Por segunda ocasión, Jorge, Pablo y yo hemos generado una discusión interesante. Esta vez, el tema en estudio es el límite que debe tener el gobierno para ejercer acciones de espionaje sobre sus ciudadanos. La dinámica es la misma que la utilizada en la entrada de la Belleza y el Arte: cada quien escribió su opinión y, tras leerlas, se respondió a cada una de las aportaciones. Los textos completos que contienen las opiniones de Pablo y Jorge las pueden leer aquí y acá. Esta entrada incluye mi opinión y mis comentarios a los textos de Pablo y Jorge. Nota: "La Flecha de Uroboros" es el nombre oficial del grupo de discusión formado, hasta ahora, por Pablo, Jorge y yo; las entradas relacionadas con este grupo estarán indicadas en el título con la inscripción "[FU X]", en donde X es el número de la discusión.
Las
actuales innovaciones tecnológicas y el uso creciente de las redes sociales,
así como los recientes ataques (terroristas o no) a algunos países occidentales
y la denuncia de algunos ciudadanos acerca de la intervención gubernamental de
las comunicaciones a escala masiva, hacen necesario el debate planteado en el
título de esta entrada. En mi opinión, el gobierno debe abstenerse de llevar a
cabo cualquier intento de espionaje a sus ciudadanos. Diversas razones apoyan
esta tesis. En el presente escrito abordaré algunas de estas razones e iré más
allá: diré que no hay ninguna razón para que el gobierno espíe, en ningún
nivel, a ninguno de sus ciudadanos.
La
libertad se ha convertido en el valor más emblemático del último siglo. Las
luchas por la conquista de los derechos de la mujer, de los derechos de los
negros y los derechos de los homosexuales ejemplifican la importancia de la
libertad en los últimos años (derecho a la libertad de votar, a la libertad de
comportarse como blanco y a la libertad de tener los derechos de los
heterosexuales). Más reciente es la preocupación de la conservación de la
privacidad. La preocupación deviene de la sofisticación en los métodos de
espionaje, así como de herramientas más sutiles que permiten hacerlo y la
ampliación de la esfera que consideramos privada.
Se
ha dicho que solo temen ser espiadas las personas que quieren ocultar algo y
que, por eso mismo, no existe ningún problema si el gobierno decide espiar a
sus ciudadanos con el fin de garantizar su seguridad. Encuentro varias críticas
a esta manera de pensar. En primer lugar, esto sería negar la necesidad de
mantener secretas algunas cosas que no tienen nada que ver con la seguridad
nacional: la receta secreta de KFC o Coca-Cola, los avances en la demostración
de algún teorema importante, los prototipos de los inventos, los avances en los
fármacos, los estados de cuenta de todos los usuarios de los bancos, las
fotografías (personales, familiares e incluso íntimas), las deliberaciones
entre un jurado para otorgar un premio. ¿Podríamos estar seguros de que esa
información estará segura?
Más
aún, todo lo que el gobierno perciba como amenaza, sería susceptible de
espionaje. Pienso en el Watergate. También
creo que si el gobierno interviene las comunicaciones, sería de especial
interés para él conocer lo que la oposición planea y, utilizando esa información,
podría siempre adelantársele. Es decir, una consecuencia del espionaje
gubernamental es el sesgo a favor del partido gobernante, pues, además de lo
expuesto, podría denunciar rápidamente cualquier movimiento ilícito de los
demás partidos (lo cual tendría algunas ventajas en materia de combate a la
corrupción), pero también podría conocer quiénes saben los movimientos ilícitos
del propio partido y silenciarlos a
tiempo. No hace falta mucho para pensar en un estado totalitario en su forma
más perturbadora: un estado totalitario controlador (algo demasiado lejos de la
democracia, ideal excesivamente alabado en estos días). No estaríamos demasiado
lejos de 1984 (¿hay alguien cuya
utopía sea vivir en ese mundo imaginado por Eric Blair?).
