Esta
entrada es el resultado de un ejercicio que realizamos Pablo
Soto y yo en torno a nuestras razones para creer o no en el dios
judeocristiano. La idea surgió por nuestras conversaciones respecto a este y
otros temas afines. Creemos que el intercambio fue fructífero y que abre nuevas
discusiones. Ahora lo compartimos con la esperanza de recibir comentarios,
análisis y críticas a nuestras posiciones.
En
la primera parte de la entrada planteamos nuestros argumentos y en la segunda
emitimos un comentario sobre la colaboración del otro.
¿Por qué creo en
el Dios del cristianismo?
Pablo Ignacio Soto Mota
El
Dios del cristianismo es el agente creador del Universo, es la Verdad que lo
subyace y el que ha decidido su objetivo. Además, es un Dios histórico, pues ha
entrado en la historia de los hombres a través de Jesús. A su vez, la
revelación de Jesús sobre el Padre es que este es consistentemente Amor y nos
llama a ser partícipes de este. Por tanto, el Dios cristiano es la Verdad
creadora del Amor manifestada en Jesucristo, quien revela que el propósito que
el Padre ha dado a los hombres es la eternidad en la participación de su
bienaventuranza.
La
aceptación de la revelación de Jesús no es una obligación sino una opción. Hay
que enfrentarse al momento de la decisión sobre si creer o no en el Evangelio.
Es decir, creer que existe esa dimensión en la que el destino inexorable de los
humanos— la muerte— ha sido vencido por la pasión de Jesús. Por eso, la
pregunta que hemos acordado responder se transforma en la siguiente ¿por qué
creo en el Evangelio, la propuesta del cristianismo?
La
propuesta Evangélica es, por una parte, una postura filosófica, en tanto que es
una afirmación sobre la Verdad y, por otra, una invitación mística impulsada
por una experiencia emocional. La postura filosófica, única que puede ser
debatida intelectualmente, sienta las bases de la aceptación de la invitación
mística, aunque no alcanza a definirlas.
Con
el análisis intelectual podemos concluir que son posibles las razones
necesarias para que el Evangelio sea verdad, aunque no son suficientes. Del
mismo modo, se acepta que se pueden obtener razones necesarias, aunque tampoco
suficientes, de que no sea verdad. Por tanto, la disyuntiva en la que nos
encontramos no es soluble de forma intelectual, sólo podemos afirmar que ambas
posibilidades tienen potencial para ser verdad y podemos explicar qué es lo que
nos lleva a optar por una opción determinada.
La
postura filosófica del cristianismo puede ser dividida en su entendimiento de
la naturaleza del hombre—con su ordenamiento moral consecuente— y su posición
respecto a la realidad del Universo. ¿Pero es posible que sea verdad? ¿Son
estas afirmaciones capaces de certeza?
Sí.
Muchos caminos nos llevan a intuirlas. El creer en la existencia de valores
objetivos y naturales nos hace pensar que puede existir una naturaleza distinta de la que vemos. Lo
mismo con nuestra apreciación de lo bello o lo agradable; valores ante los que
sentimos que superamos nuestro ser corporal y limitado. Cuando nos encontrarnos
con que el sentimiento religioso es compartido en casi todas las culturas, nos
vemos invitados a concluir que nuestra humanidad
incluye una necesidad de buscar un más allá. Las mismas glorias de la razón
como el descubrimiento de un, por lo menos aparente, ordenamiento del universo,
nos tienta a creer que el orden no es producto de nuestra mente— que debe
esforzarse por descubrirlo— sino que surgió de una inteligencia mucho mayor. Lo
cierto es que no podemos ni decir que estas intuiciones tienen un fundamento o
que son aspiraciones espurias. Lo que no podemos negar es que son estos
sentimientos los que empujan al ser hacia el descubrimiento de sí mismo, de lo
desconocido, lo que, de hecho, lo han llevado a pensar que no hay tales
valores, tal orden, tal sentimiento religioso. Si hemos de definir al ser
humano, tendríamos que optar por eso: somos aquellos que buscan la Verdad, aun
cuando sean incapaces de ella; somos aquellos que deseamos la eternidad, aun
cuando nuestra muerte sea ineludible.
