lunes, 20 de mayo de 2013

Razones para creer o no creer en Dios



Esta entrada es el resultado de un ejercicio que realizamos Pablo Soto y yo en torno a nuestras razones para creer o no en el dios judeocristiano. La idea surgió por nuestras conversaciones respecto a este y otros temas afines. Creemos que el intercambio fue fructífero y que abre nuevas discusiones. Ahora lo compartimos con la esperanza de recibir comentarios, análisis y críticas a nuestras posiciones.

En la primera parte de la entrada planteamos nuestros argumentos y en la segunda emitimos un comentario sobre la colaboración del otro.

¿Por qué creo en el Dios del cristianismo?
Pablo Ignacio Soto Mota

El Dios del cristianismo es el agente creador del Universo, es la Verdad que lo subyace y el que ha decidido su objetivo. Además, es un Dios histórico, pues ha entrado en la historia de los hombres a través de Jesús. A su vez, la revelación de Jesús sobre el Padre es que este es consistentemente Amor y nos llama a ser partícipes de este. Por tanto, el Dios cristiano es la Verdad creadora del Amor manifestada en Jesucristo, quien revela que el propósito que el Padre ha dado a los hombres es la eternidad en la participación de su bienaventuranza.

La aceptación de la revelación de Jesús no es una obligación sino una opción. Hay que enfrentarse al momento de la decisión sobre si creer o no en el Evangelio. Es decir, creer que existe esa dimensión en la que el destino inexorable de los humanos— la muerte— ha sido vencido por la pasión de Jesús. Por eso, la pregunta que hemos acordado responder se transforma en la siguiente ¿por qué creo en el Evangelio, la propuesta del cristianismo?

La propuesta Evangélica es, por una parte, una postura filosófica, en tanto que es una afirmación sobre la Verdad y, por otra, una invitación mística impulsada por una experiencia emocional. La postura filosófica, única que puede ser debatida intelectualmente, sienta las bases de la aceptación de la invitación mística, aunque no alcanza a definirlas.

Con el análisis intelectual podemos concluir que son posibles las razones necesarias para que el Evangelio sea verdad, aunque no son suficientes. Del mismo modo, se acepta que se pueden obtener razones necesarias, aunque tampoco suficientes, de que no sea verdad. Por tanto, la disyuntiva en la que nos encontramos no es soluble de forma intelectual, sólo podemos afirmar que ambas posibilidades tienen potencial para ser verdad y podemos explicar qué es lo que nos lleva a optar por una opción determinada.

La postura filosófica del cristianismo puede ser dividida en su entendimiento de la naturaleza del hombre—con su ordenamiento moral consecuente— y su posición respecto a la realidad del Universo. ¿Pero es posible que sea verdad? ¿Son estas afirmaciones capaces de certeza?  

Sí. Muchos caminos nos llevan a intuirlas. El creer en la existencia de valores objetivos y naturales nos hace pensar que puede existir una naturaleza distinta de la que vemos. Lo mismo con nuestra apreciación de lo bello o lo agradable; valores ante los que sentimos que superamos nuestro ser corporal y limitado. Cuando nos encontrarnos con que el sentimiento religioso es compartido en casi todas las culturas, nos vemos invitados a concluir que nuestra humanidad incluye una necesidad de buscar un más allá. Las mismas glorias de la razón como el descubrimiento de un, por lo menos aparente, ordenamiento del universo, nos tienta a creer que el orden no es producto de nuestra mente— que debe esforzarse por descubrirlo— sino que surgió de una inteligencia mucho mayor. Lo cierto es que no podemos ni decir que estas intuiciones tienen un fundamento o que son aspiraciones espurias. Lo que no podemos negar es que son estos sentimientos los que empujan al ser hacia el descubrimiento de sí mismo, de lo desconocido, lo que, de hecho, lo han llevado a pensar que no hay tales valores, tal orden, tal sentimiento religioso. Si hemos de definir al ser humano, tendríamos que optar por eso: somos aquellos que buscan la Verdad, aun cuando sean incapaces de ella; somos aquellos que deseamos la eternidad, aun cuando nuestra muerte sea ineludible. 