En
segundo lugar, y este es el argumento más importante de la tesis que defiendo,
el espionaje del gobierno a sus ciudadanos no elimina la posibilidad de algún
ataque. La intervención en las comunicaciones únicamente reduce la
probabilidad. Pero incluso esa reducción es temporal: si cada vez que alguien
que planea un ataque es detenido antes gracias al espionaje, quienes deseen
realizar un nuevo ataque evitarán utilizar los medios de comunicación
convencionales donde saben que pueden ser espiados.
Esto
tiene tres posibles consecuencias. La primera es que solo podrán ser evitados
los ataques planeados por amateurs, toda vez que únicamente serán ellos
quienes, después de observar que el gobierno los espía, continúen utilizando
medios espionables. En otras
palabras, solo los ataques más ingenuos serán los que el espionaje
gubernamental detectará a tiempo. La segunda consecuencia es que el gobierno de
un país tendría que espiar las comunicaciones de ciudadanos que viven en otros
países. Esto significa que, aunque los ciudadanos de un país estén de acuerdo
en ser espiados, el gobierno de ese país, a fin de evitar ataques a su
territorio, tendría que espiar a ciudadanos de otros países, sobre los que no
tiene ninguna potestad ni ningún derecho. En cierta medida, se estaría violando
la soberanía de otros países. La tercera consecuencia es que si el gobierno
llega a tener acceso a toda la información privada, los ataques se planearán
únicamente mediante entrevistas cara a cara. Es decir, el único espionaje totalmente
efectivo es en el que el gobierno puede escuchar todas las conversaciones de
todas las personas; esto no solo rebasa cualquier capacidad de espionaje hasta
ahora conocida, sino que viola la mínima esfera de privacidad a la que
cualquier ser humano tiene derecho.
Hay
algunos ejemplos que ilustran muy bien el fracaso del espionaje. Como dije
antes, el Watergate es un ejemplo de
cómo la intervención gubernamental de las comunicaciones tiene como posible
consecuencia el abuso del poder en las más altas esferas. Los ataques del 11 de
septiembre ilustran que no es suficiente con que el gobierno espíe a sus
propios ciudadanos, sino que haría falta espiar a todas las personas en el
mundo, pues todas ellas son potenciales agresores. El caso de lo ocurrido en
Boston es un ejemplo de que, incluso ya en marcha uno de los programas de
espionaje más agresivos de la historia, es imposible detener conspiraciones. A
su vez, la matanza en la primaria Sandy Hook ilustra los límites del espionaje:
si alguien planea un ataque solo, a menos que se le pueda leer la mente, nadie
podrá evitarlo. Todos estos casos ocurrieron en un país donde más o menos
pueden garantizarse los derechos; ¿qué ocurrirá en los países en los que no se
puede tener esta garantía? Lo que es peor: la evidencia de que el espionaje sea
una política de prevención de ataques efectiva es mínima.
Las
alternativas al espionaje son pocas. Quizá la más efectiva sea la de la
disuasión: hacer excesivamente caro
cometer un ataque. Estoy sugiriendo aplicar penas realmente duras a quien
planeé o perpetre un ataque (pena de muerte o cadena perpetua, según las leyes
locales). Juicios cortos sin posibilidad de ningún tipo de consideración; es
muy importante que en estos casos no quepa la posibilidad de alegar demencia
por parte de los acusados. La idea debe ser: si cometo un ataque, es
inevitable: o muero o me encierran de por vida, no hay otra opción. Otra
alternativa es dejar de hacerse de enemigos de todos los países del mundo. O
dejar de ser total y completamente paranoicos. (Estas dos últimas alternativas
están claramente dirigidas a los EUA.)