Las
afirmaciones filosóficas del cristianismo son posibles portadoras de verdad y
de hecho, sostengo, constituyen categorías más amplias que su alternativa. Es
decir, la experiencia cristiana implica la aceptación de una realidad con mayor
complejidad que la propuesta materialista, expresada como el sinsentido de toda
existencia.
El
ser cristiano es aceptar permanecer en la disyuntiva entre elegir vivir como si
el mundo fuera lo único existente o valorar una realidad que no vemos. Todo
posicionamiento moral cristiano se basa en la característica falible del ser
humano: somos pecadores. Pero une a este hecho la esperanza de una realidad
nueva: la de hijos de Dios. La vivencia de cualquier moralidad, incluso de
aquellas que no requieren de una creencia en Dios, implica estas dos
condiciones, podemos tanto hacer el mal como el bien. Si el cristianismo tiene
algo distinto es que, por un lado, nuestras acciones morales tienen alcances
tanto mundanos como espirituales —lo que nos obliga a generar mejores juicios— y,
por otro, la tranquilidad de que podemos aceptar nuestras fallas al verlas
compensadas por la misericordia divina.
Ante
el conocimiento, ante el poder de la razón, también se encuentra un campo más
rico en el cristianismo. La visión del que dice que nuestro cerebro es capaz de
matar a Dios, se contradice al
también creer que somos insignificantes para el Universo. La razón tiene
límites; la misma razón los ha encontrado. Existe lo desconocido para el ser
humano, nos enfrentamos a misterios de toda índole. Lo que sepamos siempre será
superado por nuestra ignorancia. Esa es una verdad indiscutible. El Dios del
cristianismo obliga a creer esto, a no vanagloriarnos por aquello que parece
alejarnos de la masa inerte. El cristiano, por tanto, lidia en un entorno en el
que el conocimiento lo acerca a Dios al tiempo que lo llena de dudas; que lo
pone de nuevo en el cruce del camino. Desde su origen, el cristianismo valoró
casi por encima de todo la fe, ese saber
sin certezas; por tanto, el cristianismo es aceptar vivir eternamente en
esa balanza del saber y la ignorancia.
Ante
la muerte, la experiencia cristiana acepta la realidad humana profunda y no sólo—
como hace el materialismo— la finita condición biológica. No sólo somos aquello
que vemos sino también lo que pensamos. Es una realidad que nos pensamos
eternos: nuestros deseos no tienen límite, quisiéramos hacer planes perpetuos,
una de nuestras grandes pasiones es buscar ser recordados, superando el tiempo.
Morimos, pero creemos, deseamos, no hacerlo. El cristianismo, en su misterio
más central, acepta eso y le da respuesta. Pero eso no quiere decir que nos
quita la angustia: para poder compartir de la resurrección, primero debemos morir
con fe. Morir para el cristiano se convierte, no en un patético final, sino en
el momento de la mayor prueba. El Dios de los cristianos hace que morir sea un
acto verdaderamente humano.
Optar
por creer en el Dios del Cristianismo es elegir un camino con posibilidad de ser verdad. Pero es, o al menos así lo he
concluido, apostar por una visión de hombre más completa. Una que no huye de la
naturaleza problemática del hombre sino que la abraza y la llena de esperanza. Ser
cristiano es aceptar que, cualquier camino que tomemos es un salto de fe y que,
por eso, podemos optar por ese que nos toma completos, con nuestras dudas y
virtudes, nuestras certezas y nuestros errores.
El
cristianismo es la experiencia de la humanidad.
El reconocimiento de eso mismo en otros es lo que hace a la comunidad, a la Iglesia. La catolicidad o universalidad es inseparable del cristianismo porque
este, desde sus raíces, asume la universalidad de la condición humana, tanto en
su parte del pecado como en la de su posibilidad de salvación. Soy cristiano
porque he decidido vivir en plenitud la aceptación de mi humanidad; porque me acepto necesitado de aquello que sólo intuyo
con mi razón y me sumerjo en la vivencia de una realidad que tan solo puedo
saber posible pero en la que
experimento mi ser en su totalidad. Soy católico porque veo en la existencia de
otros una compañía que me complementa y porque creo que la unicidad de la
verdad no puede generar divisiones. En fin, creo en el Dios del cristianismo
porque me comprometo con el hombre que soy yo y me veo en el hombre que es Él.
