En esta ocasión, la Flecha de Uroboros discutió acerca del papel que debe tener la Real Academia Española frente a los fenómenos lingüísticos que se han gestado en Internet. Los escritos de Pablo y Jorge los pueden hallar aquí y acá.
Desde hace
aproximadamente dos décadas, el desarrollo de nuevas tecnologías de información
ha permeado fuertemente en la vida diaria de las personas. Y con su
introducción a la cotidianidad, se han requerido nuevos elementos lingüísticos
que abstraigan los nuevos conceptos. El objetivo de este breve ensayo consiste
en delimitar el campo de acción de la Real Academia Española (RAE) ante estos
nuevos fenómenos lingüísticos, así como sugerir en qué sentido debe
pronunciarse al referirse a dichos fenómenos.
Para lograr
ambos objetivos, es imperativo indicar, primeramente, cuál es la función de la
RAE. Existen dos esquemas básicos: el primero consiste en tener un organismo
rector que norme sobre la ortografía, sintaxis y pronunciación de una lengua,
como en el caso del español y el francés; el segundo esquema consiste
justamente en lo contrario: no centralizar la normatividad de un idioma, sino
dejarlo en manos de quienes lo utilizan, como en el caso del inglés. Los
defensores el primer esquema arguyen que este permite conservar la esencia y
costumbres del idioma; los del segundo, argumentan que la existencia de un
organismo normativo únicamente retrasa el desarrollo natural de una lengua.
Dentro del
primer esquema, a su vez, existen dos divisiones: hay quienes opinan que el
organismo rector debe conservar la pureza del idioma y, por tanto, ser la
autoridad en esa materia y normar, en el sentido estricto de la palabra, su
uso; del otro lado, hay quienes prefieren que dicho organismo sea únicamente
descriptivo, por lo que debe limitarse a recabar el uso de las palabras y
evitar indicar si ciertos usos son correctos o incorrectos.
La RAE se
encuentra a la mitad de estas dos visiones. Digo a la mitad porque, a pesar de
que en años recientes se ha impulsado el carácter descriptivo de sus
documentos, aún se conservan algunas características del carácter normativo
anterior. Por ejemplo, en la Presentación de su Diccionario se lee: «Especial cuidado ha de poner en ello el
Diccionario académico al que se otorga un valor normativo en todo el mundo de
habla española.»
En mi opinión, es
la combinación de los dos esquemas la forma más adecuada de conducirse para un
organismo como la RAE. El órgano rector de una lengua debe ser como quien pasea
a su perro: no debe apretar demasiado el collar porque paralizaría al perro, impidiéndole
su desarrollo y dinamismo propio de su especie, pero tampoco debe soltar la
rienda y dejar que corra libremente, pues la posibilidad de perderlo para
siempre es amplia. Así, dicho organismo debe tener dos ejes fundamentales. El
primero y más importante, el de describir la lengua; debe compilar los usos
comunes de las palabras y registrarlos. El segundo, no debe normar, sino
sugerir los significados y la ortografía de las palabras.
Estas acciones
permitirían el desarrollo natural de un idioma y, al mismo tiempo, la
conservación de su genio particular. Quienes consideran que debe omitirse
cualquier tipo de norma sobre la lengua, anteponiendo sobre todo su desarrollo,
toman como modelo al inglés. Sin embargo, creo que se trata de un ejemplo muy a
modo, toda vez que, al ser de voz inglesa los adelantos tecnológicos, los
neologismos correspondientes están en esa lengua. ¿Qué pasaría si los
neologismos tecnológicos vinieran de, por ejemplo, China? Los países
angloparlantes tendrían problemas para incorporarlos: ¿cuál debe ser la grafía
correcta, cuál su pronunciación, cómo deben ser pluralizados? La visión de un
idioma que no requiere normatividad es una visión cortoplacista, que no termina
de comprender que los fenómenos lingüísticos actuales serán más rápidos, más
globales y se requiere de un ancla que le permita mantenerse más o menos firme,
sin que se lo lleve la veleidad de los tiempos.
El problema de
los neologismos en el español no es nuevo. Del italiano llegaron varias
palabras relacionadas con la guerra: fragata, piloto, escopeta, coronel,
escolta, asalto, centinela, entre otras. La cocina del español viene en gran
parte del francés: bufé, filete, fresa, margarina, mayonesa, menú, puré, suflé;
también hay francés en lo relacionado con los automóviles: biela, bobina,
chofer, cupé, garaje, limusina, llanta. Ni qué decir de todo el vocabulario que
se heredó del árabe. Es común que el idioma en donde se desarrollan los
fenómenos preste sus palabras a otros idiomas. Esto es lo que actualmente
ocurre con los neologismos de origen inglés: browser, net, hashtag, log (in, out), spam, bot, stalker,
bug, web, blog...