Las afirmaciones filosóficas del cristianismo son posibles portadoras de verdad y de hecho, sostengo, constituyen categorías más amplias que su alternativa. Es decir, la experiencia cristiana implica la aceptación de una realidad con mayor complejidad que la propuesta materialista, expresada como el sinsentido de toda existencia.

El ser cristiano es aceptar permanecer en la disyuntiva entre elegir vivir como si el mundo fuera lo único existente o valorar una realidad que no vemos. Todo posicionamiento moral cristiano se basa en la característica falible del ser humano: somos pecadores. Pero une a este hecho la esperanza de una realidad nueva: la de hijos de Dios. La vivencia de cualquier moralidad, incluso de aquellas que no requieren de una creencia en Dios, implica estas dos condiciones, podemos tanto hacer el mal como el bien. Si el cristianismo tiene algo distinto es que, por un lado, nuestras acciones morales tienen alcances tanto mundanos como espirituales —lo que nos obliga a generar mejores juicios— y, por otro, la tranquilidad de que podemos aceptar nuestras fallas al verlas compensadas por la misericordia divina.

Ante el conocimiento, ante el poder de la razón, también se encuentra un campo más rico en el cristianismo. La visión del que dice que nuestro cerebro es capaz de matar a Dios, se contradice al también creer que somos insignificantes para el Universo. La razón tiene límites; la misma razón los ha encontrado. Existe lo desconocido para el ser humano, nos enfrentamos a misterios de toda índole. Lo que sepamos siempre será superado por nuestra ignorancia. Esa es una verdad indiscutible. El Dios del cristianismo obliga a creer esto, a no vanagloriarnos por aquello que parece alejarnos de la masa inerte. El cristiano, por tanto, lidia en un entorno en el que el conocimiento lo acerca a Dios al tiempo que lo llena de dudas; que lo pone de nuevo en el cruce del camino. Desde su origen, el cristianismo valoró casi por encima de todo la fe, ese saber sin certezas; por tanto, el cristianismo es aceptar vivir eternamente en esa balanza del saber y la ignorancia.

Ante la muerte, la experiencia cristiana acepta la realidad humana profunda y no sólo— como hace el materialismo— la finita condición biológica. No sólo somos aquello que vemos sino también lo que pensamos. Es una realidad que nos pensamos eternos: nuestros deseos no tienen límite, quisiéramos hacer planes perpetuos, una de nuestras grandes pasiones es buscar ser recordados, superando el tiempo. Morimos, pero creemos, deseamos, no hacerlo. El cristianismo, en su misterio más central, acepta eso y le da respuesta. Pero eso no quiere decir que nos quita la angustia: para poder compartir de la resurrección, primero debemos morir con fe. Morir para el cristiano se convierte, no en un patético final, sino en el momento de la mayor prueba. El Dios de los cristianos hace que morir sea un acto verdaderamente humano.

Optar por creer en el Dios del Cristianismo es elegir un camino con posibilidad  de ser verdad. Pero es, o al menos así lo he concluido, apostar por una visión de hombre más completa. Una que no huye de la naturaleza problemática del hombre sino que la abraza y la llena de esperanza. Ser cristiano es aceptar que, cualquier camino que tomemos es un salto de fe y que, por eso, podemos optar por ese que nos toma completos, con nuestras dudas y virtudes, nuestras certezas y nuestros errores. 

El cristianismo es la experiencia de la humanidad. El reconocimiento de eso mismo en otros es lo que hace a la comunidad, a la Iglesia. La catolicidad o universalidad es inseparable del cristianismo porque este, desde sus raíces, asume la universalidad de la condición humana, tanto en su parte del pecado como en la de su posibilidad de salvación. Soy cristiano porque he decidido vivir en plenitud la aceptación de mi humanidad; porque me acepto necesitado de aquello que sólo intuyo con mi razón y me sumerjo en la vivencia de una realidad que tan solo puedo saber posible pero en la que experimento mi ser en su totalidad. Soy católico porque veo en la existencia de otros una compañía que me complementa y porque creo que la unicidad de la verdad no puede generar divisiones. En fin, creo en el Dios del cristianismo porque me comprometo con el hombre que soy yo y me veo en el hombre que es Él.