¿Por qué no creo
en el dios del cristianismo?
Alan Jiménez
Para
creer en el dios judeocristiano es necesario creer en una serie de supuestos.
El primer supuesto en el que debe creerse es en el de la existencia de un dios.
La argumentación en contra de la existencia de dios es vasta; me gustaría
recuperar únicamente algunos de los puntos que considero esenciales al
respecto. Algunos creen que el universo no fue capaz de hacerse a sí mismo, que
algo (o alguien) tuvo que crearlo y que a esa entidad se le conoce como dios
(primer motor). Pues bien, no hay que ser agudo para intuir que lo único que
hace este argumento es trasladar el problema de la self-creation del universo a dios. Es decir, la falla de este
argumento consiste en indicar que el universo no fue capaz de crearse a sí
mismo, pero declarar que dios sí pudo hacerlo.
Esta
argucia nos conduce a la siguiente pregunta: ¿no es dios producto de la imaginería
humana que busca subsanar su ignorancia respecto a ciertos temas? Los seres
humanos han deificado los fenómenos que no han podido explicar de ninguna otra
manera. Así, por ejemplo, Zeus era dios del rayo porque los griegos no sabían
cómo explicar ese fenómeno; Atón, del Sol; Mictlantecuhtli, de la muerte;
Tláloc, de la lluvia... Los dioses nacen a partir de la necesidad del ser
humano de dar una explicación a los fenómenos cuyo origen desconoce. Conforme
el ser humano fue dejando de ignorar algunas cosas, esos dioses dejaron de ser
necesarios. En el tiempo actual, ignoramos a ciencia cierta el origen del
universo. Ante eso, es natural que el hombre se incline a lo que siempre ha
hecho: inventarse algo que explique ese fenómeno. Dios es eso, la resulta de la
falta de humildad humana de reconocer que no es capaz (por el momento) de
explicar el origen.
Para
creer en el dios judeocristiano, una vez superada la prueba de existencia, debe
aceptarse un segundo supuesto: que ese dios es el dios. ¿Qué ha hecho ese dios
que lo distinga del resto de los panteones? ¿Qué pruebas nos indican que Dios
(con mayúscula) es el dios verdadero? ¿Por qué creer en ese dios en específico?
Unos dirán que es ridículo creer en Thor o en Huitzilopochtli, que son deidades
que han demostrado ser falaces. Yo me pregunto si en alguna ocasión Dios ha
dado una demostración de su existencia. Nuevamente, la única prueba de la que
podría valerse es la del origen del universo, lo cual no prueba ni su
existencia ni su unicidad. Mucho menos prueba que Dios sea el dios.
En
ese mismo sentido, es más que una simple curiosidad el número de semejanzas que
guarda la “historia” de Dios con las correspondientes a otros dioses. Vayamos a
los ejemplos. El diluvio universal es una copia flagrante de un pasaje del
Poema de Gilgamesh (lo que es natural, pues los judíos pasaron algún tiempo en
Babilonia). Lo que es peor, es tan común creer en un diluvio universal que
otras muchas civilizaciones (que presumiblemente no tuvieron contacto con los
judíos) tienen su mito correspondiente, entre ellos los mayas, los mexicas y
los incas. Incluso los griegos antiguos creían que Zeus había enviado un
diluvio, aunque no se sabe si esto fue antes de que a los judíos se les
ocurriera lo mismo.