En este
entendido, considero que la mejor manera de abordar los neologismos y lograr el
equilibrio entre los dos enfoques que inicialmente describí consiste en llevar
a cabo el siguiente procedimiento: primero, aguardar un tiempo prudente para
determinar si, en efecto, el neologismo requiere una voz (no desesperarse y
crear una palabra que al cabo de algunos meses morirá); segundo, identificar si
para ese extranjerismo hay algún equivalente en el español (browser, navegador; web, red; bug,
desperfecto); tercero, si no existe un equivalente, generar uno que respete, en
ese orden, la grafía del español (evitar el uso de dobles letras y combinaciones
de ellas que son extrañas en el español; evitar los usos de la “w”, la “x”, la
“k” y la “q”) y sea una buena aproximación del fonema extranjero
correspondiente.
Cosas
interesantes resultan de la aplicación de este criterio. Por ejemplo, los
barbarismos share, follow, link¸ home y download,
quedarían incorporados al español mediante la segunda fase: compartir, seguir,
liga o vínculo, inicio y descargar, respectivamente. En la tercera fase
estarían palabras como las siguientes: espán (por spam), blog (por blog),
bot (por bot), espóiler (por spoiler). A pesar de que en primera
instancia puede parecer difícil, la implementación de esta política no requiere
esfuerzos sobrehumanos. Basta con que la RAE proponga acercamientos con los
principales desarrolladores de software
(que, considerando lo dicho, sería sofgüer o sófuer –prefiero la segunda–) a
nivel mundial y desarrollaran sus productos en español con su asesoría. El
acercamiento con menos de diez empresas garantizaría un alcance muy significativo
(pienso en Microsoft, Apple, Google, Firefox, Facebook y Twitter).
Existen otros
fenómenos lingüísticos en Internet que merecen ser considerados. El uso de los
emoticonos, por ejemplo, está fuera del alcance de las normas de la RAE. Si
bien su uso es frecuente y se utilizan signos y letras, la RAE debe ceñirse al
uso del lenguaje escrito, no, como es este caso, al uso que se le puede dar a
los elementos que componen una palabra. Otro fenómeno interesante es el de los hashtags (etiquetas, mejor); al
respecto, considero que la RAE tampoco debe sugerir algún uso, pues se trata de
un elemento que, aunque constituido por palabras, no está sujeto a las reglas
básicas de ortografía (la etiqueta ni siquiera admite espacios). Es similar a
lo que ocurría con los telegramas: la sintaxis debía ceñirse a restricciones ajenas
a las del lenguaje; querer normar la sintaxis de los telegramas es un dislate,
como querer normar las etiquetas en Twitter. Finalmente, las abreviaturas
frecuentes en la jerga informal de Internet, tales como OMG, LOL, WTF, ASAP,
AKA deben evitarse, ya que es costumbre de los países anglosajones el comprimir
todo, pero no lo es del español. Sugiero: ¡increíble!, ¡qué risa!, ¡qué!,
pronto, alias.
Enhorabuena por
la RAE, que en el umbral de sus 300 años y ante retos complejos, ha sabido qué
hacer y lo ha hecho de forma correcta.
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Comentarios a Jorge:
En
términos generales, el ensayo de Jorge disiente de la opinión que compartimos
Pablo y yo. Básicamente, la diferencia radica en que Jorge pretende una
conservación más estricta de la lengua. Comprendo la inquietud de Jorge por
conservar el idioma, pero su conservación no debe ser tal que evite su
desarrollo. Las personas que requieran una palabra la tomarán donde la hallen.
Jorge
hace una dicotomía entre la norma culta y el uso consuetudinario del español.
Esa división me parece un tanto falaz. Falaz porque no es una división
exclusiva: la norma culta depende del uso consuetudinario. Esto quiere decir
que todas las palabras que forman parte de la norma culta alguna vez fueron de
uso consuetudinario. La norma culta es una construcción que parte del uso
cotidiano del idioma. Querer desvincularlos sería pretender formar un nuevo
idioma.
Hay
un punto muy interesante que Jorge aborda en el cuarto párrafo de su ensayo: el
uso que actualmente se le da a la escritura. En efecto, antiguamente era muy
poco común que alguien escribiera mal. Había razones para eso: muy
antiguamente, no había normas para escribir, por lo que es difícil cometer
errores cuando no hay una ortografía. Unos cuantos siglos más tarde, el
material sobre el que se escribía era caro, por lo que solo escribían los más
diestros. Desde la Edad Media y hasta el siglo pasado, quienes escribían eran
personas que habían recibido una educación muy pulida, por lo que encontrar
errores en sus escritos era difícil. En esta época, la facilidad de escribir en
cualquier medio, así como el impulso que se le ha dado al alfabetismo, dan como
resultado que la mayor parte de las personas es capaz de escribir, pero de
ninguna manera eso significa que es capaz de escribir bien (es decir, en apego
a las normas del idioma).
Este
problema es todavía más relevante si se toma en cuenta que nunca como hoy había
habido tantas personas hablando español. Alrededor de 450 millones de
personas
lo hablan y 14 millones más lo estudian. Si
el 80% de ellos es alfabeto y de ese 80%, el 20% conoce las normas del español
y las utiliza (son porcentajes a vuela pluma), tenemos que 288 millones de
personas no escribe correctamente el español: 288 millones de amenazas.