¿Por qué no creo en el dios del cristianismo?
Alan Jiménez

Para creer en el dios judeocristiano es necesario creer en una serie de supuestos. El primer supuesto en el que debe creerse es en el de la existencia de un dios. La argumentación en contra de la existencia de dios es vasta; me gustaría recuperar únicamente algunos de los puntos que considero esenciales al respecto. Algunos creen que el universo no fue capaz de hacerse a sí mismo, que algo (o alguien) tuvo que crearlo y que a esa entidad se le conoce como dios (primer motor). Pues bien, no hay que ser agudo para intuir que lo único que hace este argumento es trasladar el problema de la self-creation del universo a dios. Es decir, la falla de este argumento consiste en indicar que el universo no fue capaz de crearse a sí mismo, pero declarar que dios sí pudo hacerlo.

Esta argucia nos conduce a la siguiente pregunta: ¿no es dios producto de la imaginería humana que busca subsanar su ignorancia respecto a ciertos temas? Los seres humanos han deificado los fenómenos que no han podido explicar de ninguna otra manera. Así, por ejemplo, Zeus era dios del rayo porque los griegos no sabían cómo explicar ese fenómeno; Atón, del Sol; Mictlantecuhtli, de la muerte; Tláloc, de la lluvia... Los dioses nacen a partir de la necesidad del ser humano de dar una explicación a los fenómenos cuyo origen desconoce. Conforme el ser humano fue dejando de ignorar algunas cosas, esos dioses dejaron de ser necesarios. En el tiempo actual, ignoramos a ciencia cierta el origen del universo. Ante eso, es natural que el hombre se incline a lo que siempre ha hecho: inventarse algo que explique ese fenómeno. Dios es eso, la resulta de la falta de humildad humana de reconocer que no es capaz (por el momento) de explicar el origen.

Para creer en el dios judeocristiano, una vez superada la prueba de existencia, debe aceptarse un segundo supuesto: que ese dios es el dios. ¿Qué ha hecho ese dios que lo distinga del resto de los panteones? ¿Qué pruebas nos indican que Dios (con mayúscula) es el dios verdadero? ¿Por qué creer en ese dios en específico? Unos dirán que es ridículo creer en Thor o en Huitzilopochtli, que son deidades que han demostrado ser falaces. Yo me pregunto si en alguna ocasión Dios ha dado una demostración de su existencia. Nuevamente, la única prueba de la que podría valerse es la del origen del universo, lo cual no prueba ni su existencia ni su unicidad. Mucho menos prueba que Dios sea el dios.

En ese mismo sentido, es más que una simple curiosidad el número de semejanzas que guarda la “historia” de Dios con las correspondientes a otros dioses. Vayamos a los ejemplos. El diluvio universal es una copia flagrante de un pasaje del Poema de Gilgamesh (lo que es natural, pues los judíos pasaron algún tiempo en Babilonia). Lo que es peor, es tan común creer en un diluvio universal que otras muchas civilizaciones (que presumiblemente no tuvieron contacto con los judíos) tienen su mito correspondiente, entre ellos los mayas, los mexicas y los incas. Incluso los griegos antiguos creían que Zeus había enviado un diluvio, aunque no se sabe si esto fue antes de que a los judíos se les ocurriera lo mismo.