Otra
clara semejanza entre la historia de Dios (en este caso el dios cristiano, no
el judío) es la idea de que es tripartita. ¿No es también, en la religión
hindú, la triada Brahma-Vishnú-Shiva el dios todopoderoso? Más aún, ¿no habrá
sido que los cristianos tomaron esa idea de la triada Osiris-Isis-Horus,
considerando que pudo haber alguna influencia de quienes fueron sus amos
durante algún tiempo? Las concordancias entre la religión del Dios y el resto
de las religiones son muchas y, por el espacio que esta entrada exige, no
insistiré en ellas. Baste decir que las coincidencias van desde lo baladí (el mito
de Eurídice y Orfeo, que encuentra su espejo en Edith y Lot) hasta lo
escandaloso (Jesús y Mitra, quienes coinciden en su fecha de nacimiento, en los
banquetes celebrados en su honor –pan y vino–, en el nacimiento a partir de una
virgen, en el lugar de nacimiento –en un establo–...).
Estos
paralelismos pueden ser vistos de dos maneras: o Dios se manifestó de manera
similar en diferentes puntos geográficos, o bien, la idea de Dios surgió a
partir de un sincretismo religioso. A ese respecto, me decanto por pensar que
Dios es el resultado de un darwinismo de ideas religiosas. Creo que tres
características de Dios le permitieron erigirse como el ganador en esta
carrera: la primera, hacer un panteón de un solo dios (lo cual permitió
concentrar todas las formas de culto en un solo ídolo); la segunda, hacer que
ese dios sea todopoderoso (y también inescrutable; no podemos cuestionar la
sabiduría de Dios); la tercera, declarar que todo lo que parezca contradictorio
o represente una evidencia clara contra la ciencia o la ética que figure en la
Biblia, es material de interpretación. ¿Cómo puede ser vencido por la razón un
dios que es inescrutable y cuyo sustento bibliográfico es materia de
interpretación?
Si
logran superarse los anteriores supuestos, se requiere de un verdadero asalto a
la razón superar el tercero: el comportamiento de Dios. Dios tiene una
personalidad humanoide, pues es celoso, castigador (“yo Yahveh, tu Dios, soy un
Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la
tercera y cuarta generación”: Éx. 20:5, sí, en el corazón de los Mandamientos),
cruel (“Y sucedió que, a media noche, Yahveh hirió en el país de Egipto a todos
los primogénitos”: Gn. 12:29) e incluso solicita sacrificios en su nombre
(“Luego inmolarás el novillo delante de Yahveh”: Éx. 29:11; “He aquí lo que has
de ofrecer sobre el altar: dos corderos primales cada día, perpetuamente.”: Éx.
29:38). Pasemos ahora a un atributo deseable de dios: la universalidad. ¿Por
qué un ente que se presume infinitamente bueno no querría incluir a toda su
creación? ¿Por qué se hizo dios de un pueblo y no de todos? ¿Por qué incluso
atizó el odio entre los pueblos? Esto es hablando del dios del Antiguo
Testamento. En el Nuevo, una vez que Jesús manda a los discípulos a comunicar la
Buena Nueva a todo el mundo, ¿por qué no comunicó Dios a todos esa buena nueva?
¿Por qué le dejó esa tarea tan ingrata (tan imposible) al hombre? ¿No previó
que eso solo supondría la muerte de millones? ¿No era más sencillo dejar un
mensaje claro, no sujeto a interpretación (fijo), sin ambigüedades, sin
necesidad de elegir de entre varios textos los que son o no canónicos?
Hay
muchas más interrogantes acerca del comportamiento de Dios. Es injusto que la
regularidad de la manifestación de Dios haya decrecido según el hombre se ha
despojado de su ignorancia. ¿Es una casualidad que a medida que el hombre se
acerca más a un pensamiento científico las manifestaciones divinas decrezcan?
Otras dos “injusticias” no son más fáciles de sobrellevar. La primera es la
sordera de Dios: podemos comunicarnos con él, claro, siempre y cuando no
esperemos una respuesta. La segunda –préstamo de Borges– tiene que ver con la
desmedida: castigar o premiar con la eternidad las acciones que se hacen en
siete u ocho décadas es una desproporción. Es no tener consciencia de lo que es
la eternidad.
Tres
supuestos se requieren para creer en Dios: creer que existe un dios, creer que
es el dios y creer que actúa de manera ininteligible para el hombre. En
resumen, se requiere ser un crédulo (alguien que cree con ligereza) para creer
en Dios. A eso se le llama fe.
