Ninguna duda cabe respecto a la consideración
de El Ingenioso Hidalgo o Macbeth como obras literarias. Hay
quienes todavía estarían dispuestos a afirmar que todo cuanto escribieron sus
autores debe ser considerado literatura. Por otro lado, nadie cree que una
revista de espectáculos pueda recibir esta categoría y son pocos los que
valientemente sostendrían que un comentario en una red social puede aspirar a
constituirse un texto literario. Entre estos extremos se ubican las traducciones,
los anagramas, los audiolibros, los guiones de cine. ¿Qué es y qué no puede ser
la Literatura? ¿Cuáles son los criterios que definen la frontera?
Para responder a estas cuestiones es útil apoyarse
en consideraciones históricas. ¿Cuándo surge la Literatura?, ¿cuál es el primer
texto considerado literario? Posiblemente la historia de la Literatura comience
con el Poema de Gilgamesh y prosiga
su camino por Egipto, la India, China y Palestina. Cuando llega a Grecia, la
Literatura comienza a despojarse de la cubierta teísta que la reviste: ya hay
textos cuya finalidad no necesariamente se relaciona con los dioses. Este
pueblo adelanta tanto que ya Aristóteles medita –en la Poética– sobre los criterios que deben satisfacer las obras para
considerarse trágicas. Es decir, ya entonces se cuenta con un cuerpo de textos
lo suficientemente diferenciados como para sugerir clasificaciones entre ellos.
Los criterios aristotélicos parecen
exageradamente limitativos para los lectores actuales. Incluso las tragedias
medievales y renacentistas ya superan lo sugerido por el estagirita. Y sin
embargo, existen textos griegos, medievales, renacentistas y actuales que
pueden denominarse literarios. Más que una relajación de los criterios para
considerar un texto como literario, hay una evolución de los mismos. Pero los
conceptos no son, en sentido estricto, entes con vida y desarrollo propios: en
realidad, quienes modifican esos criterios son un grupo de personas. Este grupo
lo han conformado tradicionalmente individuos que poseen dos características:
han leído un número relativamente alto de textos –comparado con, digamos, la
media de la época y el lugar– y poseen la capacidad de influir en un grupo
numeroso de personas –ya sea a través de la fama, la política o el Arte–. Para
la conformación de este grupo de élite –pido al lector reprimir cualquier
connotación negativa asociada con este vocablo–, otras variables pueden ser
determinantes. Por ejemplo, era preciso ser un hombre libre en Grecia, no
contravenir los intereses de la Iglesia durante el medioevo, promover la
decencia durante la época victoriana y evitar la apología explícita o implícita
de la discriminación, la violencia o la represión en la actualidad.
Definir a la Literatura como un consenso entre
esta élite permite explicar por qué la obra de ciertos autores pasa
desapercibida durante varios años e incluso durante toda la vida del escritor.
No es sino hasta que algún miembro de la élite encuentra cierto valor en ella cuando
se comienza a tomar en cuenta y se coloca como texto literario. Queda por
conocer cuáles son los criterios que utilizan los miembros de la élite para
tildar de literario a un texto. Como he dicho, estos criterios varían conforme
transcurre el tiempo; sin embargo, una constante es el principio ad hominem[1]:
el nombre del autor influye de manera particular en lo que la élite puede
considerar Literatura. Otra de las variables que sin lugar a dudas tiene
influencia en la decisión de calificar a un texto de literario o no está
relacionado con la época en la que fue escrito. Así, conforme más alejado en el
tiempo haya sido escrito el texto, más probabilidades tiene de ser considerado
literario[2].
Un último elemento central que opera como filtro es la consideración estética
que opera en el lector. La consideración de que un texto sea literario no
depende de que el autor haya tenido una intención deliberada por generar un
efecto estético, sino de que el lector lo perciba como tal –aciertan en este
sentido los adscritos a la teoría de la recepción–.
Los ejemplos siempre son ilustradores y, en
este caso, resultan del todo necesarios. Los textos anteriores al Renacimiento
son altamente proclives a ser considerados Literatura: las leyendas y mitos (griegos
y latinos), los textos sagrados (judíos, cristianos y musulmanes), los de
transición hacia una lengua (Poema del
Mío Cid, Cantar de Roldán, Cantar de los Nibelungos) y los del
descubrimiento de otros mundos (Los
viajes de Marco Polo, las Cartas de
relación, La verdadera historia de la
conquista de la Nueva España). Aunque antiguos, otros textos no son
considerados literarios debido a que los lectores –al menos los lectores
modernos– no hallan en ellos elementos estéticos. En este caso se encuentran el
Código de Hammurabi, la Piedra de Palermo y el Código de Urukagina, los cuales, a pesar
de su relevancia histórica, carecen de un propósito estético. La importancia
del autor –la cual proviene, naturalmente, de la transmisión de su fama a
través de las generaciones de élites– puede advertirse en la mayoría de los
textos sacros, en las referencias aristotélicas de los textos medievales y en
los análisis y ensayos sobre otros textos durante el siglo XX. El prejuicio a
los nuevos textos creados por autores ya reconocidos es todavía hoy garantía de
que será considerado literario. Por supuesto, la anonimidad de un texto no
impide que pueda ser considerado literario (como es el caso de Las mil y una noches, El lazarillo de Tormes o Beowulf). Por su parte, El diario de Ana Frank y ciertos pasajes
bíblicos sugieren que juzgar literario un texto a partir de la intención del
autor no se sostiene.
Bajo esta concepción de Literatura resulta
evidente la importancia que tiene la concesión de premios literarios, ya que se
constituye como el reconocimiento social que faculta o refrenda a los
galardonados como miembros autorizados para juzgar si un texto cuenta con los
elementos necesarios para llamarse literario. He dicho que lo que denominamos
Literatura es un consenso: tal vez lo era antes, pues ahora es poco frecuente
que se alcance cierto grado de acuerdo. En la actualidad basta con que ciertos
integrantes de esa élite –y no todo el grupo– juzguen como literario un texto.
Desde esa perspectiva, la definición que he propuesto de Literatura alcanza
para situar también lo que se entiende por “un clásico”: los textos que han
obtenido el consenso generalizado de varias generaciones de élites, es decir,
sobre los que hay poca o ninguna discusión.
Soy consciente de que la debilidad más grande
de la propuesta de definición de Literatura que he hecho consiste en trasladar
las dificultades hacia un terreno escabroso: la Estética. Las consideraciones a
lo que puede o no llamarse Arte y que siguen muy de cerca a lo que aquí me he referido
ya las he abordado en un texto anterior (disponible aquí). A esas consideraciones, debo agregar la concerniente
a la dinámica intergeneracional de las élites: lo que una generación de élite
sostuvo como Literatura, en prácticamente todos los casos se mantendrá como tal
para las generaciones futuras. Hasta el momento, el revisionismo crítico de lo
que anteriormente se ha considerado Literatura es una operación marginal.
La noción de Literatura, como cualquier otro
concepto, es solo una construcción lingüística conveniente (la referencia a Wittgenstein
es ineludible). Definir de esta otra manera a la Literatura no invalida el
análisis previo, pues su intención consiste en determinar el origen, el
mantenimiento y los límites de esa construcción. Después de todo, ¿quién se
conforma con saber que dios, el león, la serpiente, arriba y abajo son solo
abstracciones?