Otra clara semejanza entre la historia de Dios (en este caso el dios cristiano, no el judío) es la idea de que es tripartita. ¿No es también, en la religión hindú, la triada Brahma-Vishnú-Shiva el dios todopoderoso? Más aún, ¿no habrá sido que los cristianos tomaron esa idea de la triada Osiris-Isis-Horus, considerando que pudo haber alguna influencia de quienes fueron sus amos durante algún tiempo? Las concordancias entre la religión del Dios y el resto de las religiones son muchas y, por el espacio que esta entrada exige, no insistiré en ellas. Baste decir que las coincidencias van desde lo baladí (el mito de Eurídice y Orfeo, que encuentra su espejo en Edith y Lot) hasta lo escandaloso (Jesús y Mitra, quienes coinciden en su fecha de nacimiento, en los banquetes celebrados en su honor –pan y vino–, en el nacimiento a partir de una virgen, en el lugar de nacimiento –en un establo–...).

Estos paralelismos pueden ser vistos de dos maneras: o Dios se manifestó de manera similar en diferentes puntos geográficos, o bien, la idea de Dios surgió a partir de un sincretismo religioso. A ese respecto, me decanto por pensar que Dios es el resultado de un darwinismo de ideas religiosas. Creo que tres características de Dios le permitieron erigirse como el ganador en esta carrera: la primera, hacer un panteón de un solo dios (lo cual permitió concentrar todas las formas de culto en un solo ídolo); la segunda, hacer que ese dios sea todopoderoso (y también inescrutable; no podemos cuestionar la sabiduría de Dios); la tercera, declarar que todo lo que parezca contradictorio o represente una evidencia clara contra la ciencia o la ética que figure en la Biblia, es material de interpretación. ¿Cómo puede ser vencido por la razón un dios que es inescrutable y cuyo sustento bibliográfico es materia de interpretación?

Si logran superarse los anteriores supuestos, se requiere de un verdadero asalto a la razón superar el tercero: el comportamiento de Dios. Dios tiene una personalidad humanoide, pues es celoso, castigador (“yo Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación”: Éx. 20:5, sí, en el corazón de los Mandamientos), cruel (“Y sucedió que, a media noche, Yahveh hirió en el país de Egipto a todos los primogénitos”: Gn. 12:29) e incluso solicita sacrificios en su nombre (“Luego inmolarás el novillo delante de Yahveh”: Éx. 29:11; “He aquí lo que has de ofrecer sobre el altar: dos corderos primales cada día, perpetuamente.”: Éx. 29:38). Pasemos ahora a un atributo deseable de dios: la universalidad. ¿Por qué un ente que se presume infinitamente bueno no querría incluir a toda su creación? ¿Por qué se hizo dios de un pueblo y no de todos? ¿Por qué incluso atizó el odio entre los pueblos? Esto es hablando del dios del Antiguo Testamento. En el Nuevo, una vez que Jesús manda a los discípulos a comunicar la Buena Nueva a todo el mundo, ¿por qué no comunicó Dios a todos esa buena nueva? ¿Por qué le dejó esa tarea tan ingrata (tan imposible) al hombre? ¿No previó que eso solo supondría la muerte de millones? ¿No era más sencillo dejar un mensaje claro, no sujeto a interpretación (fijo), sin ambigüedades, sin necesidad de elegir de entre varios textos los que son o no canónicos?

Hay muchas más interrogantes acerca del comportamiento de Dios. Es injusto que la regularidad de la manifestación de Dios haya decrecido según el hombre se ha despojado de su ignorancia. ¿Es una casualidad que a medida que el hombre se acerca más a un pensamiento científico las manifestaciones divinas decrezcan? Otras dos “injusticias” no son más fáciles de sobrellevar. La primera es la sordera de Dios: podemos comunicarnos con él, claro, siempre y cuando no esperemos una respuesta. La segunda –préstamo de Borges– tiene que ver con la desmedida: castigar o premiar con la eternidad las acciones que se hacen en siete u ocho décadas es una desproporción. Es no tener consciencia de lo que es la eternidad.

Tres supuestos se requieren para creer en Dios: creer que existe un dios, creer que es el dios y creer que actúa de manera ininteligible para el hombre. En resumen, se requiere ser un crédulo (alguien que cree con ligereza) para creer en Dios. A eso se le llama fe.


