jueves, 29 de enero de 2009

Babel

"Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente."
Ludwig Wittgenstein

Hace ya algún tiempo se sabe que el lenguaje afecta la manera como nuestra mente trabaja. Esto es, el lenguaje da forma y limita lo que podemos alcanzar a través de un proceso cognitivo.

Es curiosa (y muchas veces caprichosa) la manera como las palabras van adquiriendo distinto significado en diversas culturas, incluso en las palabras que poseen una raíz común. Baste recordar las investigaciones que señalan la peculiaridad de que en varios idiomas, la palabra "madre" comienza con la letra "m", incluso en lenguas africanas y asiáticas.
Sin embargo, hay algunas palabras que requieren un poco más de detalle para poder entender la relación entre ellas y la idiosincrasia. En particular, quiero analizar las palabras "improvisar" e "improve". Quizá la mejor manera de entender la diferencia entre ambas es con un ejemplo. ¿Qué sucede cuando una persona se queda sin empleo? El mexicano, por ejemplo, improvisa; es decir, coloca un puesto ambulante de todo tipo de negocio (es posible que la balanza comercial de nuestro país mejorara bastante si pudiéramos exportar ocurrencias). Un inglés, un estadounidense o un australiano, quizá optarían por "improve", es decir, por mejorar su condición.
La diferencia entre "improvisar" e "improve" no es sólo cuestión de planeación, sino de visión del futuro. "Improvisar" hace referencia a algo temporal (aunque muchas veces se convierte, a fuerza de costumbre, en permanente), mientras que "improve" es un concepto que necesariamente implica continuidad. En otras palabras, "improvisar" sugiere inmediatez, prontitud; "improve", a su vez, se refiere a un futuro no definido.
No sugiero modificar el español para lograr que las palabras infundan valores que no poseemos. Sugiero el proceso inverso: cambiar la mentalidad, para modificar el lenguaje. Aunque quizá es más fácil lograr lo contrario.

jueves, 8 de enero de 2009

Sciencism

"Hay más religión en la ciencia del hombre que ciencia en su religión".
Henry David Thoreau
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Hace todavía dos siglos, la Iglesia controlaba gran parte de la vida cotidiana de las personas. Podía hallarse su largo brazo en la Filosofía, en las Artes, en la política, en el estilo de vida común. Si alguna persona tenía alguna pregunta, sólo le bastaba ir con el sacerdote más próximo a él o, en casos más complejos, con algún obispo.


En un cambio prodigioso, el Hombre ha optado por la creación de una nueva religión: el cientificismo. Sin pretenderlo quizá, la Ciencia se ha convertido en la religión de nuestros tiempos. ¿Qué hace una persona que busca respuestas? Acude al psicólogo, al geólogo, al físico, al economista... al científico. Él es la voz autorizada y sobre la que las demás deben basarse. El científico es, pues, el sacerdote de nuestros tiempos. Incluso cuando sabemos de algún nuevo método o producto nos preguntamos si algún científico lo avala (cuántas veces hemos escuchado "comprobado científicamente" sin preguntarnos a qué se refiere exactamente eso, en qué consistió el estudio, si fue concluyente o quién lo llevó a cabo). El acto de fe anteriormente requerido en los misterios de la religión ahora es el mismo acto de fe requerido por la Ciencia. En otras palabras, hemos observado cómo la Ciencia le ha ido ganando terreno al Hombre. ¿Quién puede contradecir a la Ciencia sino la Ciencia misma? Hemos convertido en sinodal a nuestro propio evaluado. Hemos deificado a la Ciencia.


Las similitudes entre la Ciencia y la Religión pueden llegar a ser más que una coincidencia. Antes creíamos toda palabra salida de un hombre con sotana; ahora creemos todo cuanto dice un hombre con bata blanca. Antes se iba a buscar la Verdad en los templos; ahora se la busca en los laboratorios. Antes la Iglesia era quien avalaba la veracidad de alguien o algo; ahora la Ciencia ha tomado ese papel.


¿Cuánto tiempo nos queda antes de que la Ciencia pida eliminiar a los neoherejes?