Respuesta a la
posición de Alan Jiménez
Pablo I. Soto M.
El
ejercicio que ha hecho Alan para sintetizar los principales ejes de
argumentación en contra de la existencia de dios es notable. Los argumentos
estándar en la materia son, como él mismo menciona, muy vastos como para
presentarlos en apenas dos cuartillas. Sin embargo los que ofrece Alan distan
de ser los más robustos y, como mostraré, son insuficientes para responder
satisfactoriamente a la pregunta planteada. Sobra decir que ninguno pone en
riesgo mi planteamiento.
Lo
primero que vino a mi mente es que desde
la aproximación a dar una respuesta a la pregunta propuesta, Alan plantea una
posición difícil. Lo que presenta son razones por las que podríamos sospechar
que dios no existe o que Dios no es dios. Como mencioné en mi texto, no se
puede rechazar el impacto de estos argumentos pero se les debe poner en
proporción. Estos no son concluyentes, no prueban la imposibilidad de dios ni
la legitimidad de la creencia en él. La discusión sobre si dios existe es rica
y quizás sea la máxima meta-pregunta
alguna vez plateada por el ser humano. No es una pregunta positiva porque no
cuestionamos algo sobre la realidad sino algo sobre el fundamento de esta,
sobre su sentido. Pero tampoco es una pregunta subjetiva pues la respuesta es sí o no;
no hay puntos medios. El planteamiento
sobre la existencia de dios está un poco más allá del límite de aquello de lo
que podemos hablar y, diría el filósofo, ahí es donde debemos callar.
Con
esto no pretendo decir que dado que no se puede probar ni una cosa ni la otra,
cualquier posición es válida. Lo que he dicho es que para avanzar en la
discusión es mejor comenzar por preguntarnos ¿Por qué creo lo que creo? Es decir, una pregunta sobre nuestras
razones no sobre esa meta-realidad. Claro,
habrá razones válidas y otras que no lo son. Entre las razones válidas que
encontremos se esbozaría muy tenuemente una respuesta a la pregunta real.
Si
la razón de Alan para no creer en dios es que asume que el pensamiento puede
eliminar su posibilidad, entonces tiene una razón inválida. Pocos son los que
aún defienden tal cientifismo radical. Así como durante milenios la idea de
dios fue usada para explicar aquellos fenómenos naturales que resultaban
inexplicables, ahora se utiliza su negación para moldear al mundo como la
ciencia positiva lo necesita y no necesariamente como es.
Por
supuesto, una respuesta posible es que, ante la incertidumbre, la mejor
decisión que uno puede tomar es aquella basada en lo que se sabe (lo que daría
la ciencia). Esa sería un motivo defendible para no creer, pero obviaría la
discusión sobre si lo que se sabe sobre la realidad es un conocimiento
relevante para posicionarse frente al tema.
Es cierto que, como agudamente mencionó Laplace, las ciencias logran
explicar el mundo sin necesidad de la hipótesis
de Dios, pero quedaría a discutir si esa exclusión de los modelos puede
extrapolarse a una exclusión en la realidad. Por eso creo que la visión que
parece tener Alan sobre el fenómeno religioso es extremadamente simplista.
Ahora
respondo de forma sucinta los argumentos que propone. Sobre su crítica al
primer supuesto se puede contestar que, por definición, dios está fuera de la
mecánica de creador-creatura. También, ya he respondido a su
dicho de que el hombre es poco humilde por atribuir a dios todo aquello que no
puede explicar. Lo que es poco humilde es pensar que el hombre puede
comprenderlo todo. ¿Qué razones tendríamos para decir que dios es Dios? o ¿Cómo
podemos afirmar a Dios negando a otros dioses?