Respuesta a la posición de Alan Jiménez
Pablo I. Soto M.

El ejercicio que ha hecho Alan para sintetizar los principales ejes de argumentación en contra de la existencia de dios es notable. Los argumentos estándar en la materia son, como él mismo menciona, muy vastos como para presentarlos en apenas dos cuartillas. Sin embargo los que ofrece Alan distan de ser los más robustos y, como mostraré, son insuficientes para responder satisfactoriamente a la pregunta planteada. Sobra decir que ninguno pone en riesgo mi planteamiento. 

Lo primero  que vino a mi mente es que desde la aproximación a dar una respuesta a la pregunta propuesta, Alan plantea una posición difícil. Lo que presenta son razones por las que podríamos sospechar que dios no existe o que Dios no es dios. Como mencioné en mi texto, no se puede rechazar el impacto de estos argumentos pero se les debe poner en proporción. Estos no son concluyentes, no prueban la imposibilidad de dios ni la legitimidad de la creencia en él. La discusión sobre si dios existe es rica y quizás sea la máxima meta-pregunta alguna vez plateada por el ser humano. No es una pregunta positiva porque no cuestionamos algo sobre la realidad sino algo sobre el fundamento de esta, sobre su sentido. Pero tampoco es una pregunta subjetiva pues la respuesta es o no; no hay puntos medios.  El planteamiento sobre la existencia de dios está un poco más allá del límite de aquello de lo que podemos hablar y, diría el filósofo, ahí es donde debemos callar.

Con esto no pretendo decir que dado que no se puede probar ni una cosa ni la otra, cualquier posición es válida. Lo que he dicho es que para avanzar en la discusión es mejor comenzar por preguntarnos ¿Por qué creo lo que creo? Es decir, una pregunta sobre nuestras razones no sobre esa meta-realidad. Claro, habrá razones válidas y otras que no lo son. Entre las razones válidas que encontremos se esbozaría muy tenuemente una respuesta a la pregunta real. 

Si la razón de Alan para no creer en dios es que asume que el pensamiento puede eliminar su posibilidad, entonces tiene una razón inválida. Pocos son los que aún defienden tal cientifismo radical. Así como durante milenios la idea de dios fue usada para explicar aquellos fenómenos naturales que resultaban inexplicables, ahora se utiliza su negación para moldear al mundo como la ciencia positiva lo necesita y no necesariamente como es.

Por supuesto, una respuesta posible es que, ante la incertidumbre, la mejor decisión que uno puede tomar es aquella basada en lo que se sabe (lo que daría la ciencia). Esa sería un motivo defendible para no creer, pero obviaría la discusión sobre si lo que se sabe sobre la realidad es un conocimiento relevante para posicionarse frente al tema.  Es cierto que, como agudamente mencionó Laplace, las ciencias logran explicar el mundo sin necesidad de la hipótesis de Dios, pero quedaría a discutir si esa exclusión de los modelos puede extrapolarse a una exclusión en la realidad. Por eso creo que la visión que parece tener Alan sobre el fenómeno religioso es extremadamente simplista.

Ahora respondo de forma sucinta los argumentos que propone. Sobre su crítica al primer supuesto se puede contestar que, por definición, dios está fuera de la mecánica de creador-creatura. También, ya he respondido a su dicho de que el hombre es poco humilde por atribuir a dios todo aquello que no puede explicar. Lo que es poco humilde es pensar que el hombre puede comprenderlo todo. ¿Qué razones tendríamos para decir que dios es Dios? o ¿Cómo podemos afirmar a Dios negando a otros dioses?  Son preguntas que ya he respondido en otra parte de mi blog. Sobre las semejanzas de Dios con otros dioses puedo decir que, aunque algunas son ciertas, no afectan el centro de la creencia y otras, justo las que menciona Alan, son notablemente falsas. Sobre el comportamiento de dudosa moralidad de Dios cabe decir que la concepción cristiana de la deidad es una reinterpretación (revelación para quien cree) del Dios del A.T. No se puede, en ese aspecto, analizar como el mismo agente. La primera injusticia adicional que propone me pareció imprecisa. En el concepto cristiano de Dios sí esperamos una respuesta y, de hecho, todo se basa en que nosotros, no él, debemos darla.  La segunda queda en una frase linda pero falaz. Así como no se puede comparar el 1 como proporción del infinito, no se puede comparar un número de años con la eternidad. Buscar si las medidas son justas o no, es un ejercicio ocioso; además, muestra cierta ignorancia sobre la doctrina de la condenación.