El
espionaje del gobierno a sus ciudadanos con motivos de defensa está destinado
al fracaso, pues la única manera de tener completa certeza de seguridad es
nulificando todos los derechos de privacidad. Aunado a eso, deben considerarse
los costos marginales crecientes del espionaje (costos sociales más que
económicos): resulta demasiado costoso aumentar marginalmente la seguridad (“The tiny chance
of a useful match cannot justify collecting everyone’s phone records, or running
searches on millions of e-mail messages and Internet chats”). Así, el
límite de las atribuciones gubernamentales ante el potencial peligro de las
actividades de sus ciudadanos es el no espiarlos de ninguna manera, no ya por
la flagrante violación a sus derechos de privacidad, sino por la evidente
imposibilidad de espiar a todos todo el tiempo en todos los medios posibles de
comunicación (incluso la que cada persona tiene consigo misma).
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Comentarios a Jorge:
Jorge hace una precisión en la que ni Pablo ni yo
ahondamos: el marco legal. Como dice Jorge, el derecho que tenga un gobierno,
así como el tipo y la frecuencia, de espiar a sus ciudadanos debe emanar del
corpus legal de ese Estado. Ese corpus legal debe ser lo suficientemente
explícito, de manera que no haya dudas acerca de lo que puede o no hacer el
gobierno en esta materia. Si, por ejemplo, el ordenamiento jurídico del que se
desprende el derecho del gobierno por espiar a sus ciudadanos es algo similar a
“el Estado debe garantizar la seguridad de los ciudadanos”, cabrían dudas
acerca de si el espionaje es una estrategia legal de seguridad, o bien, hasta
qué punto el espionaje es legal.
Lo que subyace en esta observación es un acuerdo
entre el Estado y sus gobernados para determinar la legalidad del espionaje. En
otras palabras, si el Estado debe o no espiarlos debe emanar de la voluntad del
pueblo, no de una acción unilateral del gobierno. Deben ser los ciudadanos
quienes expresen su voluntad por ser espiados o no; al gobierno únicamente le
corresponde aceptar y conducirse de acuerdo con los deseos de sus gobernados. No
debe entenderse al Estado como un ente adversario del pueblo, sino como una
extensión de su voluntad. La pregunta inicial, por tanto, se transforma en la
siguiente: ¿es deseable para los ciudadanos un espionaje a sí mismos por parte
del gobierno?
El punto de comunión entre los argumentos de Jorge y
los míos es considerar que la prevención es el método más efectivo en la lucha
contra ataques potenciales. No soy tan inocente para pensar que la prevención
basta para evitar ataques. Según lo que he argumentado, el establecimiento de
penas muy duras a quienes cometan estos actos es un complemento a esta
estrategia. Claro, no podemos pensar que de esta manera se evitarán todos los
actos terroristas, pero esta doble estrategia no es invasiva, no tiene ningún
efecto sobre la libertad, no la limita. Comparar científicamente la efectividad
de esta estrategia con la del espionaje sería una tarea sumamente interesante,
aunque, me temo, prácticamente imposible.
Jorge argumenta que los países que más temen las
consecuencias de su actuar histórico o el “despertar” de sus ciudadanos, son los
más propensos a espiar a sus ciudadanos. Cuando uno escucha que en China, Cuba
y Venezuela, la censura en Internet es muy alta, surge un sentimiento de
inconformidad en nosotros. Pero, ¿qué tan diferente es que Estados Unidos espíe
lo que sus ciudadanos hacen en la red? ¿Por qué no hay un sentimiento de
inconformidad generalizado como en el primer caso?
En la aportación de Jorge se subraya, como
conclusión, que el gobierno debe espiar cuando haya “riesgos potenciales
reales”, con lo que se refiere a que la probabilidad de ocurrencia sea alta, o
bien, que se tengan motivos fuertemente fundamentados para sospechar. Esto, sin
embargo, me parece muy impreciso, pues, ¿cómo diferenciar entre un riesgo
potencial real y uno que no lo es? Esto solo podría saberse una vez que se ha
llevado a cabo la investigación correspondiente, es decir, ya cuando el
espionaje fue hecho. Por otra parte, ¿cuándo se considera la sospecha como
fundamentada?, ¿en qué condiciones? ¿Cómo podría la legislación correspondiente
especificar las condiciones bajo las que una sospecha se considere fundada?