La
educación juega un papel importante en el uso correcto de la lengua. Jorge
abunda en ello casi al final de su ensayo. Al respecto, es destacable lo que ocurrió con los libros
de texto gratuitos. Lo que me parece del todo acertado es que hayan pedido a la
Academia Mexicana de la Lengua revisar los libros y enmendar los errores
ortográficos que en ellos haya. Es una lástima que los académicos no puedan
enseñar ortografía a cada uno de los alumnos de todas las escuelas, pero,
cuando menos, de esta manera se puede asegurar que los libros a los que se
acercan los niños (muchos de los cuales serán los únicos que lean) estén bien
escritos.
Comentarios a Pablo:
Celebro
que, después de varios temas discutidos, Pablo y yo logremos coincidir en algo.
La coincidencia de ideas se da a nivel general, que es justamente el nivel en
donde más diferencias habíamos tenido anteriormente. La idea general en la que
coincidimos es en que la RAE no debe empecinarse en conservar rígido al
español, sino que debe hallar la manera de incorporar los fenómenos
lingüísticos del Internet sin abandonar por completo la homogeneidad del
idioma.
Otro
de los puntos comunes entre el texto de Pablo y el mío consiste en señalar la
importancia que tiene el acercamiento entre la RAE y los desarrolladores de
contenido en Internet. La actuación que la RAE haga al respecto será
determinante para el futuro del español. Esta situación puede compararse a una
pequeña fuga de agua: quien viva en esa casa con fuga puede acostumbrarse a la
gotera y vivir felizmente con su pequeña inundación, o bien, puede detectar de
dónde emana la fuga e intervenir en la situación desde sus inicios.
Existen
ciertos puntos, sin embargo, en los que disentimos. En primer lugar, en el
primer párrafo, Pablo parece sugerir que el lema «Limpia, fija y da esplendor»
ha tenido que ceder ante la inevitabilidad del desarrollo del español; sin
embargo, apenas dos párrafos después, hace uso de ese lema y lo incorpora a su
propuesta. Considero que el lema elegido por la RAE es muy desafortunado. En
particular, es muy difícil sostener que la lengua debe ser fija. Comprendo que,
desde el punto de vista de Pablo, esa fijeza es más bien relativa.
Ahora
bien, hay otro punto respecto a esta propuesta que tampoco me satisface. Es un
punto mucho más de forma que de fondo: el lema de la RAE se refiere a limpiar,
fijar y dar esplendor a la lengua española. La propuesta de Pablo confunde el
objeto directo implícito de esa oración y lo extiende a otros ámbitos. Así, en
lugar de limpiar la lengua, Pablo sugiere algo así como «limpiar los entornos»;
en lugar de fijar la lengua, recomienda «fijar una norma española estándar»; en
lugar de dar esplendor a la lengua, él sugiere darle publicidad. Salvo el
último caso, en donde sí coincide el objeto directo (pero no el contenido
exacto), la propuesta, aunque buena, no es tan cercana al lema de la RAE como
Pablo sugiere. Insisto, el lema es desafortunado y la RAE debería considerar su
modificación.
Por
otra parte, Pablo parece confiar mucho en la utilidad de una norma culta. Lo
que no nos dice Pablo es qué ni cómo incorporar a la norma culta todos los
neologismos que se desprenden del Internet. ¿Qué debe tomar en cuenta? ¿Cómo
proceder ante estos fenómenos lingüísticos? Las acciones que la RAE lleve a
cabo al respecto son clave para responder a la pregunta inicialmente planteada.

1 comentario:
Dar con el término medio es lo más sensato. Estoy de acuerdo contigo.
No hay que olvidar la finalidad del lenguaje: la comunicación. Es decir, que si entre los hablantes surgen nuevas palabras que parecen ser entendidas por la mayoría ¿por qué no considerarlas palabras de esa sociedad?
Tú propones comprobar primero si existe o no una palabra equivalente en nuestro idioma antes de adoptar un extranjerismo, sin embargo, ¿porqué no adoptarlo de todos modos? Un sinónimo no haría otra cosa que enriquecer más un idioma.
El problema real radica en cómo catalogar esa palabra (llamarla española u otro adjetivo) pero eso tan solo es una cuestión organizativa. La palabra "stop" deriva del inglés, sin embargo es entendida casi universalmente, también por personas que nunca aprendieron inglés. Por lo tanto la RAE la ha incluido en su diccionario. No creo que haga falta cambiarla por "estop" para entenderla o considerarla española.
El origen de una palabra es tan confuso como el origen del lenguaje en sí. El lenguaje es como un organismo vivo que va transfigurándose. Algunas palabras proceden del latín, pero el latín también lo conformaron sociedades de diferentes hablantes. Por lo tanto creo que sería más sensato prestar atención al uso actual de una palabra, tanto para catalogarla como para definirla. Actuando de una forma prudente, como bien propones, claro.
Un saludo,
Laura.
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