Sobre Mitra y otros dioses.

Una de las cosas que más llamó mi atención fue el argumento sobre las similitudes entre Dios y otros dioses. El argumento no es nuevo ni válido para la construcción de una crítica contra la posibilidad de la existencia de Dios. Lo que ocurre es que la premisa es cierta pero, frecuentemente, se fuerzan los hechos para llegar a la conclusión.

Es verdad que las creencias cristianas tienen similitudes con otras religiones, pero esto no debería sorprender a nadie. El cristianismo, más que ninguna otra religión en el mundo, se ha caracterizado por su facilidad de sincretismo. Este proceso de reinterpretación de lo externo no daña la creencia cristiana sino que es su resultado.

El sentido de la crítica de Alan es que lo que llamamos cristiano no es tal, sino que es el resultado de un proceso de reciclaje de relatos antiguos. Es decir, lo que se ataca es la veracidad de lo contado. Se subraya a la trinidad como actualización de los dioses egipcios y también se mencionan los supuestos paralelos entre Jesús y el dios Mitra.

No hay que ser un riguroso estudioso de la historia de las religiones para ver que los ejemplos no se sostienen. La relación entre Isis, Osiris y Horus dista mucho de la de las personas de la trinidad. Los dioses egipcios no eran uno sino tres y su relación era más familiar que la de la unión de voluntades. De hecho, lo que habría significado un ejemplo mucho más sólido es una posible relación entre Isis y María.

El caso de Mitra es tan grave que podría caer en el terreno de la difamación. Incluso existe una página de Internet que paga mil dólares a aquel que logre sustentar esas relaciones con fuentes primarias. Pero vayamos por partes, el culto a Mitra tenía presencia en el mundo romano al mismo tiempo que el cristianismo primitivo. Si ambas religiones competían entre sí está sujeto a discusión, pero de haberlo hecho la relación no pudo haber sido tan grande. El culto a Mitra era mistérico mientras que el cristianismo era lo contrario: una religión revelada. Es decir, las dos religiones no competían porque eran muy distintas y sus fieles también lo eran.

Luego, las supuestas similitudes. ¿Coinciden en la fecha de nacimiento? No es posible, pues en el cristianismo no se cree que Jesús naciera el 25 de diciembre. Se celebra ese día pero la instauración de tal fecha se dio varios siglos después, cuando el culto a Mitra había desaparecido. ¿Su madre era una virgen? La corriente romana del culto a Mitra afirmaba que nació de una piedra. El simbolismo entre María y una piedra puede resultar poético pero es historiográficamente falso. ¿Nació en un establo? No, en una piedra. ¿Pan y vino? No tenía noticia de que tal cosa pero es muy difícil argumentar que la tradición eucarística tiene otro origen que la cena de pascua judía, la cual es muy anterior al culto a Mitra. Otras supuestas relaciones que se han intentado hacer entre Jesús y Mitra son que tenía 12 discípulos y que resucitó al tercer día. Todas son falsas y sólo se han hecho conocidas por el reciente auge de las tramas de intriga hacia la historia de las religiones.

¿Por qué hacer esta aclaración? Para señalar que la historia de las religiones es mucho más compleja que lo que pareciera creer mi compañero. Las religiones cambian, se dividen, se unen,  reinterpretan cosas externas a ellas; pero eso no las hace falsas. Lo que las sostiene no son los detalles sino sus creencias centrales— algo de lo que ya he hablado en mi blog—. Las coincidencias son históricamente entendibles, pero al final lo que importa es aquello a lo cual el creyente no está dispuesto a renunciar.  