Comentarios a Pablo:
En el escrito de Pablo se entrevé una confianza
plena, total, en el Estado. Pablo hace una peligrosa asociación de ideas:
relaciona el espionaje con la seguridad total.
Esto es una confusión peligrosa porque es querer ignorar que no hay espionaje
que sea totalmente efectivo. A mayor
espionaje, nada nos garantiza mayor seguridad. No es una relación segura. ¿Qué
evidencia tenemos de eso? En el país más espiado del mundo por su gobierno,
¿hay más seguridad?
Por otra parte, lo que dice Pablo es contradictorio.
Por una parte dice que garantizar la libertad de los individuos es inútil si no
se les puede garantizar seguridad. Pero lo que no ve (lo que no quiere ver) es
que al aumentar sin escrúpulos la seguridad, se está atentando contra la
libertad. Esto es, un país perfectamente
seguro será un país en el que la libertad esté demasiado comprometida. ¿No
debería el gobierno también procurar la libertad entre sus ciudadanos? A la
tesis que apoya Pablo habría que reafirmarla dando argumentos más sólidos
acerca de la preeminencia de la seguridad por sobre la libertad. Me sorprende
que en un economista predomine la idea de un estado robusto a expensas de un
mínimo de individuo.
Pablo observa que es deseable que el gobierno espíe
y no sea transparente respecto a sus forma de obtener información. La ventaja
que esta manera de actuar supone es que quienes quieran hacer daño a la
comunidad no sabrán desde dónde ni quién ni cómo fueron vigilados. Esto es
justamente la falacia que yo critiqué en mi aportación: creer eso es creer en
que “los malos” son tontos, que no aprenden, que no leen las noticias. Vayamos
al ejemplo: luego de las revelaciones en materia de espionaje por parte del
gobierno estadounidense a sus ciudadanos, ¿qué tipo de criminal usará las redes
sociales o su correo para planear un ataque? Solo algún bruto lo hará. Los
criminales profesionales hallarán mejores líneas de comunicación y, en ese
caso, ¿qué le quedará al gobierno por hacer sino hacer más invasiva la
vigilancia? Creer que el criminal, al saber que se espía a los ciudadanos por
muchas vías, no perpetrará ningún ataque es confiar en que son tontos o desidiosos.
Por otra parte, el espionaje transparente me parece
del todo inútil. Decir a quién ves, lo que ves y cómo lo ves no crea ninguna
disuasión ni sirve para prevenir algún ataque. Esta opción implica creer que
los criminales son aún más tontos. La información transparente es útil
únicamente para espacios diferentes a la seguridad: información financiera
(créditos, deudas, fraudes), información sobre asignación de puestos de trabajo
en el gobierno, información sobre regulación... todo cuanto no se relacione con
la seguridad nacional.
En la conclusión, Pablo plantea que se requieren
controles en las agencias de investigación, que estas deben rendir cuentas cada
cierto tiempo. Esto todavía es peor: no solo se da por sentada la capacidad
intelectual limitada de los criminales, sino que cada cierto periodo el
gobierno tendrá que comunicar hacia dónde está yendo la investigación, revelar
las técnicas, indicar a quiénes, por qué... se estará transparentando la
estrategia, lo que le dará una guía cierta al criminal de por dónde no debe
caminar.
Pablo no aborda el tema del espionaje internacional,
el espionaje hecho por un gobierno más allá de las fronteras de su territorio,
aduciendo que esa información se encuentra en servidores que están en su
territorio. Es un problema todavía más complejo y cuya sola existencia merecería
alguna atención por parte de Pablo.
Prevención y duras sanciones son las estrategias que
debería seguir cualquier Estado en esta materia. Un paso hacia el espionaje es
siempre desear el otro y el siguiente, porque nunca será suficiente, nunca
estaremos tan seguros, tan totalmente
seguros.

No hay comentarios:
Publicar un comentario