es una reinterpretación (revelación para quien cree) del Dios del A.T. No se puede, en ese aspecto, analizar como el mismo agente. La primera injusticia adicional que propone me pareció imprecisa. En el concepto cristiano de Dios sí esperamos una respuesta y, de hecho, todo se basa en que nosotros, no él, debemos darla.  La segunda queda en una frase linda pero falaz. Así como no se puede comparar el 1 como proporción del infinito, no se puede comparar un número de años con la eternidad. Buscar si las medidas son justas o no, es un ejercicio ocioso; además, muestra cierta ignorancia sobre la doctrina de la condenación.

Sobre Mitra y otros dioses.

Una de las cosas que más llamó mi atención fue el argumento sobre las similitudes entre Dios y otros dioses. El argumento no es nuevo ni válido para la construcción de una crítica contra la posibilidad de la existencia de Dios. Lo que ocurre es que la premisa es cierta pero, frecuentemente, se fuerzan los hechos para llegar a la conclusión.

Es verdad que las creencias cristianas tienen similitudes con otras religiones, pero esto no debería sorprender a nadie. El cristianismo, más que ninguna otra religión en el mundo, se ha caracterizado por su facilidad de sincretismo. Este proceso de reinterpretación de lo externo no daña la creencia cristiana sino que es su resultado.

El sentido de la crítica de Alan es que lo que llamamos cristiano no es tal, sino que es el resultado de un proceso de reciclaje de relatos antiguos. Es decir, lo que se ataca es la veracidad de lo contado. Se subraya a la trinidad como actualización de los dioses egipcios y también se mencionan los supuestos paralelos entre Jesús y el dios Mitra.

No hay que ser un riguroso estudioso de la historia de las religiones para ver que los ejemplos no se sostienen. La relación entre Isis, Osiris y Horus dista mucho de la de las personas de la trinidad. Los dioses egipcios no eran uno sino tres y su relación era más familiar que la de la unión de voluntades. De hecho, lo que habría significado un ejemplo mucho más sólido es una posible relación entre Isis y María.

El caso de Mitra es tan grave que podría caer en el terreno de la difamación. Incluso existe una página de Internet que paga mil dólares a aquel que logre sustentar esas relaciones con fuentes primarias. Pero vayamos por partes, el culto a Mitra tenía presencia en el mundo romano al mismo tiempo que el cristianismo primitivo. Si ambas religiones competían entre sí está sujeto a discusión, pero de haberlo hecho la relación no pudo haber sido tan grande. El culto a Mitra era mistérico mientras que el cristianismo era lo contrario: una religión revelada. Es decir, las dos religiones no competían porque eran muy distintas y sus fieles también lo eran.

Luego, las supuestas similitudes. ¿Coinciden en la fecha de nacimiento? No es posible, pues en el cristianismo no se cree que Jesús naciera el 25 de diciembre. Se celebra ese día pero la instauración de tal fecha se dio varios siglos después, cuando el culto a Mitra había desaparecido. ¿Su madre era una virgen? La corriente romana del culto a Mitra afirmaba que nació de una piedra. El simbolismo entre María y una piedra puede resultar poético pero es historiográficamente falso. ¿Nació en un establo? No, en una piedra. ¿Pan y vino? No tenía noticia de que tal cosa pero es muy difícil argumentar que la tradición eucarística tiene otro origen que la cena de pascua judía, la cual es muy anterior al culto a Mitra. Otras supuestas relaciones que se han intentado hacer entre Jesús y Mitra son que tenía 12 discípulos y que resucitó al tercer día. Todas son falsas y sólo se han hecho conocidas por el reciente auge de las tramas de intriga hacia la historia de las religiones.

¿Por qué hacer esta aclaración? Para señalar que la historia de las religiones es mucho más compleja que lo que pareciera creer mi compañero. Las religiones cambian, se dividen, se unen,  reinterpretan cosas externas a ellas; pero eso no las hace falsas. Lo que las sostiene no son los detalles sino sus creencias centrales— algo de lo que ya he hablado en mi blog—. Las coincidencias son históricamente entendibles, pero al final lo que importa es aquello a lo cual el creyente no está dispuesto a renunciar.  

Respuesta a la posición de Pablo Soto
Alan Jiménez

Dos cosas son destacables en la opinión de Pablo. La primera es que, a sabiendas de que es inútil reflexionar sobre la existencia de Dios desde la razón, apela a la fe. Esto no puede sino agradecerse, pues, como expuse, las condiciones que se requieren para creer en él desde la razón, son numerosas y quizá insalvables. La segunda característica que quiero destacar es que el escrito da por sentado desde el principio la existencia de Dios. No hay duda de que el Evangelio es una propuesta filosófica y una invitación, pero esta propuesta se encuentra en un limbo, ya que sus fundamentos no son sólidos.

Pablo afirma que hay razones necesarias pero no suficientes para creer en el Evangelio. No me parece sensato que el fundamento de la vida de millones de personas tenga apenas razones necesarias. Es construir un castillo hermoso con cimientos muy endebles: es una magnífica construcción, pero es peligrosamente inútil. No se puede construir toda una cosmogonía sobre un campo de dudas.

No basta sentir que hay valores universales (platónicos, fuera del espacio y del tiempo, existentes por sí y para sí), apreciar que hay un orden que supera nuestros razonamientos y desear superar la muerte para colegir de ahí que debamos creer en el dios judeocristiano. Ni siquiera es suficiente (para una mente acostumbrada a dudar) para creer en ningún dios. Creer en un dios todopoderoso por lo que se siente, se aprecia, se desea o se intuye no es muy diferente del niño que cree en los Reyes Magos.

¿Por qué hemos de desear una realidad más compleja? ¿Porque satisface nuestras pasiones? El Universo no es para cumplir nuestros caprichos. No podemos creer en algo simplemente porque es más complejo que sus alternativas. El materialismo es un llamado a la humildad, a reconocernos, cuando menos, ignorantes.

Al contrario de lo que piensa Pablo, no creo que reconocernos insignificantes y ser capaces de matar a Dios sea una contradicción. Las dos cosas son, nuevamente, parte de la humildad que hasta ahora se ha negado a experimentar el ser humano. Esta humildad nos obliga a reconocernos pequeños y, al mismo tiempo, a reconocer que existe cierto distanciamiento entre dios y los hombres. Llamarnos hijos de dios y creer que hemos hecho una alianza con él son el colmo de la presunción.

No se necesita de un dios para humanizar nuestra muerte. Creer eso es sugerir que no somos lo suficientemente humanos para humanizar nuestro final. Es verdad que somos más que materia y que somos lo que pensamos. La humildad, de nuevo, nos invita a creer que algunos de nuestros pensamientos morirán con nosotros; la humanidad (como valor, no como sustantivo gregario), nos brinda el consuelo de saber que no todos nuestros pensamientos morirán con nosotros. Dios está fuera de este esquema.

Tampoco se necesita ser cristiano para vivir en plenitud la aceptación de la humanidad, ni para ver en la existencia de otros una compañía que complementa, ni para creer que la unicidad de la Verdad no puede generar divisiones, ni para comprometerse con el hombre que se es. Todas son características loables, pero que no son exclusivas de un cristiano. No veo por qué un ateo o un gnóstico no puedan creer lo mismo. Todo lo que se necesita para creer en ellas es humildad y una (no excesivamente) sana moralidad.

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Nota: Pablo tiene un blog en el que se puede consultar esta misma entrada y otros interesantes artículos escritos por él: http://virtusverita.blogspot.com