Alcanzó a entrar cuando las puertas del metro cerraban. Estaba inquieta. Se desplazaba con facilidad entre la gente.
Algunas estaciones después, bajó y se deshizo de golpe de toda la inmundicia del vagón: el sofocante calor de las masas, el penetrante olor de sus sobacos, el desprecio de sus miradas, el terrible sonido de sus máquinas y sus bocas: la inquietante sensación de un mundo hecho para ellos.
Zumbando, buscó la salida.
sábado, 26 de noviembre de 2011
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