Son preguntas que ya he respondido en otra parte de mi blog. Sobre las
semejanzas de Dios con otros dioses puedo decir que, aunque algunas son
ciertas, no afectan el centro de la creencia y otras, justo las que menciona
Alan, son notablemente falsas. Sobre el comportamiento de dudosa moralidad de
Dios cabe decir que la concepción cristiana de la deidad es una
reinterpretación (revelación para quien cree) del Dios del A.T. No se puede, en
ese aspecto, analizar como el mismo agente. La primera injusticia adicional que
propone me pareció imprecisa. En el concepto cristiano de Dios sí esperamos una
respuesta y, de hecho, todo se basa en que nosotros, no él, debemos darla. La segunda queda en una frase linda pero
falaz. Así como no se puede comparar el 1 como proporción del infinito, no se
puede comparar un número de años con la eternidad. Buscar si las medidas son
justas o no, es un ejercicio ocioso; además, muestra cierta ignorancia sobre la
doctrina de la condenación.
Una
de las cosas que más llamó mi atención fue el argumento sobre las similitudes
entre Dios y otros dioses. El argumento no es nuevo ni válido para la
construcción de una crítica contra la posibilidad de la existencia de Dios. Lo
que ocurre es que la premisa es cierta pero, frecuentemente, se fuerzan los
hechos para llegar a la conclusión.
Es
verdad que las creencias cristianas tienen similitudes con otras religiones,
pero esto no debería sorprender a nadie. El cristianismo, más que ninguna otra
religión en el mundo, se ha caracterizado por su facilidad de sincretismo. Este
proceso de reinterpretación de lo externo no daña la creencia cristiana sino
que es su resultado.
El
sentido de la crítica de Alan es que lo que llamamos cristiano no es tal, sino que es el resultado de un proceso de
reciclaje de relatos antiguos. Es decir, lo que se ataca es la veracidad de lo
contado. Se subraya a la trinidad como actualización de los dioses egipcios y
también se mencionan los supuestos paralelos entre Jesús y el dios Mitra.
No
hay que ser un riguroso estudioso de la historia de las religiones para ver que
los ejemplos no se sostienen. La relación entre Isis, Osiris y Horus dista mucho
de la de las personas de la trinidad. Los dioses egipcios no eran uno sino tres
y su relación era más familiar que la de la unión de voluntades. De hecho, lo
que habría significado un ejemplo mucho más sólido es una posible relación
entre Isis y María.
El
caso de Mitra es tan grave que podría caer en el terreno de la difamación.
Incluso existe una página de Internet que paga mil dólares a aquel que logre
sustentar esas relaciones con fuentes primarias. Pero vayamos por partes, el
culto a Mitra tenía presencia en el mundo romano al mismo tiempo que el
cristianismo primitivo. Si ambas religiones competían entre sí está sujeto a
discusión, pero de haberlo hecho la relación no pudo haber sido tan grande. El
culto a Mitra era mistérico mientras que el cristianismo era lo contrario: una
religión revelada. Es decir, las dos religiones no competían porque eran muy
distintas y sus fieles también lo eran.
Luego,
las supuestas similitudes. ¿Coinciden en la fecha de nacimiento? No es posible,
pues en el cristianismo no se cree que Jesús naciera el 25 de diciembre. Se
celebra ese día pero la instauración de tal fecha se dio varios siglos después,
cuando el culto a Mitra había desaparecido. ¿Su madre era una virgen? La
corriente romana del culto a Mitra afirmaba que nació de una piedra. El
simbolismo entre María y una piedra puede resultar poético pero es
historiográficamente falso. ¿Nació en un establo? No, en una piedra. ¿Pan y
vino? No tenía noticia de que tal cosa pero es muy difícil argumentar que la
tradición eucarística tiene otro origen que la cena de pascua judía, la cual es
muy anterior al culto a Mitra. Otras supuestas relaciones que se han intentado
hacer entre Jesús y Mitra son que tenía 12 discípulos y que resucitó al tercer
día. Todas son falsas y sólo se han hecho conocidas por el reciente auge de las
tramas de intriga hacia la historia de las religiones.
¿Por
qué hacer esta aclaración? Para señalar que la historia de las religiones es
mucho más compleja que lo que pareciera creer mi compañero. Las religiones
cambian, se dividen, se unen,
reinterpretan cosas externas a ellas; pero eso no las hace falsas. Lo
que las sostiene no son los detalles sino sus creencias centrales— algo de lo
que ya he hablado en mi blog—. Las coincidencias son históricamente
entendibles, pero al final lo que importa es aquello a lo cual el creyente no
está dispuesto a renunciar.