Respuesta a la posición de Pablo Soto
Alan Jiménez

Dos cosas son destacables en la opinión de Pablo. La primera es que, a sabiendas de que es inútil reflexionar sobre la existencia de Dios desde la razón, apela a la fe. Esto no puede sino agradecerse, pues, como expuse, las condiciones que se requieren para creer en él desde la razón, son numerosas y quizá insalvables. La segunda característica que quiero destacar es que el escrito da por sentado desde el principio la existencia de Dios. No hay duda de que el Evangelio es una propuesta filosófica y una invitación, pero esta propuesta se encuentra en un limbo, ya que sus fundamentos no son sólidos.

Pablo afirma que hay razones necesarias pero no suficientes para creer en el Evangelio. No me parece sensato que el fundamento de la vida de millones de personas tenga apenas razones necesarias. Es construir un castillo hermoso con cimientos muy endebles: es una magnífica construcción, pero es peligrosamente inútil. No se puede construir toda una cosmogonía sobre un campo de dudas.

No basta sentir que hay valores universales (platónicos, fuera del espacio y del tiempo, existentes por sí y para sí), apreciar que hay un orden que supera nuestros razonamientos y desear superar la muerte para colegir de ahí que debamos creer en el dios judeocristiano. Ni siquiera es suficiente (para una mente acostumbrada a dudar) para creer en ningún dios. Creer en un dios todopoderoso por lo que se siente, se aprecia, se desea o se intuye no es muy diferente del niño que cree en los Reyes Magos.

¿Por qué hemos de desear una realidad más compleja? ¿Porque satisface nuestras pasiones? El Universo no es para cumplir nuestros caprichos. No podemos creer en algo simplemente porque es más complejo que sus alternativas. El materialismo es un llamado a la humildad, a reconocernos, cuando menos, ignorantes.

Al contrario de lo que piensa Pablo, no creo que reconocernos insignificantes y ser capaces de matar a Dios sea una contradicción. Las dos cosas son, nuevamente, parte de la humildad que hasta ahora se ha negado a experimentar el ser humano. Esta humildad nos obliga a reconocernos pequeños y, al mismo tiempo, a reconocer que existe cierto distanciamiento entre dios y los hombres. Llamarnos hijos de dios y creer que hemos hecho una alianza con él son el colmo de la presunción.

No se necesita de un dios para humanizar nuestra muerte. Creer eso es sugerir que no somos lo suficientemente humanos para humanizar nuestro final. Es verdad que somos más que materia y que somos lo que pensamos. La humildad, de nuevo, nos invita a creer que algunos de nuestros pensamientos morirán con nosotros; la humanidad (como valor, no como sustantivo gregario), nos brinda el consuelo de saber que no todos nuestros pensamientos morirán con nosotros. Dios está fuera de este esquema.

Tampoco se necesita ser cristiano para vivir en plenitud la aceptación de la humanidad, ni para ver en la existencia de otros una compañía que complementa, ni para creer que la unicidad de la Verdad no puede generar divisiones, ni para comprometerse con el hombre que se es. Todas son características loables, pero que no son exclusivas de un cristiano. No veo por qué un ateo o un gnóstico no puedan creer lo mismo. Todo lo que se necesita para creer en ellas es humildad y una (no excesivamente) sana moralidad.

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Nota: Pablo tiene un blog en el que se puede consultar esta misma entrada y otros interesantes artículos escritos por él: http://virtusverita.blogspot.com

1 comentario:

El Abuelo dijo...

A vuestras señorías;

Ambas posturas han sido leídas y analizadas, no con la profundidad deseada, sin embargo, y temiendo caer en en lo simplista, podemos decir que ambas visiones son parciales, si ustedes me lo permiten, trataré de dar la respuesta a ambas posturas, en un proceso de tesis, antítesis, y síntesis, ya lo decía Aristóteles, en el punto medio esta la virtud.
Atte. El Abuelo