Respuesta a la
posición de Pablo Soto
Alan Jiménez
Dos
cosas son destacables en la opinión de Pablo. La primera es que, a sabiendas de
que es inútil reflexionar sobre la existencia de Dios desde la razón, apela a
la fe. Esto no puede sino agradecerse, pues, como expuse, las condiciones que
se requieren para creer en él desde la razón, son numerosas y quizá
insalvables. La segunda característica que quiero destacar es que el escrito da
por sentado desde el principio la existencia de Dios. No hay duda de que el
Evangelio es una propuesta filosófica y una invitación, pero esta propuesta se
encuentra en un limbo, ya que sus fundamentos no son sólidos.
Pablo
afirma que hay razones necesarias pero no suficientes para creer en el
Evangelio. No me parece sensato que el fundamento de la vida de millones de
personas tenga apenas razones necesarias. Es construir un castillo hermoso con
cimientos muy endebles: es una magnífica construcción, pero es peligrosamente
inútil. No se puede construir toda una cosmogonía sobre un campo de dudas.
No
basta sentir que hay valores
universales (platónicos, fuera del espacio y del tiempo, existentes por sí y
para sí), apreciar que hay un orden
que supera nuestros razonamientos y desear
superar la muerte para colegir de ahí que debamos creer en el dios
judeocristiano. Ni siquiera es suficiente (para una mente acostumbrada a dudar)
para creer en ningún dios. Creer en un dios todopoderoso por lo que se siente,
se aprecia, se desea o se intuye no es muy diferente del niño que cree en los
Reyes Magos.
¿Por
qué hemos de desear una realidad más compleja? ¿Porque satisface nuestras
pasiones? El Universo no es para
cumplir nuestros caprichos. No podemos creer en algo simplemente porque es más
complejo que sus alternativas. El materialismo es un llamado a la humildad, a
reconocernos, cuando menos, ignorantes.
Al
contrario de lo que piensa Pablo, no creo que reconocernos insignificantes y
ser capaces de matar a Dios sea una contradicción. Las dos cosas son,
nuevamente, parte de la humildad que hasta ahora se ha negado a experimentar el
ser humano. Esta humildad nos obliga a reconocernos pequeños y, al mismo
tiempo, a reconocer que existe cierto distanciamiento entre dios y los hombres.
Llamarnos hijos de dios y creer que hemos hecho una alianza con él son el colmo
de la presunción.
No
se necesita de un dios para humanizar nuestra muerte. Creer eso es sugerir que
no somos lo suficientemente humanos para humanizar nuestro final. Es verdad que
somos más que materia y que somos lo que pensamos. La humildad, de nuevo, nos
invita a creer que algunos de nuestros pensamientos morirán con nosotros; la humanidad (como valor, no como
sustantivo gregario), nos brinda el consuelo de saber que no todos nuestros
pensamientos morirán con nosotros. Dios está fuera de este esquema.
Tampoco
se necesita ser cristiano para vivir en plenitud la aceptación de la humanidad, ni para ver en la existencia
de otros una compañía que complementa, ni para creer que la unicidad de la
Verdad no puede generar divisiones, ni para comprometerse con el hombre que se
es. Todas son características loables, pero que no son exclusivas de un
cristiano. No veo por qué un ateo o un gnóstico no puedan creer lo mismo. Todo
lo que se necesita para creer en ellas es humildad y una (no excesivamente)
sana moralidad.
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Nota:
Pablo tiene un blog en el que se puede consultar esta misma entrada y otros
interesantes artículos escritos por él: http://virtusverita.blogspot.com

1 comentario:
A vuestras señorías;
Ambas posturas han sido leídas y analizadas, no con la profundidad deseada, sin embargo, y temiendo caer en en lo simplista, podemos decir que ambas visiones son parciales, si ustedes me lo permiten, trataré de dar la respuesta a ambas posturas, en un proceso de tesis, antítesis, y síntesis, ya lo decía Aristóteles, en el punto medio esta la virtud.
Atte. El Abuelo
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